La importancia de la educación en la fe Reformada

 

Ofelia Ortega Suárez

 

Cubana. Pastora presbiteriana. Profesora titular del Seminario Evangélico de Teología, master en teología por el S.E.T. (1980), licenciada en educación con especialidad en lengua inglesa (Instituto Superior Pedagógico de Matanzas, 1989), doctora en divinidades Honoris Causa por Gurukul Lutheran Theological College, Madrás, y por Knox College, Toronto. Es copresidenta del Consejo Mundial de Iglesias, vicepresidenta de la Alianza Mundial Reformada y vicemoderadora de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba.

 

Introducción

 

   «Es consustancial con la tradición presbiteriana el deseo de preparar bien a su pueblo, de hacerlo crecer, instándolo siempre a escudriñarlo todo y a retener lo bueno (1 Ts 5,21).»

 

   «Dondequiera que ha habido obra presbiteriana también ha habido un deseo ferviente por elevar el nivel de cultura en todos los sentidos. Dondequiera que ha habido una iglesia o un simple lugar de predicación, allí ha surgido una escuela, con mayor o menor

grado de desarrollo.»1

 

   Estas afirmaciones hecha por el doctor Emilio Rodríguez Busto en el desarrollo de su historia-informe” del Colegio Presbiteriano “La Progresiva”, de Cárdenas, me hacen pensar en mi propia vida.

   No estaría aquí hablándoles a ustedes, si no hubiera sido por una pasión por la educación que llenó la vida de quienes fundaron nuestra Iglesia Presbiteriana–Reformada en Cuba.

   Fue esa dedicación por compartir la sabiduría recibida y heredada la que permitió que muchos personas como yo, pertenecientes a las clases más pobres y humildes de la población cubana, pudiésemos recibir una educación esmerada, conscientes nuestros antepasados de que preparaban a su vez una generación de educadores y educadoras para los tiempos venideros.

   Por eso no resultó extraño que al triunfo de la revolución cubana en 1959, y frente al éxodo masivo de pastores y laicos de todas las Iglesias cubanas, fuera la Iglesia Presbiteriana quién tomara las riendas del movimiento ecuménico, y de la preparación, edición y distribución de materiales de educación que sirvieron a muchas Iglesias en Cuba por más de dos décadas.

   Hoy, cuando nuestras iglesias locales crecen, y la juventud y la niñez llenan de nuevo nuestros bancos, escuelas dominicales y campamentos, yo no me canso de pedir y exhortar que no perdamos la memoria de aquellas décadas de formación teológica y educación en el desierto, donde Dios proveía el maná necesario para cada día, y donde con un viejo mimeógrafo, y papel gaceta amarillo y feo, la Iglesia Presbiteriana en Cuba produjo lo mejor de sus materiales educativos que nutrieron y edificaron nuestras vidas, en medio de situaciones donde la fe y el coraje eran necesarios, o más bien fe con coraje.

   Esto nos hace recordar las palabras de Walter Brueggemann cuando afirma que:

Estamos viviendo “tiempo de dislocación”, en muchas de nuestras sociedades modernas en desintegración muy similares al exilio del pueblo de Israel. Los tiempos de dislocación siempre crean una clase de excluidos o marginados, castigando económicamente a los más vulnerables, pero la Biblia, por el contrario, presenta esta dislocación como una motivación para construir una sociedad más justa.2

   Él señala que debemos aprender cuatro tipos de verdades que nos ayuden a eliminar  la negación y la desesperanza, aprendiendo a transformar las mismas en actitudes creativas. Entre las verdades expuestas por Brueggemann deseamos señalar las que consideramos como más importantes:

a.       La Iglesia debe aprender a confrontar la aflicción y el dolor con actos de fe que puedan transformar la situación en energías positivas para el cambio.

b.       Hay que conservar la “sacramentalidad” que tiene que ver con toda nuestra vida, confiados en que aquí y ahora estamos afirmando y demandando la presencia proveedora y sostenedora de Dios. Es lo que llaman los sacerdotes del libro de Levítico “La santidad disciplinada”. Así que debemos reordenar y mantener la comunicación con Dios, invitándole siempre a que venga a morar en medio nuestro. Ese fue el sentido del tema central de la VIII Asamblea del Consejo Mundial de Iglesias en Harare, Zimbabwe, “Volvamos a Dios con la alegría de la Esperanza” (1 Pedro 3,15).

c.       Debemos también tratar de recuperar el sentido de comunidad, porque los tiempos de dislocación siempre abren las posibilidades de dejarnos tentar para transformarnos en seres individualistas y egoístas. Hay que mantener siempre una economía pública de compasión y justicia con el fin de combatir la desesperanza de la situación actual.

d.       Debemos proclamar y enseñar todo el tiempo que Dios puede crear nuevas posibilidades más allá de los horizontes de derrota y docilidad sumisa. El libro de Elsa Támez “Cuando los horizontes se cierran”, nos ofrece pistas significativas para la elaboración de esa pedagogía esperanzadora. De manera que todo ese movimiento educativo debe ser emocional, litúrgico e imaginativo, como fue la teología del exilio, formándonos una visión de futuro libre de sueños temerosos y buscando con urgencia nuevas formas de hablar y de actuar para la expresión de nuevas posibilidades sociales de transformación comunitaria en relación continua con los más necesitados.

 

1. Educación para la transformación personal, social y eclesial

 

   ¿Cuáles fueron esas nuevas posibilidades de transformación en nuestra herencia Reformada?

   Leyendo la vida y obra de Juan Calvino nos sorprendemos al encontrar en él y sus escritos, valiosos elementos que arrojan luz para iluminar la obra que hoy realizan nuestras Iglesias, y, al mismo tiempo, nos compele a enraizarnos cada vez más en esa tradición que confirma nuestra vocación por la enseñanza.

 

1.1 Calvino el educador

 

   Calvino fue un educador con una sólida preparación. Es famoso su primer libro sobre Séneca “De Clementia”, escrito en abril 4 de 1532, que siempre es mencionado como un ejemplo de erudición. Calvino al escribir este libro mostró un conocimiento extenso de la literatura clásica, pero, además, citó a cincuenta y cinco autores latinos, veintidós autores griegos, además de citar cinco o seis de los principales escritos de Aristóteles y cuatro de los escritos de Platón y de Plutarco.

   Su formación fue esencialmente humanista, insertado en el humanismo renacentista, que le llevaba a prestar atención a las lenguas y a la literatura de la antigüedad clásica, o sea, el griego, el hebreo, el latín y toda la literatura producida dentro de ese ámbito. Por supuesto, el humanismo en el plano teológico se oponía y criticaba la teología escolástica de la Edad Media.

Esa teología crítica tenía como centro el criterio de la verdad que sustentaba el pensamiento del Reformador.

El entendimiento humano, por más que haya caído y degenerado de su integridad y perfección, sin embargo no deja de estar aun adornado y enriquecido con excelentes dones de Dios por única fuente y manantial de la verdad, no desecharemos ni menospreciaremos la verdad donde quiera que la hallaremos”.3

   En sus famosas cartas expresó Calvino mucho de su pensamiento. Por ejemplo, en su carta al Duque de Somerset se quejaba de “los sacerdotes ignorantes que creaban gran confusión4. O sea, Calvino siempre insistió en un ministerio de personas educadas.

   Pero si nos detuviéramos solamente en su persona y no en su obra estaríamos limitando el genio de este Reformador que usó su formación para propiciar la educación de los demás.

   Por eso es que Calvino, el educador, tuvo una preocupación constante por la formación de comunidades educativas.

   Me ha impresionado grandemente una de las conferencias de Jane Dempsey Douglas, también autora del libro “Women Freedom and Calvin”. En esta conferencia, que fue discutida en el Comité Teológico de CANAAC, Jane D. Douglas expone las tareas asumidas por Calvino en Ginebra para reflejar la justicia de Dios. Ella cita textos de uno de los sermones de Calvino sobre Deuteronomio:

Si nosotros fallamos en apoyar a nuestros vecinos en necesidad, y no hemos tratado de enrolarnos a favor de ellos cuando necesitan nuestra ayuda, somos culpables  delante de Dios.”5

 

1.2 El hogar como centro de transformaciones psicológicas y sociales

 

Una experiencia que nos parece importante es que Calvino, siempre insistió en que la educación comenzaba en el hogar. En su comentario de Génesis 17,12 afirmó:

Cada familia de los piadosos debe ser una Iglesia. Por lo tanto, si deseamos probar nuestra piedad, debemos trabajar para que cada uno de nuestros hogares sea ordenado en obediencia a Dios6

   Esto nos lleva a analizar si este aspecto fundamental de la fe y tradición Reformada constituye una parte esencial de nuestros programas educativos.

   En Cuba, siempre nos asombran las formas inéditas y sabias que Dios usa en nuestro medio para hacernos reflexionar en asuntos fundamentales para la vida de nuestro pueblo e Iglesias. Uno de esos “choques sorpresivos y transformadores de Dios”, ha sido las respuestas al reciente secuestro del niño Elián González en Miami. Casi cada tarde hemos tenido en la televisión conferencias y mesas redondas de científicos sociales y psicólogos expresando la importancia del hogar para la formación de nuestros hijos e hijas.

   En una sociedad donde el énfasis durante décadas ha sido los programas para becarios, con planes y programas no precisamente centrados en los hogares sino en el/la estudiante como persona, ha sido maravilloso escuchar de nuevo el mensaje que siempre hemos enfatizado desde nuestra fe.

   Una de las psicólogas que ha dirigido este proceso es la Dra. Patricia Ares Muzio, profesora de nuestro Seminario en Matanzas y Jefa del Grupo de Estudios de la Familia de la Facultad de Psicología de la Universidad de la Habana. En una reciente edición de un libro para la orientación de la familia cubana, Patricia nos dice:

La formación de un niño es la tarea más humana y hermosa que puede desempeñar una persona adulta y una familia, pero a la vez, constituye un proceso complejo y difícil. Sin embargo, ver crecer a un niño sano, física y mentalmente también representa la gratificación y retribución más noble que podemos recibir en la vida.

Lamentablemente, muchas veces no estamos lo suficientemente preparados para enfrentar esta difícil tarea. El educar a un niño nos impone un reto para el cual sólo el buen juicio y el amor no bastan. Los padres no asistimos a universidades para padres antes de serlo. Pensamos que es suficiente el deseo de tenerlo y el cariño que podamos prodigarles para garantizar un desarrollo sano y armonioso, y aunque estos ingredientes son imprescindibles, se necesita un poco más, se requieren ciertas nociones de cuáles son las necesidades de los niños, acordes a las características propias de su desarrollo, y qué exigencias nos imponen como padres o figuras sustitutas”.7

   Volvemos a las palabras de W. Brueggemann en nuestra introducción, un hecho totalmente absurdo en estos “tiempos de dislocación” puede transformarse en acciones de fe que abran horizontes llenos de creatividad y emoción que impliquen una transformación de ese absurdo en un proceso creativo de educación familiar. 

   Esta preocupación nuestra está estrechamente vinculada a la ley del recuerdo en Israel, que tiene que pasar de padres a hijos, de generación en generación, porque el olvido es fuente de apostasía. Lo dice el Salmo 78 que es memoria:

“Lo que oímos y aprendimos,

lo que nuestros padres nos contaron,

no lo ocultaremos a sus hijos,

lo contaremos a la generación venidera:

las gloria del Señor,

su poder, las maravillas que realizó.

Porque Dios hizo un pacto con Jacob

Dando leyes a Israel:

El mandó a nuestros padres

Que lo enseñaran a sus hijos,

Para que lo supiera la generación venidera,

Y los hijos que nacieran después

Que los descendientes se lo cuenten a sus hijos

que nacieran después”.

 

1.3 Ministerio con los más jóvenes

 

   Siempre estuvo preocupado Calvino por la educación religiosa de la gente joven. Su “Catecismo para los Niños” fue publicado en 1537, muy pronto percibió el Reformador que era demasiado teológico para esas edades, así que se publicó una nueva edición en 1541.

   Este catecismo estaba dividido en porciones para 55 domingos y aunque era para niños podía ser adaptado a todas las edades. En una carta al Duque Somerset, Calvino expresaba:

Créame, monseñor que la Iglesia de Dios no podrá preservarse nunca sin el catecismo, porque es como la semilla que conserva el buen grano para que no muera y hace que el mismo se multiplique a través de las edades”.8

   Su preocupación por la educación y la niñez hizo que organizara “comunidades de estudio”. La apertura de la Academia de Ginebra tuvo lugar en junio de 1559 bajo la dirección de Calvino.

   La escuela llamada el Collége de La Rive se convirtió en una escuela privada con siete clases. En las primeras clases los niños aprendían a leer y escribir las lenguas francesa y latín, después se concentraban en el latín y el griego.

   Calvino insistía mucho en que había que leer mucho, pero era necesario comprender lo que se leía. O sea, reclamaba de los estudiantes una clara articulación verbal de sus pensamientos. La ética era también fundamental en las interpretaciones de las lenguas bíblicas y la filosofía.

   Para Calvino uno no puede ser jamás un buen maestro si no se muestra asimismo como el que es capaz de recibir enseñanza (“docilis”) y el que siempre está dispuesto a aprender. (Comentario a 1 Corintos 14:31)9

   Yo me asombro de todas las alternativas que buscó para lograr sus fines educativos en época tan lejana a la nuestra.

   En síntesis, podemos afirmar que las características generales educacionales de la Reforma fueron:

a.       Afirmación del principio de la instrucción universal.

b.       Organización de escuelas populares para pobres.

Desde un principio Calvino insistió como Lutero en el establecimiento de escuelas públicas, porque para él era imposible aceptar que la ignorancia era la madre de la piedad.

c.       Control de la Institución por autoridades laicas

d.       Creciente fisonomía nacional de la educación en los diversos países.

   Es interesante pensar en medio de la xenofobia que hoy permea las sociedades europeas, sin excluir a Ginebra; cómo Calvino sistemáticamente apoyó la educación de estudiantes de otros países para la formación del liderazgo de las Iglesias Reformadas. “De manera que en 1562 solamente 4 de los 162 estudiantes de la Academia de Estudios Superiores en Ginebra, precursora de la Universidad de Ginebra, eran nacidos en Ginebra.10

   Personalmente afirmaría que, aunque en algunos aspectos Emilio de Roussean se oponía a las concepciones calvinistas, hay más de Calvino en el espíritu de este educador y estadista de lo que se admite con frecuencia. Quisiera también pensar (no me consta documentalmente) que del mismo modo, haya habido influencia en la obra e ideas pedagógicas de Pestalozzi.

 

2. Supremacía de la Palabra en la labor educativa de Calvino

 

Leed a Demóstenes, a Cicerón, leed a Platón, o cualquiera otros autores profanos. Confieso que nos atraerán grandemente, que nos deleitarán, nos moverán y transportarán, pero si de ellos pasamos a leer la Santa Escritura, queramos o no, de tal manera nos conmoverá y penetrará en nuestros corazones, de tal suerte se aposentará en la médula misma, que toda la fuerza de los retóricos y filósofos, en comparación de la eficacia del sentimiento de la Escritura, no es más que humo de pajas. De lo cual es fácil concluir que la Sagrada Escritura tiene en sí cierta virtud divina, pues tanto y con tan gran ventaja supera toda la gracia del arte humano.”11

 

Calvino seguía las líneas principales de la Reforma de Lutero: la supremacía de la Palabra y la justificación por la fe, no tanto en cuanto al sacerdocio universal de los creyentes.

   El siglo XVI fue un período muy rico en el estudio de la Biblia y Calvino estuvo en el centro de esas interpretaciones.

   Calvino veía la Biblia como un todo y como una unidad y para él la unidad de las Escrituras es sellada por el Espíritu Santo. El Reformador siempre afirmó la unión entre Palabra y Espíritu. La separación de las dos era imposible para Calvino y era una forma de herejía. Toda la teología de Calvino tiene estos dos puntos clave: Palabra y Espíritu.

   De la tradición teológica del calvinismo heredamos el estudio obligatorio de las lenguas bíblicas en las instituciones de estudios teológicos.

   Es fundamental también la importancia de sus sermones. Predicaba usando su prodigiosa memoria y sus sermones eran transcritos por el secretario francés Denis Raguenier.12

   Antes de la primera edición de las “Institutas”, en 1536, Calvino comenzó a pensar, a meditar, comentar y leccionar sobre la Biblia. El estudio de la Biblia estuvo muy vinculado a su teología sistemática.

   Él comenzó escribiendo comentarios a los libros del N.T (Romanos, 1 Corintios, Hechos de los Apóstoles, y el “Cuerpo” paulino).

   En 1949 comienza a trabajar el Antiguo Testamento. Todos los comentarios sobre el Nuevo Testamento fueron genuinamente escritos como comentarios. En el Antiguo Testamento encontramos tres diferentes modos de exposición: sermones, conferencias y comentarios.

   Durante los últimos quince años de su vida predicó dos mil sermones sobre el Antiguo Testamento. Sus sermones tuvieron una gran importancia, porque realizó de ese modo un contacto directo con la congregación que estaba formada mayoritariamente por refugiados que buscaban una palabra de aliento y consuelo.

   Poco antes de terminar el año 1536, Farel y Calvino introdujeron las “Congregaciones”, reuniones pastorales con estudios bíblicos cada viernes a las 7:00 a.m. Una vez más Calvino muestra su interés en la sociedad ginebrina pues se le permitía a la población asistir como oyente.

 

2.1 Traspasando las fronteras

 

No hay que restar nada en la importancia fundamental de Lutero para la Reforma, a su impulso básico, a su programa, a su nuevo paradigma en general. Pero fue sin duda Calvino, este reformador franco-suizo famoso ahora en toda la Europa, el que con su espiritualidad de raíces profundas, con su síntesis teológica amplia y de clara transparencia, con su sentido para el ordenamiento eclesial, organización y difusión internacional de la Iglesia convirtió el protestantismo en una potencia universal.”13

   Es cierto que Calvino traspasó las fronteras de Ginebra influyendo desde Francia hasta Polonia y Hungría creando una red eclesiástica internacional.

   Aunque, como mencionábamos antes, Calvino usó pocas ocasiones el término “sacerdocio universal de los creyentes”, procuró siempre trabajar con los laicos para que su preparación teológica ayudara a tomar decisiones éticas en la sociedad.

   Como afirma Jane D. Douglas: “Para Calvino el trabajo por la justicia no es una actitud extracurricular en la escuela de la fe.”14

   Con ello verificamos, la importancia de la ética en nuestros        currículos de estudio. También estamos conscientes de que el problema ético de nuestro tiempo es la concentración del poder y la riqueza en las manos de la nueva élite del conocimiento, los llamados, “analistas simbólicos” que manejan símbolos que no tienen ninguna conexión directa con la producción de bienes. Este grupo amasa mucho más riqueza que la burguesía de la sociedad industrial. Las desigualdades se han duplicado en treinta años de acuerdo a datos ofrecidos por las Naciones Unidas y el Banco Mundial.15

   En primer lugar, esta nueva élite rompe el pacto social de la nación y el trabajo.

   Calvino encontró muchos seguidores entre los artesanos y comerciantes porque valoró el trabajo físico como dignificador, para la gloria de Dios. Sin embargo, cuando hoy se rompe ese pacto social entre la nación y el trabajo no es posible practicar la solidaridad. Por eso hoy entramos en esta etapa de mundialización o globalización, donde se globaliza a esas élites,  dejando en la periferia y el margen a las grandes masas poblacionales.

   En segundo lugar, esa élite no solamente destruye la solidaridad nacional, sino también la solidaridad del trabajo. El trabajo pierde hoy identidad y valor. Los trabajos permanecen hoy sujetos a las leyes del mercado.

   En tercer lugar, la educación hoy no recoge el ethos de la comunidad”. Ese ethos es el aspecto fundamental de la cultura social y siempre es expresada en proverbios, dichos, símbolos y mitos de sabiduría popular.

   Creo que en nuestra cultura caribeña es esencial ver cómo nuestra teología está en las expresiones populares, cánticos, décimas, música, novelas y poesía de este pueblo nuestro tan creativo, donde cada día nos encontramos con ese “real maravilloso” de Alejo Carpentier.

   Una de nuestras tareas fundamentales es fomentar una educación humana básica, que consiste en enseñar lo que es útil para la vida. Lo que llamamos en términos teológicos la “Teología de la Vida”, que nos permite la capacidad de socializar, de trabajar juntos, exaltando el valor de las relaciones humanas y de la vida comunitaria. Sin la búsqueda de esos valores resultará imposible la práctica de una ética que trascienda las fronteras.

 

Conclusión

 

   Creo que lo más importante en toda esa pasión de Calvino por la enseñanza y la predicación, es el hecho de que Calvino entendía que nuestra Iglesia es confesional, o sea todo el tiempo tenemos que preparar a la congregación para confesar su fe. “Dando razón de la esperanza que hay en nosotros”. (1 Pedro).

   Hasta el día de hoy la “Compañía de Pastores” se reúne en Ginebra en los salones anexos a la Catedral de Calvino como un signo visible de la necesidad de un trabajo colegiado, armonioso e inteligente en el campo pastoral. Calvino consideraba que él era el maestro de la congregación y aún su vestimenta clerical coincidía con la vestimenta académica de la época en que le tocó vivir.

   Sin embargo, deseamos enfatizar con André Bieler, quien estudió con gran rigor investigativo la vida de Calvino que “lo que posibilitó el éxito de la Reforma fue la audacia con que criticó las tradiciones y las costumbres más sagradas de su tiempo partiendo de la Escritura, y también el ardor que tuvo para encontrar una aplicación más justa de las enseñanzas de la Palabra frente a las circunstancias nuevas. En vez de encerrarnos en costumbres no exigentes, repitiendo perezosamente fórmulas antiguas, el ejemplo de Calvino nos empuja a hacer un esfuerzo continuo de renovación de nuestra fidelidad y de adaptación de nuestro pensamiento al nivel de las circunstancias de nuestro tiempo. Corresponde hoy a los herederos de la Reforma plantearse preguntas esenciales y darles respuestas más acordes con las enseñanzas de la Santa Escritura, sin la preocupación de ningún compromiso. Esta es la contribución más importante y el servicio más útil que pueden prestar a la humanidad, siendo fieles a su vocación y prolongando su historia.”16

 

Notas

 

1 Rodríguez Busto, Emilio (1991):  Una inmensa colmena. Departamento  de Publicaciones de la Iglesia Presbiteriana–Reformada en Cuba, La Habana, p. 17

 

2 Brueggemann, Walter (1997): The Christian Century # 20, p. 29

 

3 Calvino, J.: Institutas, Libro II, Capítulo 2, Párrafo # 15

 

4 Ver: Letters of John Calvin. Selected from the Bonnet Edition, The Banner of Trust, 3 Murrayfield Road, Edinburgh, p. 126

 

5 Citado por Jane D. Douglas en su Conferencia “Calvin´s Role in Geneva´s Struggle to Reflect God´s Justice”. Documento fotocopiado para la Comisión de CANAAC de Serm. Deut 5:17, C.O, 26, 331

 

6 A Calvin Reader: Reflections on Living, selected and edited by William E. Keesecker, The Westminster Press, Philadelphia, 1985, p. 56

 

7 Ares, Patricia (1999): “Eventos vitales y desarrollo infantil”, ¿Riesgo, daño inseparable? ¿En que tiempo puede cambiarse la mente de un niño?, Casa Editora Abril, La Habana, pp. 68 y 69

 

8 Citado por Vollmer Philip, Life of John Calvin, Presbyterian Board of Publication, Philadelphia, 1909, p. 135

 

9 Vea más información sobre la Academia en Ginebra en: Greef de W, The Writings of John Calvin, Baker Books, Grand Rapids, Michigan, 1993, pp. 53-56

 

10 Jane D. Douglas, op. cit, p. 11

 

11 Citado por Odair Pedroso Mateus del Libro I, cap. 8, párrafo 2, En Calvino, Centro Ecuménico de Documentación e Información, Cedi, Río de Janeiro, Brasil, 1991

 

12 Ver Hunter, A. Mitcheil, The Teaching of Calvin, James Clarke Co. Ltd, London, 1958

 

13 Kung, Hans (1997): El cristianismo esencia e historia, Editorial Trotta, Madrid, pp. 590 y 591

 

14 Jane D. Douglas, op. cit, p 23

 

15 Ver artículo de José Comblin: “La sociedad del conocimiento y las responsabilidades de las nuevas élites del conocimiento”, en Reflexión y Literatura, No 29 – 31, Santiago de Chile, 1996

 

16 Bieler, André (1973): El humanismo social de Calvino, Editorial Escatón, Buenos Aires, p. 89. Vea también de André Bieler (1959): Le Pensee Economique et Sociale de Calvin, Librarie de l´ Université de Geneve, Georg and Cte S.A, Geneve, Suisse

 

 

 

 


Calvino  y la Eucaristía

 

Francisco Marrero

 

Cubano. Pastor presbiteriano. Decano y Profesor titular del Seminario Evangélico de Teología, doctorante en Filosofía (Universidad de La Habana), master en teología por el S.E.T. (2001), licenciado en Teología (SET, 1991), licenciado en Economía (Universidad de La Habana, 1979). Estudios de postgrado en Amsterdam, Ginebra y Edinburgo. Es Secretario General de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba.

 

   Calvino es una de las figuras más sólidas, vigorosas e influyentes de la historia de la Iglesia cristiana. Su obra escrita fue tan vasta como interesante. Estuvo marcada por cuatro elementos que le confieren una particularidad especial dentro del conjunto de la obra de los Reformadores del siglo XVI, dichos elementos son: autoridad, legalidad, lógica y profundo sabor bíblico.

   En su legado escrituario hay un breve tratado que se destaca por la importancia y vigencia de sus planteamientos, me refiero a su trabajo dedicado a la Santa Cena. En dicha obra, Calvino trae a la consideración uno de los grandes temas que se encontraban en el centro del debate teológico de su época, y nos devela cuál era su posición al respecto.

   Reconocido es que el sacramento de la Eucaristía fue uno de los dos sacramentos ordenados por nuestro Señor Jesucristo y que, por tal motivo, precisa de una clara comprensión, toda vez que este misterio de la fe ha sido dispuesto ante todo como un medio para la salvación de los hombres y mujeres.

   Calvino escribe en su Breve Tratado acerca de la Santa Cena, la razón y la finalidad que tuvo el Señor para instituir para nosotros este sacramento, y al respecto él mismo nos señala:

«Puesto que ha sido del agrado del buen Dios recibirnos, por medio del bautismo, en su Iglesia, que es su casa, a la cual él quiere mantener y gobernar, y que nos ha recibido, no ya como domésticos, sino aún como hijos, resta que, cumpliendo la función de un buen padre, nos nutra y provea de todo lo quo necesitamos para vivir

Se evidencia en sus palabras un reconocimiento tácito de la responsabilidad y de la bondad de nuestro Padre al hacer provisión para garantizarnos el alimento espiritual capaz de ayudarnos a regenerar nuestra vida, arrancándonos de la muerte. Ese pan espiritual que él nos ha dispensado para sustentar y nutrir nuestra vida, y del cual no podemos ya prescindir, es Jesucristo. Y añade Calvino:

«Ese alimento nos es distribuido por medio de la palabra del Señor, que él ha destinado como instrumento para ese fin y que es también llamado pan y agua

   Si se tienen en cuenta los límites del entendimiento humano, es admisible apuntar que para el hombre y la mujer es casi imposible de aceptar intelectualmente nuestra misteriosa relación de comunión con el cuerpo y la sangre de Jesucristo realizada en la eucaristía. Por esa razón, el Señor nos facilita la comprensión de ese misterio adaptándolo a la capacidad de nuestro entendimiento, e instituye la Santa Cena

«a fin de firmar y sellar con ella en nuestras conciencias las promesas contenidas en el Evangelio de que nos hace participantes de su cuerpo y de su sangre, y para darnos la certidumbre y seguridad de que en ello consiste nuestro verdadero alimento espiritual, a fin de que poseyendo tal prenda, concibamos una recta esperanza de salvación

   La eucaristía ha sido establecida, además, para reconocer la gran bondad de Dios hacia nosotros, y para exhortarnos a toda santidad e inocencia, por cuanto somos hechos miembros de Jesucristo.

   En la obra que nos ocupa, Calvino demuestra los frutos y la utilidad que logramos al participar en la mesa eucarística. Siguiendo la ruta de su pensamiento, constatamos que el ser humano siempre está perturbado a causa del pecado y la iniquidad que moran en él. Su propia conciencia es el incómodo acusador que le acosa sin reparos, que no deja lugar para el perdón. Entonces es que Dios, en su infinito amor, viene al encuentro del ser humano y le propone la eucarístía, «como un espejo donde podemos contemplar a nuestro Señor Jesucristo, crucificado para abolir nuestras faltas y ofensas y resucitado para librarnos de la corrupción y de la muerte», donde se pone de manifiesto el enorme poder consolador que nos otorga la participación en el banquete eucarístico: aunque somos pecadores, el Señor nos conoce y nos acepta como si fuéramos justos.

   Y añade Calvino: la Cena «nos otorga testimonio de que, siendo hechos participes de la muerte y pasión de Jesucristo, tenemos todo aquello que nos es útil y necesario para la salvación.» O dicho con otras palabras, la Santa Cena es el medio por el cual nos reconciliamos con Dios, y en esto último es donde radica su eficacia.

A manera de resumen de lo dicho hasta aquí, vale volver a las mismas palabras del gran Reformador francés cuando escribe:

«En la Cena se nos presentan dos cosas, a saber: Jesucristo como fuente y materia de todo bien, y luego, el fruto y la eficacia de su pasión y muerte. Esto mismo da a entender las palabras pronunciadas en la institución de la Cena. Porque, al ordenarnos comer su carne y beber su sangre, añade Jesucristo que su cuerpo ha sido entregado por nosotros y su sangre derramada para la remisión de nuestros pecados. Por lo cual: nos indica que no debemos participar simplemente de su cuerpo y de su sangre sin otra consideración, sino que debemos hacerlo para recibir el fruto que nos viene de su muerte y pasión. Y por otra parte, nos indica también que no podremos alcanzar el goce de tal fruto sino por medio de la participación en su cuerpo y en su sangre, por los cuales tal fruto ha sido producido

   Entramos aquí de lleno en la polémica del tema, es decir, en la interpretación de las palabras de Jesús la misma noche en que; fue entregado. Y aquí es saludable que tengamos en cuenta la afirmación de Calvino de que «Jesús es la materia y substancia de los sacramentos», por cuanto si no admitimos esta verdad la administración del pan y del vino se hacen cosa frívola e inútil.

A   hora bien, Calvino enseña que el pan y el vino son signos visibles, que representan el cuerpo y la sangre, pero que ese nombre y título de cuerpo y sangre les es atribuido porque son como instrumentos por medio de los cuales el Señor Jesús nos distribuye el alimento espiritual. Esta forma de hablar, dirá Calvino, busca hacernos comprensible lo que de otro modo resulta incomprensible, a saber, que podamos tener comunión con el cuerpo de Jesucristo. Y pone como ejemplo de este modo de utilizar el lenguaje, el episodio del bautismo de Jesús. Allí Dios hizo representar su Espíritu a través de una paloma, o sea, que a través de un signo visible, la paloma, permitió hacer comprensible una realidad invisible: el Espíritu. Es esta, precisamente, la metodología que Dios utiliza para darse a conocer a los humanos: la kenosis o vaciamiento, lo que equivale a decir que Dios se vacía a sí mismo en un signo visible, para nosotros pan y vino, a fin de ganar la comprensión y la aceptación de los humanos.

   Así pues, la comunión que tenemos con el cuerpo y la sangre de Jesucristo en el acto eucarístico

«es un misterio espiritual, invisible al ojo humano e incomprensible al entendimiento. Por ello nos es representado bajo signos visibles, según lo requiere nuestra debilidad, sin que estos signos sean, con todo, meras figuras, sino que van de consumo con la realidad y substancia que representan. Se llama, pues, con razón, cuerpo al pan, pues no sólo nos lo representa, sino que también nos lo presenta.»

   Me parece que el discurso de Calvino, acerca de las especies, es tan elocuente para aclarar y fijar posición, que cito textualmente de nuevo sus palabras:

«Cuando, pues, vemos el signo visible, hemos de considerar lo que representa y por quién nos es dado. El pan nos ha sido dado, con la orden de comerlo, para representar el cuerpo de Jesucristo, y nos ha sido dado por Dios, quien es la verdad cierta e inmutable. Si Dios no puede engañar ni mentir, hemos de creer que cumple todo cuanto da a entender. Es por lo tanto necesario que verdaderamente recibamos en la Cena el cuerpo y la sangre de Jesucristo, ya que el Señor nos representa en ella la comunión con uno y otra. ¿Qué valor tendría, de otra manera, que comiéramos el pan y bebiésemos el vino en señal de que su carne nos es alimento y su sangre bebida por nosotros, si Dios no nos diera más que pan y vino, dejando de lado la verdad espiritual? ¿No habría sido en tal caso instituido este misterio sobre pruebas falsas? Debemos, por lo tanto, confesar que, si es verdadera la representación que Dios nos ofrece en la Cena, la substancia interior del Sacramento está unida a los signos visibles; y así como se nos distribuye el pan en la mano, también se nos comunica el cuerpo de Cristo, a fin de que seamos hechos partícipes en él. Y si esto fuese todo, tendríamos suficiente razón para estar satisfechos, al comprender que Jesucristo nos da en la Cena la propia substancia de su cuerpo y de su sangre, a fin de que le poseamos plenamente y poseyéndolo, seamos hechos partícipes de todos sus bienes

   Continúa Calvino adviertiendo en contra de la ligereza de acercarnos indignamente a la Mesa del Señor:

«porque nada hay en los cielos ni en la tierra más valioso y de mayor dignidad que el cuerpo y la sangre del Señor 'y por ello no es falta pequeña tomarlo inconsideradamente y sin estar debidamente preparado

Esa preparación se alcanza a través de un arrepentimiento genuino respaldado en una fe verdadera en Aquel que es nuestro libertador. No obstante, es bueno alertar sobre las interpretaciones exageradas o extremistas de los que se exigen a sí mismos, y también para los demás, una preparación rigurosa. No hay en la tierra persona alguna que pueda ostentar una pureza de fe tal ni una santidad de vida tan perfecta que alguien pueda objetar, de modo que nadie ha de sentirse perturbado en su conciencia con respecto a su dignidad para acercarse a la Mesa del Señor.

«Aunque sintamos, pues, que nuestra fe es imperfecta y aunque nuestra conciencia no esté tan limpia que no pueda acusarnos de muchos defectos, ello no nos debe impedir acercarnos a la Santa Mesa del Señor, siempre que sintamos, en medio de esta debilidad, una esperanza sin hipocresía ni fingimiento, en la salvación de Jesucristo y deseemos vivir según la norma del Evangelio»,

porque precisamente es por nuestra debilidad, por nuestra imperfección y por nuestras limitaciones que el Señor ha instituido el Santo Sacramento de la Cena, como el remedio que nos ayudará a suplir nuestra debilidad, fortalecer nuestra fe, aumentar nuestra calidad y nos hará progresar en toda santidad de vida.

   Por último, me detendré en otra de las cuestiones abordadas por Calvino en su Breve Tratado sobre la Santa Cena, y que tantas controversias ha desatado, la que hace referencia a la frecuencia con que debe celebrarse la comunión.

   Dice Calvino que:

«no se pueden hacer indicaciones, pues existen algunas veces impedimentos particulares que justifican que una persona se abstenga. Y tampoco tenemos, por otra parte, ningún mandamiento expreso que obligue a todos los cristianos a participar en la Cena cada vez que se le ofrezca la oportunidad

Sin embargo, insiste en que teniendo en cuenta el propósito del Señor al dárnosla, es necesario hacer uso de ella con mayor frecuencia del que lo hacemos. Y aquí es bueno hacer la crítica a ciertas iglesias y a ciertos pastores que cercenan penosamente la frecuencia de la celebración de la Cena del Señor, dando muestras así del desconocimiento que se tiene acerca del provecho que significa celebración y participación del banquete eucarístico, y de la mutilación a que someten el acto litúrgico, que al ser privado de le celebración alrededor de la Mesa se vuelve incompleto en sí mismo. No hay ninguna razón de peso que justifique tal práctica. Algunos superficialmente se atreven a aducir que la celebración de la comunión demasiado frecuente se convierte en un acto mecánico, capaz de perder su sentido espiritual. A quienes así opinan el mismo Calvino les responde con estas palabras:

«El pan espiritual no nos es dado para que nos saciemos de una vez; sino para que, probada su dulzura, más lo apetezcamos y lo recibamos cada vez que nos es ofrecido. Pues (...) Cristo Jesús no nos es jamás comunicado de tal manera que nuestras almas sean del todo saciadas, sino que él quiere ser nuestro continuo alimento

   Calvino muestra en esta obra su coherente y acertada comprensión de uno de los grandes misterios de la fe. Mucho de lo que él escribió sobre este tema estuvo motivado en la polémica que se suscito con representantes de otras tradiciones de la Reforma y con el clero romano. Su pensamiento acerca del sacramento de la Eucaristía es de gran vigencia, por lo que es menester, para los creyentes de tradición Reformada, estudiarlo y conservarlo como parte de la valiosa herencia que nos legó.

 

Bibliografía consultada

 

Calvino, Juan (1959): Tratados Breves I. Editorial La Aurora, Buenos Aires, Argentina, pp. 7-47

 

 

 

 


El Espíritu Santo desde una perspectiva ecuménica

 

Adolfo Ham

 

Cubano. Pastor presbiteriano jubilado. Profesor titular del Seminario Evangélico de Teología, doctor en Filosofía (Universidad de Oriente, 1962), doctor en Divinidades Honoris Causa (United Theological College, Montreal, 2003), licenciado en Teología (Seminario Teológico Bautista de Cuba Oriental, 1953). Estudios de postgrado en Filadelfia, Basilea y Ginebra.

 

 

   El padre Y.M.J. Congar concluye la introducción a su imprescindible libro El Espíritu Santo con estas palabras que hago mías en este día memorable:

«Cada persona tiene sus dones, sus medios, su vocación…¡Permítasenos cantar nuestro canto!. El Espíritu es soplo. El viento canta en los árboles. También nosotros querríamos ser una lira humilde a la que haga vibrar y cantar el soplo de Dios… ¡qué el Espíritu nos haga emitir un canto armonioso de oración y de vida!»

    En diciembre del año pasado, tuve la maravillosa oportunidad de realizar una peregrinación a la Calle Azusa junto a nuestro hijo, el pastor Carlos Emilio, y guiados por el doctor Cecil Mel Robeck, profesor de Historia de la Iglesia en la Universidad de Fuller en Pasadena, y el principal interlocutor de las Asambleas de Dios en el diálogo con la Iglesia Católica, el Consejo Mundial de Iglesias y el diálogo bilateral con las familias confesionales, la calle Azusa sitio donde se iniciaron precisamente en abril, hace 100 años, los fenómenos carismáticos que dieron origen al actual Movimiento Pentecostal.

   D. W. Dayton en Raíces teológicas del Pentecostalismo desarrolla la pre-historia del movimiento en el siglo XIX en los EE.UU, señalando que hay cuatro elementos que se fusionan en los precursores: la salvación, la sanidad, el bautismo en el Espíritu y la Segunda Venida de Jesucristo. En sus primeros años, el pentecostalismo solía denominarse como el «Pacto de la Lluvia Tardía», como por ejemplo en D. Wesley Myland aludiendo a los sucesos de la escuela Bethel de Ch. F.Parham (cf. infra). Un capítulo interesante es la conexión controvertible con el metodismo ya que muchos pentecostales sostienen que J. Wesley (1703-1791) fue un pentecostal carismático.

   Como Wesley no fue sistemático en la exposición de su doctrina, los estudios más serios parecen inclinarse a que Wesley mismo no lo fue. Más que en los dones del Espíritu, Wesley se inclinó preferentemente a determinar normas de conducta ética, y en vez de los dones insistía en los «frutos del Espíritu». Wesley sostenía que la santificación era un proceso gradual que concluía con la muerte y evitaba la expresión «santificación sin pecado». Sí fue el caso de algunos de sus primeros colaboradores como John Fletcher, su sucesor, que aceptaba también la doctrina de las dispensaciones. Dice claramente: «yo distinguiría más claramente que Wesley entre el creyente bautizado con el poder pentecostal del Espíritu Santo y el creyente que no está aún lleno de ese poder».

   Por influencia del metodismo se desarrolló en los EE.UU. un gran movimiento de santidad. Uno de los centros era el Oberlin College de Ohio, con su teología postmilenaria de Ch. G. Finney (1792-1875), aunque no llegó a una formulación claramente pentecostal y con el avivamiento del 1857-58 alcanzó su culminación. Los primeros libros que ya desarrollan completamente la santificación pentecostal aparecieron después de este avivamiento. Phoebe Palmer fue la principal impulsora.

   Dayton reconoce aquí tres variantes de la doctrina: la corriente oficial del Movimiento de Santidad, una variante más radical que dividía la experiencia en dos obras separadas de la gracia y la de los círculos reformados que suprimió los temas wesleyanos enseñando que el bautismo del Espíritu era una «segunda experiencia diferente».

   Después de la Guerra Civil la institución interdenominacional, pero dominada por los metodistas más determinante fue la Asociación Nacional de Campamentos para la Promoción de la Santidad, a partir del 1867. Mientras tanto en Inglaterra el movimiento de santidad a partir del 1875 se centró alrededor del Movimiento «Keswick». A mediados de los 90 casi todos los movimientos de santidad estaban enseñando de alguna forma el bautismo del Espíritu Santo. Todas estas tendencias desembocarán en la obra de Ch. Parham y su «Bethel Bible College» en Topeka, Kansas.

   El moderno movimiento carismático se inicia por los 60 y a diferencia del movimiento pentecostal clásico no parte del hecho de que la glosolalia sea una evidencia necesaria del bautismo del Espíritu Santo y no pertenecen a iglesias pentecostales clásicas. Uno de los hitos más importantes fue la fundación en el 1951del FGBMFI (siglas en inglés de Hombres de Negocios del Evangelio Completo) por Demos Shakarian y Oral Roberts. El movimiento del segundo tipo comenzó en Van Nuys, Los Angeles, por Dennis Bennet de la Iglesia Episcopal de St.Mark, quien recibió el bautismo del Espíritu con glosolalia. De ahí pasó a otras iglesias históricas de clase alta de Los Ángeles, sobre todo en congregaciones presbiterianas.

   Como sabemos, el pentecostalismo histórico surgió de la confluencia de diversas corrientes. a) la del movimiento de santidad proveniente de Wesley, b) la santificación como acto de recibir el Espíritu Santo proveniente del movimiento Keswick de la Iglesia Anglicana (que la santificación a diferencia de la tradición metodista no consistía en ser purificados de pecado sino en recibir el poder del Espíritu Santo), y c) las «Fire-baptized Holiness Churches».

   La identificación entre santificación y glosolalia se dio por Charles Parham, ex-metodista en su «Bethel Bible College» ya mencionado, en Topeka, Kansas. A través del alumno de Parham, un predicador negro de santidad, W.J. Seymour, quién llegó a Los Ángeles, donde fue invitado por una congregación negra nazarena, fue que se dio el epicentro del avivamiento en la calle Azusa, de ahí nació la «Apostolic Faith Movement», que aunque no fue un movimiento racista, sí hizo que las iglesias blancas organizaran sus propios grupos.

   Aparte de esta hermosa experiencia de visita a estos santos lugares, el Profesor Robeck con motivo de la conmemoración de este importante centenario publicó un importante libro titulado The Azusa Street Mision and Revival, the birth of the Global Pentecostal Movement del cual quisiera citar algunos párrafos del comienzo y del final de la obra. El autor apunta hacia cuatro características generales del movimiento: 1. su celeridad sin paralelos, 2. el efecto que tuvo en otras congregaciones, 3. su persistencia como paradigma del poder del movimiento pentecostal mundial, y voy a detenerme en el 4:

«su preocupación por los marginados, los pobres, las mujeres y la gente de color… en una época caracterizada por las luchas y tensiones raciales, sentimientos fuertes contra los inmigrantes, la desconfianza y la intolerancia étnicas, es importante que aprendamos cómo esta congregación intentó realizar su visión de una comunidad racial y étnica incluyente». 

El texto favorito del pastor Seymour fue la perícopa de Lucas 4,18-19 y el autor observa:

«Aunque muchos pentecostales blancos son tentados a interpretar este texto solamente en su sentido espiritual, Seymour creía y la mayoría de los pentecostales en el mundo creen también que conlleva un mensaje literal importante. Los pobres, los que estaban encarcelados, los ciegos, o cualquiera que tuviera necesidades materiales, los oprimidos, porque sufrieran de alguna adicción o prejuicios estaban en la agenda de la misión. El compromiso de Seymour con los pobres se constata en esta cita: ‘el movimiento de la Fe Apostólica está a favor de las misiones y del trabajo en la calle, está a favor del trabajo en las prisiones’. Su compromiso con los ciegos y con todos los que necesitaban la curación física surgía de su idea que ‘Dios era capaz de sanar’ y por eso deseaba poner sus manos sobre los enfermos y rezar la oración de la fe. Pero su compromiso con los oprimidos, hayan sido esclavos, o mujeres o miembros de otra raza o clase, era lo que más predominaba en su mente… Desde los orígenes el liderazgo que rodeaba a Seymour era una mezcla racial, e incluía mujeres y hombres. Por muchos años, bajo el ministerio especial de Seymour la misión atrajo y mantuvo la participación constante de afro-norteamericanos, norteamericanos europeos, hispanos, norteamericanos de origen asiático, nativos y otros. Como resultado de ello la Misión de la Calle de Azusa nos provee el ejemplo de lo que sucede si le damos lugar al Espíritu Santo para que cambie nuestras mentes. Y nos brinda un modelo de cómo nuestras comunidades hoy pueden abrazar la misma diversidad y demostrar ante el mundo el poder del Evangelio de derribar los muros étnicos y raciales artificiales que nos dividen, como el Apóstol lo notó tan elocuentemente en Ef 2,11-22» (13-14,15)

   En la conclusión del libro, reflexiona el autor:

«Como algunas personas en los primeros años del movimiento —y algunos de sus herederos y sucesores así auto-identificados— actualmente hallan que es difícil aceptar las lecciones que la gente de Azusa desean que nosotros aprendamos. En una nación del ‘Destino Manifiesto’, que pronto iba a ejercer su política del ‘gran garrote’ de Teddy Roosevelt, los fieles de la calle de Azusa tratan de mostrarnos cómo sería vivir de acuerdo con la profecía de Zacarías 4,6 ‘No depende del ejército ni de la fuerza, sino de mi Espíritu, dice el Señor Todopoderoso’. En un mundo gobernado por poseyentes, nos trataron de mostrar que el liderazgo significa potenciar a otros, no mediante el apoderarnos del poder de otros o usarlo para nuestro propio beneficio. En un mundo que valoraba y dividía a las personas por el color de su piel trataron de mostrarnos que podemos lograr la armonía, la intimidad y la inclusión racial cuando recordamos que todos somos uno en el Espíritu de Dios. Que ni el color de la piel, ni las diferencias en edad, género, clase, cultura o nivel de educación pueden separar a nadie dentro del Cuerpo de Cristo. Trataron de mostrarnos que el hambre y la sed de Dios genuina y persistente son finalmente premiadas por los encuentros con el Dios viviente que nos potencian espiritualmente y nos hacen cambiar de vida. Trataron de demostrarnos que valía la pena el precio que pagaron por sus sacrificios en beneficio de los demás. Como se trataba de gente común, algunos de ellos tuvieron sus errores. Y estos fallos también constituyen lecciones para nosotros hoy. Nos muestran que el Espíritu de Dios puede ser suplantado en nuestros asuntos cuando confiamos en nuestra propia fuerza y poder. Nos muestran que el orgullo, la arrogancia y el egoísmo nos llevan a acciones que no son propias de los hijos de Dios. Nos muestran que si permitimos que nuestros propios deseos reemplacen a los deseos de Dios, podemos ser excluidos y fracasar en cumplir nuestro llamado. Nos muestran que si no pagamos el precio necesario, no obtendremos los resultados que hemos anhelado» (314-15).

   Hay otra reflexión significativa que hace el Profesor Robeck al final de su libro, más cuando él mismo es pentecostal, después de referirse a los elementos positivos del avivamiento señala:

«Pero como historiador de la iglesia, he venido a constatar que el avivamiento no es un estado normal ni tiene la intención de serlo… Dentro de los círculos pentecostales, sin embargo, nuestra retórica, esto es la manera como hablamos del avivamiento, puede conducirnos a pensar que la vida normal cristiana puede vivirse en un estado constante de avivamiento. Pero vivir con esta idea es desaprovechar un punto importante sobre la naturaleza del caminar cristiano. Es ciertamente claro que la vida cristiana debe vivirse en su capacidad plena y en el poder del Espíritu Santo. Jesús dijo ‘he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia’ (Jn 10,10). Pero esto no es lo mismo que vivir en constante avivamiento» (322,323).

   Y deseo concluir también con el padre Congar: «¡La vida de la Iglesia es enteramente epiclésica!»

 

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN

 

1. ¿Qué significa para un cristiano vivir en el poder del Espíritu Santo?

2. ¿Qué evaluación crítica podríamos hacer del actual movimiento carismático a la luz de la Biblia y la teología cristiana?

3. ¿Cómo incide el carismatismo pentecostal en el clima ecuménico cubano?

4. ¿Cómo podremos recuperar una teología sana acerca del Espíritu Santo?

 


OPINIONES SOBRE EL 40 ANIVERSARIO DE LA AUTONOMIA

DEL PRESBITERIANISMO EN CUBA

 

Hace 40 años nació la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba (IPRC). Refiriéndose al nombre con que nacía oficialmente la comunidad presbiteriana cubana, escribió el Rev. Rafael Cepeda: “Este nuevo nombre respondía a tres afirmaciones: la doctrina calvinista-reformada, la forma presbiteriana de gobierno, y la conexión ecuménica con la Iglesia de Jesucristo”. Aquel momento histórico tuvo su acción solemne de traspaso en la iglesia presbiteriana de La Habana Primera, los días 22 al 24 de enero de 1967. De una parte, estuvo representada la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana Unida en los Estados Unidos de América por una delegación encabezada por el moderador, Dr. Ganse Little, y por su secretario permanente, el Dr. W. Thompson; y de otra parte una amplia y destacada representación de la Iglesia en Cuba, representada por sus pastores, obreras comisionadas, predicadores laicos, seminaristas y comisionados de iglesias locales. De entonces a acá se ha ido tejiendo una larga historia de aciertos y errores que han contribuido a madurar y desarrollar una Iglesia que ha dejado su huella en la historia, porque hace 40 años nació una Iglesia verdadera para la gloria del evangelio de Jesucristo en Cuba.

Por esta razón, decidimos entrevistar a una pequeña muestra del pueblo presbiteriano que, al mismo tiempo, es representativa de su carácter variopinto, en la que están representados pastores y laico, hombres y mujeres, jóvenes y adultos. A continuación transcribo cómo transcurrió la entrevista.

 

¿Cuáles son los hechos más significativos que, en su opinión, han marcado la historia de la Iglesia en sus últimos 40 años?

 

Sergio Arce: -A nuestro entender son dos. En primer lugar, el cambio progresivo radical del liderazgo. Los líderes de la IPRC a lo largo de estos cuarenta años  han dejado de ser paulatinamente sus personeros representativos para ir dejando espacio a nuevos líderes. Unos, como (Francisco) Norniella, (Rafael) Cepeda, (Raúl) Fernández Ceballos se fueron retirando del trabajo activo y los tres ya han muerto. Hay otros que están sencillamente retirados, entre estos últimos  nos contamos nosotros. Otros, los menos significativos dentro de la organización de la antigua Iglesia Presbiteriana, se fueron marchando hacia los Estados Unidos de América. Tal vez algunos eran personalidades significativas, pero no lo eran tanto en el orden eclesiológico interno, como lo eran y lo siguieron siendo fuera del país. Los menos fueron los que  se quedaron en Cuba o en casos excepcionales regresaron de los Estados Unidos al ver cómo la IPRC  quedaba desprovista de pastores y el Seminario Evangélico de Teología (SET), de profesores. Entre los que regresaron se pueden contar dos, el Pbro. Orestes González Cruz y nosotros.

En nuestro caso regresamos de Princeton, y lo hicimos por las siguientes razones: 1) Demasiadas  iglesias sin pastor, demasiada escasez de profesores en el SET. 2) Dudas sobre la veracidad de lo que nos decían. Habíamos ayudado durante la lucha contra Batista a los combatientes, como miembro de la Resistencia Cívica. La joven que se había casado con el Che la habíamos bautizado y era miembro de mi Iglesia en Santa Clara. Con ella hemos seguido manteniendo relaciones fraternales a lo largo de los años. 3) Aún cuando fuese verdad lo que afirmaban los pastores que habían salido de Cuba con el ánimo de  justificar su salida, regresamos a Cuba, teniendo que renunciar a nuestra residencia en los Estados Unidos. "Si tomas el vapor que te lleva a la Cuba comunista, tienen que entregarme los documentos que les acreditan como residentes en este país y nunca más podrán regresar a los Estados Unidos", así nos  dijeron los Oficiales de Inmigración al tomar el barco que nos traería de regreso a la Patria. Pero no desistimos de nuestro empeño de lo que muchos cubanos exiliados nos decían: llegar a ser mártires al testimoniar nuestra fe cristiana, entrar a la historia de la Iglesia como mártires de la fe, ¡envidiable, ¿no?!. Sin embargo, al regreso sufrimos una gran decepción. No sufrimos ningún tipo de martirio, sino todo lo contrario. No tuvimos la oportunidad de llegar a ser  mártires, lo cierto es que casi alcanzamos la categoría de héroes.  Cuando las autoridades provinciales en el campo de la Educación supieron que un matrimonio  habían regresado de los Estados Unidos, cubanos que habían sido fundadores y maestros de escuelas tanto en Nueva Paz, nuestro primer pastorado, como en Santa Clara, nuestro segundo pastorado, nos pidieron que nos incorporáramos a trabajar en el Ministerio de Educación a nivel provincial. Como todos los profesionales, también muchos profesores preuniversitarios y de Secundaria Básica habían abandonado el país y escaseaban, sobre todo los que con suficiente preparación académica  pudiesen ocupar cargos de dirección. En mi caso, con un doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad de la Habana, en el de mi compañera,  graduada como Profesora de Inglés en la Universidad de las Villas. Fue entonces que por dos años fui el Presidente de la IPRC, a la vez que  uno de los dirigentes provinciales en el campo de la Educación Media Superior durante muchos más años, hasta que me nombraron Rector del SET.

Hoy el liderato de la IPRC nada en sus vidas se parece a estas odiseas. No tiene ninguno de ellos o ellas, el aval de la experiencia de aquellos y aquellas que ayudamos a construir como lideres de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba lo que hoy es nuestra sociedad socialista.

Y continúa apuntando Arce: -En segundo lugar, la circunstancia sociopolítica diametralmente diferenciada a lo largo del tiempo. En el tiempo aquel en que fuimos uno de los dirigentes principales de la Iglesia, sobre todo como su Secretario General, vivíamos en una nación que habiendo sido una neocolonia estadounidense se acababa de independizar de su metrópoli y siendo fiel a los patriotas que le habían precedido, se había visto distanciada de la metrópoli, los Estados Unidos de América. Surge entonces un viraje político-económico hacia la URSS, estábamos, pues,  en presencia de una revolución socialista. Hoy, la Iglesia en Cuba vive una situación político-económica que progresivamente se ha visto condicionada socialmente de forma tal que ya no admite ningún posible parangón con aquella situación y condiciones que los de aquel entonces de 40 años atrás vivíamos. Los líderes actuales, no tienen la experiencia "revolucionaria" de un cambio del capitalismo salvaje al socialismo benefactor. Ahora ya están viviendo dentro de un socialismo que aún sigue siendo, con y en mucho sentido, un socialismo benefactor, pero que como proyecto y quehacer humano tiene sus evidentes fallos, y ha cometido y sigue cometiendo errores tácticos, aunque no lo sean estratégicos. Los Adanes y las Evas de hoy no han dejado, a pesar de todos los esfuerzos que se hacen, de evitar el caer en el pecado de pretender saber que es el Mal y que es el Bien, en términos absolutos, a la manera de Dios. De este modo, podemos decir que valoramos la presencia de nuestra Iglesia en el contexto contemporáneo cubano en términos diferentes y antagónicos a los términos en que nosotros valoramos el nuestro, por la sencilla razón de que en aquella situación y en aquella condición nuestra era relativamente fácil encontrar nuestra respuesta evangélica a la situación y condiciones en que se  vivía, mientras que hoy no resulta fácil ver la que en realidad corresponda para seguir siendo fieles al Evangelio de Jesús.

Ahora bien, existe un hecho aún más significativo –sigue diciendo Arce- que es posiblemente el que les impida al liderato de hoy encontrarse. Lo diagnostico diciendo que muchos, aunque no todos, los líderes actuales no están capacitados para ver la similitud que existe entre aquel tiempo pasado y este presente. Al no entender la similitud no pueden entender el sentido de las diferencias y el cómo actuar positiva y productivamente frente a ellas. Los intereses personales más que los intereses de todo el resto del conglomerado social es lo que va a determinar su posición político-social, posición que no puede dimanar del Evangelio y del ejemplo de Jesús y de los profetas bíblicos, puesto que obedece a sus intereses particulares, dándonos la impresión de una Iglesia que se mira a sí misma y no a la realidad que le rodea nacionalmente, ni tampoco en términos globales. Mira más hacia el Norte que hacia su pueblo y sobre todo hacia el mundo subdesarrollado suramericano y de otros continentes, especialmente el continente africano, del cual somos más que deudores, si sopesamos lo que la historia de la Patria nos está mostrando.

 

Migdalia Cabrera: Los que hemos tenido el privilegio de vivir de cerca el acontecer de nuestra Iglesia en estos 40 años tenemos muchas cosas interesantes para compartir  con las nuevas generaciones de creyentes que hoy se han incorporado a la Iglesia Presbiteriana. Sin embargo, seleccionar el hecho más significativo constituye una tarea difícil porque las evaluaciones  históricas siempre dependen de conceptos personales y relativos. De manera que es muy arriesgado saber qué es lo más importante. No obstante, accedemos a responder y nos atrevemos a emitir opinión sobre hechos ocurridos como consecuencia del proceso histórico que vivía nuestra Patria en la década del 60.

Los acontecimientos políticos que se produjeron durante esos años y quizás la inmadurez teológica de nuestras congregaciones, dieron lugar a un éxodo casi masivo de pastores y feligreses en nuestras congregaciones. Como consecuencia de este hecho muchas iglesias se quedaron sin pastores y, lo que es peor, muchas se quedaron sin congregaciones. Si a esta situación le añadimos los problemas económicos que se presentaron como consecuencia de haber asumido nuestra autonomía, después de setenta y siete años de una dependencia económica de la Iglesia de Estados Unidos, entonces veremos que la situación se hizo caótica. Sin embargo, la reacción del pueblo de Dios, que permaneció firme en su fe y en su militancia cristiana, constituyó el paradigma que hoy recordamos como el hecho más significativo de esta etapa. Nuestros pastores, obreros y estudiantes en el Seminario aceptaron con espíritu solidario una rebaja del 20 % en sus honorarios y estas cantidades fueron enviadas por las iglesias locales a los fondos de la Asamblea Nacional, los laicos cubrieron la falta de pastores y especialmente las mujeres asumieron una presencia comprometida que no permitió el cierre de ninguna iglesia, a pesar de lo precario de aquella situación. Estoy convencida que esta etapa ha sido el momento más inspirador que ha vivido nuestra Iglesia cuando experimentamos en carne propia el cumplimiento de la profecía bíblica: “Dios multiplica las fuerzas al que no tiene ninguna”.

Si tuviera que señalar otro acontecimiento importante no vacilaría en recordar los actos realizados con motivo de la celebración del Centenario de nuestra Iglesia nacional. Fue un año de muchas emociones, movilización, reparación de las propiedades de la Iglesia, planes, proyectos y en general una etapa muy llena de esperanza en donde muchos cristianos, que se habían separado de la Iglesia, comenzaron el retorno a la misma. Vimos de nuevo como nuestros templos se llenaban de personas deseosas de trabajar con un entusiasmo gozoso como si quisieran aprovechar el tiempo que habían perdido. Vimos las necesidades espirituales de los que volvían y sentimos también la necesidad de profundizar los fundamentos doctrinales y teológicos de nuestra fe. Creo firmemente que esta fue una etapa que nos marcó definitivamente nuestras vidas y la vida de la Iglesia Presbiteriana en Cuba.

 

Edelberto Valdés: En estos 40 años de autonomía se han vivido muchos momentos importantes (algunos decisivos y tensos), por ejemplo podría mencionar la decisión de la ordenación única al Presbiterado, el incremento del número de mujeres pastoras, la reparación o construcción de nuevos templos y casas pastorales, la constitución de los Presbiterios, el haber mantenido las buenas relaciones con la Iglesia madre a pesar de las tensiones  entre los gobiernos de Cuba  y los Estados Unidos, entre otras.

Señalo también la Confesión de Fe de 1977 como un momento cumbre, porque fue un acto de madurez y atrevimiento sano. De madurez, porque era el resultado del pensamiento teológico reformado cubano que demostraba su capacidad y calidad. Aún con las críticas que se le podrían hacer hoy, esta Confesión marca la vida y misión de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba. Digo de atrevimiento, porque fue pensada y producida por una Iglesia pequeña en un país pequeño y porque fue la primera que se realizó en el campo socialista. Para nosotros eso no fue nuevo, la Iglesia Presbiteriana Cubana nació de actos maduros y atrevidos.

 

Miriam Naranjo: Yo por mi parte me gustaría enumerar los siguientes hechos significativos: 1. El éxodo de pastores y líderes laicos a partir de la revolución cubana, que nos hizo repensar en nuestra manera de ser Iglesia. 2. La influencia de la teología de la liberación, que nos permitió hacer nuevos enfoques bíblicos y teológicos en esta nueva etapa sin precedentes en la historia de la Iglesia en América Latina. 3. La necesidad de ecumenismo hasta la década de los 90, que dio a las iglesias, incluida la nuestra, una visión fresca en cuanto a la liturgia, la teología, etc. 4. El dialogo entre la Iglesia y las autoridades cubanas en 1990, que dio paso a una apertura que hizo posible la entrada de una nueva generación, muchos de ellos sin historia familiar eclesial, además de la oportunidad de regresar a muchos de los que se habían alejado y seguían estando en Cuba. 5. La influencia de la teología y género, que junto con las necesidades de nuestra Iglesia dio paso a graduar a mujeres de diversas edades en teología. 6. La preparación de nuestros líderes y presbíteros gobernantes de manera general en cuanto a formación bíblico-teológica gracias a cursos, y talleres dados por las diversas instituciones ecuménicas de nuestro país.

 

A 40 años de vida autónoma, ¿cómo valoras la presencia de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en el contexto contemporáneo cubano?

 

Edelberto Valdés: Valoro la presencia presbiteriana-reformada como muy positiva. Nuestra Iglesia ha impactado en menor o mayor grado a diferentes áreas de la vida eclesial y laica. La obra educacional, el pensamiento teológico avanzado, la intensa vida ecuménica y el liderazgo a todos los niveles en ese campo unido con el compromiso social, han sido huellas dejadas por la Iglesia Presbiteriana-Reformada.

Hemos sido consecuentes con nuestra vocación de tener la Biblia en una mano y el periódico en la otra y en ocasiones hemos dejado de ser para ser de los demás.

Somos pocos en comparación con otras denominaciones pero siempre ha habido respeto, admiración y reconocimiento hacia nuestra Iglesia ganado a base de todo lo anterior.

 

Migdalia Cabrera: Esta es una pregunta difícil para mí, no sólo por el contenido polémico de la misma, sino también por mi edad. Los ancianos tenemos una formación tan metida en nuestras entrañas que a veces resulta imposible asimilar y entender los nuevos aires que soplan en estos tiempos y cuando hablamos con el corazón corremos el riesgo de ser anacrónicos. De verdad, que no me gusta nada ser descalificada por estar fuera de tiempo, porque anhelo enérgicamente que mi testimonio de fe sea transmitido con vigencia a las nuevas generaciones.

Así es que siento temor al afirmar que no estoy realmente contenta con la presencia de la Iglesia Presbiteriana Reformada en el contexto contemporáneo cubano y por supuesto, después de esta afirmación tengo que dar una explicación. Me remitiré a los hechos tangibles y reales que nos dejan observar mejor la presencia auténtica de la Iglesia en nuestra sociedad.

1) El número de pastores que tenemos actualmente resulta insuficiente y, sin embrago, los ingresos de jóvenes presbiterianos que aceptan el llamamiento pastoral a nuestro Seminario Teológico, son cada vez menos. ¿Será que no estamos considerando este llamamiento como parte de la responsabilidad y madurez de la Iglesia?

2) Tenemos actualmente un interés especial en los cursos de capacitación bíblico-teológico y de preparación para la educación cristiana. Sin embargo, las iglesias locales adolecen de personal dispuesto para atender las escuelas dominicales y los estudios bíblicos a nivel de células. No existe tampoco el personal idóneo para ejercer el liderazgo. ¿Será que la Iglesia está ocupada en la preparación intelectual y descuida la preparación espiritual que orienta al laico en la entrega y uso de los dones no sólo para servir en el mundo secular sino también en las necesidades de la Iglesia? ¿No será necesario un proyecto que prepare a los miembros de la Iglesia para asumir nuestro ministerio como miembros del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia?

3) Nos alegra saber que actualmente tenemos quince iglesias con sostenimiento propio y esto es muy alentador. Sin embargo, no podemos comprender el alcance de este sostenimiento si sólo permite el salario de su pastor y adquiere el derecho al llamamiento pastoral. Si el sostenimiento propio no alcanza para cumplir los compromisos para mantener la estructura de la iglesia, de donde emana el gobierno y la disciplina que la rige, si el sostenimiento propio no puede asumir los compromisos de mantenimiento y reconstrucción del edificio, etc., entonces sería bueno pensar en planes económicos que nos liberen de la dependencia de donaciones extranjeras y nos preparen para la entrega de dones y diezmos hasta lograr el sostenimiento real de nuestra Iglesia.

4) Actualmente tenemos cuarenta y cuatro iglesias y lugares de predicación. ¿Debemos conformarnos con esta situación o, por el contrario, no es propicio el momento para pensar en la posibilidad de duplicar esa cantidad? Cuarenta años de autonomía es tiempo suficiente para emprender un Plan de Evangelización donde los miembros de la iglesia estén preparados para predicar el Evangelio de Jesucristo y dialogar en un contexto marxista acerca de los temas de actualidad como son la ecología, la economía, el divorcio, el homosexualismo, la solidaridad, etc., pero manifestando estos juicios sobre la base e interpretación cristiana.

Siento que la Iglesia Presbiteriana en Cuba tiene que asumir con mayor pasión el mandato divino de “Id y predicad el Evangelio a toda criatura”, y asumir la tarea con nuevos planes, proyectos, lenguaje y testimonio personal. La Iglesia ha de trabajar por el bienestar humano, iluminada por la prédica de Jesucristo, dando razón de su esperanza y manteniendo las bases, motivos y razones que mueven su conducta, convencida de que nada ni nadie puede poner un fundamento mejor que el que nos ha sido dado a través de la vida, muerte y resurrección del Hijo de Dios.

Lamento mucho que los criterios emitidos puedan contener críticas negativas hacia la Iglesia que amo y a la cual no me gusta herir, pero necesito agregar que a pesar de las deficiencias señaladas, me siento feliz y hasta orgullosa de pertenecer a la Iglesia Presbiteriana donde se respiran aires de libertad y anhelos de reformarnos hasta alcanzar el premio de la soberana voluntad de Dios en Cristo Jesús.

 

Sergio Arce: La valoración cierta de la presencia de la IPRC en el contexto contemporáneo cubano la da el pueblo fuera de la IPRC y no ninguno de los que somos parte significativa o no significativa de ella.

Es posible que esta segunda pregunta de cómo valoramos la presencia de la IPRC en el contexto contemporáneo cubano esté de hecho contestada con lo que está dicho en la respuesta a la primera. Ahora bien, cuando alguien personalmente se erige conscientemente en juez se encuentra con una muralla infranqueable. Es imposible pretender ser realmente justo. No hay juez humano que pueda ser justo, no importa a quien o a quienes juzga. Es interesante que el propio Jesús rehuyó emitir un juicio sobre otros seres tan humanos como lo era él. Y, a pesar de ello, se nos pide que emitamos nosotros un juicio de valoración que es el más delicado de los juicios.

Sin embargo, no podemos resistir la tentación de decir algo al respecto, aunque ello lleve adherido un pecado. En lo que juzgamos a otro o a otros nos juzgamos nosotros mismos. En esto tiene razón Pablo. En primer lugar, planteo el hecho de que no es posible valorar, como si fuese una sola entidad, a la IPRC, porque no lo es. No es lo mismo la iglesia de la cual soy el pastor emérito, Varadero, que la iglesia de Cárdenas, por referirme a dos comunidades cercanas y, a la vez, tan distantes. En la ciudad de La Habana ¿son las mismas comunidades la de La Habana y la de Luyanó? En Matanzas, ¿se asemejan la congregación de Matanzas Central con la de la de Versalles?

No se nos puede pedir que valoremos con una sola referencia la presencia de la IPRC en el contexto contemporáneo cubano. En nuestro Sínodo hay varios Presbiterios. ¿En qué se asemeja cualquiera de ellos con otro cualquiera de entre ellos? Escoja usted y díganos en qué. En cuanto nos lo diga le diré en qué se diferencian hasta distanciarse de manera sorprendente. Bueno, todas son IPRC, y con eso nos basta si pensamos que la unidad de la Iglesia no está en otro lugar sino en su Señor y Salvador Jesucristo, único e indivisible. Él, pero no nosotros constituimos nuestra unidad. La presencia de la IPRC en el contexto contemporáneo está dada por la presencia de cada uno de los que la formamos. ¿Es la presencia la misma que tiene la IPRC en el contexto contemporáneo cubano cuando hablamos en la Asamblea Nacional del Poder Popular como Diputado a la que tiene lo que expresan desde sus púlpitos algunos de nuestros pastores o de sus presbíteros? ¿Cómo valorar entonces esa presencia? La valoración no depende de quien se exprese sino de quien escuche. La valoración de la presencia de la IPRC en el contexto contemporáneo cubano no depende quienes hablen, sean pastores o pastoras, laicos varones o hembras, sino de quien escuche o de quienes escuchen lo que dicen los que la forman. En otras palabras, el pueblo no creyente, el pueblo de Cuba, cuya grandísima mayoría no asiste a la IPRC ni a ninguna otra iglesia cristiana. La valoración es la del pueblo ajeno a la fe cristiana. Esa es nuestra respuesta a la pregunta de la valoración de la IPRC. Hay que preguntar al pueblo ajeno a la IPRC para obtener la verdadera valoración de nuestra presencia. Nuestra valoración si la hacemos como se nos pide no tiene valor. Está teñida de intereses que no son los evangélicos que digamos. 

 

Miriam Naranjo: Pienso que la IPRC marca una diferencia bíblico-teológico-social donde quiera que esté, sin enamoramientos institucionales y haciendo justicia, que vivimos una apertura no fundamentalista, que lucha por ser inclusiva, buscadora de justicia, no conformista, en el contexto neopentecostal en que nos encontramos y sabiendo que no somos mayoría, pero influimos en una parte de la sociedad que se reconoce en nuestras comunidades eclesiales y que agradece nuestra apertura bíblico, teológica y social.

 

Entrevistó: Francisco Marrero