La importancia de la educación en la fe Reformada
Ofelia Ortega Suárez
Cubana. Pastora presbiteriana. Profesora titular del
Seminario Evangélico de Teología, master en teología por el S.E.T. (1980),
licenciada en educación con especialidad en lengua inglesa (Instituto Superior
Pedagógico de Matanzas, 1989), doctora en divinidades Honoris Causa por
Gurukul Lutheran Theological College, Madrás, y por Knox College, Toronto. Es
copresidenta del Consejo Mundial de Iglesias, vicepresidenta de la Alianza
Mundial Reformada y vicemoderadora de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en
Cuba.
Introducción
«Es consustancial con la tradición presbiteriana el deseo de preparar
bien a su pueblo, de hacerlo crecer, instándolo siempre a escudriñarlo todo y a
retener lo bueno (1 Ts 5,21).»
«Dondequiera que ha habido obra presbiteriana también ha habido
un deseo ferviente por elevar el nivel de cultura en todos los sentidos.
Dondequiera que ha habido una iglesia o un simple lugar de predicación, allí ha
surgido una escuela, con mayor o menor
grado de desarrollo.»1
Estas afirmaciones hecha por el doctor Emilio Rodríguez Busto en
el desarrollo de su historia-informe” del Colegio Presbiteriano “La
Progresiva”, de Cárdenas, me hacen pensar en mi propia vida.
No estaría
aquí hablándoles a ustedes, si no hubiera sido por una pasión por la educación
que llenó la vida de quienes fundaron nuestra Iglesia Presbiteriana–Reformada
en Cuba.
Fue esa
dedicación por compartir la sabiduría recibida y heredada la que permitió que
muchos personas como yo, pertenecientes a las clases más pobres y humildes de
la población cubana, pudiésemos recibir una educación esmerada, conscientes
nuestros antepasados de que preparaban a su vez una generación de educadores y
educadoras para los tiempos venideros.
Por eso no
resultó extraño que al triunfo de la revolución cubana en 1959, y frente al
éxodo masivo de pastores y laicos de todas las Iglesias cubanas, fuera la
Iglesia Presbiteriana quién tomara las riendas del movimiento ecuménico, y de
la preparación, edición y distribución de materiales de educación que sirvieron
a muchas Iglesias en Cuba por más de dos décadas.
Hoy, cuando nuestras iglesias locales
crecen, y la juventud y la niñez llenan de nuevo nuestros bancos, escuelas dominicales
y campamentos, yo no me canso de pedir y exhortar que no perdamos la memoria de
aquellas décadas de formación teológica y educación en el desierto, donde Dios
proveía el maná necesario para cada día, y donde con un viejo mimeógrafo, y
papel gaceta amarillo y feo, la Iglesia Presbiteriana en Cuba produjo lo mejor
de sus materiales educativos que nutrieron y edificaron nuestras vidas, en
medio de situaciones donde la fe y el coraje eran necesarios, o más bien fe con
coraje.
Esto nos hace recordar las palabras de
Walter Brueggemann cuando afirma que:
Estamos
viviendo “tiempo de dislocación”, en muchas de nuestras sociedades modernas en
desintegración muy similares al exilio del pueblo de Israel. Los tiempos de
dislocación siempre crean una clase de excluidos o marginados, castigando
económicamente a los más vulnerables, pero la Biblia, por el contrario,
presenta esta dislocación como una motivación para construir una sociedad más
justa.2
Él señala
que debemos aprender cuatro tipos de verdades que nos ayuden a eliminar la negación y la desesperanza, aprendiendo a
transformar las mismas en actitudes creativas. Entre las verdades expuestas por
Brueggemann deseamos señalar las que consideramos como más importantes:
a.
La Iglesia debe
aprender a confrontar la aflicción y el dolor con actos de fe que puedan
transformar la situación en energías positivas para el cambio.
b.
Hay
que conservar la “sacramentalidad” que tiene que ver con toda nuestra vida,
confiados en que aquí y ahora estamos afirmando y demandando la presencia
proveedora y sostenedora de Dios. Es lo que llaman los sacerdotes del libro de
Levítico “La santidad disciplinada”. Así que debemos reordenar y mantener la
comunicación con Dios, invitándole siempre a que venga a morar en medio
nuestro. Ese fue el sentido del tema central de la VIII Asamblea del Consejo
Mundial de Iglesias en Harare, Zimbabwe, “Volvamos a Dios con la alegría de la
Esperanza” (1 Pedro 3,15).
c.
Debemos
también tratar de recuperar el sentido de comunidad, porque los tiempos de dislocación
siempre abren las posibilidades de dejarnos tentar para transformarnos en seres
individualistas y egoístas. Hay que mantener siempre una economía pública de
compasión y justicia con el fin de combatir la desesperanza de la situación
actual.
d.
Debemos
proclamar y enseñar todo el tiempo que Dios puede crear nuevas posibilidades
más allá de los horizontes de derrota y docilidad sumisa. El libro de Elsa
Támez “Cuando los horizontes se cierran”, nos ofrece pistas
significativas para la elaboración de esa pedagogía esperanzadora. De manera
que todo ese movimiento educativo debe ser emocional, litúrgico e imaginativo,
como fue la teología del exilio, formándonos una visión de futuro libre de
sueños temerosos y buscando con urgencia nuevas formas de hablar y de actuar
para la expresión de nuevas posibilidades sociales de transformación
comunitaria en relación continua con los más necesitados.
¿Cuáles fueron esas nuevas posibilidades de transformación en
nuestra herencia Reformada?
Leyendo la vida y obra de Juan Calvino nos sorprendemos al
encontrar en él y sus escritos, valiosos elementos que arrojan luz para
iluminar la obra que hoy realizan nuestras Iglesias, y, al mismo tiempo, nos
compele a enraizarnos cada vez más en esa tradición que confirma nuestra
vocación por la enseñanza.
1.1 Calvino el educador
Calvino fue un educador con una sólida preparación. Es famoso su
primer libro sobre Séneca “De Clementia”, escrito en abril 4 de 1532,
que siempre es mencionado como un ejemplo de erudición. Calvino al escribir
este libro mostró un conocimiento extenso de la literatura clásica, pero,
además, citó a cincuenta y cinco autores latinos, veintidós autores griegos,
además de citar cinco o seis de los principales escritos de Aristóteles y
cuatro de los escritos de Platón y de Plutarco.
Su formación fue esencialmente humanista, insertado en el
humanismo renacentista, que le llevaba a prestar atención a las lenguas y a la
literatura de la antigüedad clásica, o sea, el griego, el hebreo, el latín y
toda la literatura producida dentro de ese ámbito. Por supuesto, el humanismo
en el plano teológico se oponía y criticaba la teología escolástica de la Edad
Media.
Esa teología crítica tenía como centro el criterio de
la verdad que sustentaba el pensamiento del Reformador.
“El entendimiento humano, por más que haya caído y
degenerado de su integridad y perfección, sin embargo no deja de estar aun
adornado y enriquecido con excelentes dones de Dios por única fuente y
manantial de la verdad, no desecharemos ni menospreciaremos la verdad donde
quiera que la hallaremos”.3
En sus famosas cartas expresó Calvino mucho de su pensamiento.
Por ejemplo, en su carta al Duque de Somerset se quejaba de “los sacerdotes
ignorantes que creaban gran confusión” 4. O sea, Calvino siempre
insistió en un ministerio de personas educadas.
Pero si nos
detuviéramos solamente en su persona y no en su obra estaríamos limitando el
genio de este Reformador que usó su formación para propiciar la educación de
los demás.
Por eso es
que Calvino, el educador, tuvo una preocupación constante por la formación de
comunidades educativas.
Me ha
impresionado grandemente una de las conferencias de Jane Dempsey Douglas,
también autora del libro “Women Freedom and Calvin”. En esta
conferencia, que fue discutida en el Comité Teológico de CANAAC, Jane D.
Douglas expone las tareas asumidas por Calvino en Ginebra para reflejar la
justicia de Dios. Ella cita textos de uno de los sermones de Calvino sobre
Deuteronomio:
“Si nosotros fallamos en apoyar a nuestros vecinos
en necesidad, y no hemos tratado de enrolarnos a favor de ellos cuando
necesitan nuestra ayuda, somos culpables
delante de Dios.”5
1.2 El hogar como centro de transformaciones psicológicas y
sociales
Una experiencia que nos parece importante es que
Calvino, siempre insistió en que la educación comenzaba en el hogar. En su
comentario de Génesis 17,12 afirmó:
“Cada familia de los
piadosos debe ser una Iglesia. Por lo tanto, si deseamos probar nuestra piedad,
debemos trabajar para que cada uno de nuestros hogares sea ordenado en
obediencia a Dios”6
Esto nos lleva a analizar si este aspecto fundamental de la fe y
tradición Reformada constituye una parte esencial de nuestros programas
educativos.
En Cuba,
siempre nos asombran las formas inéditas y sabias que Dios usa en nuestro medio
para hacernos reflexionar en asuntos fundamentales para la vida de nuestro
pueblo e Iglesias. Uno de esos “choques sorpresivos y transformadores de
Dios”, ha sido las respuestas al reciente secuestro del niño Elián González
en Miami. Casi cada tarde hemos tenido en la televisión conferencias y mesas
redondas de científicos sociales y psicólogos expresando la importancia del
hogar para la formación de nuestros hijos e hijas.
En una sociedad donde el énfasis durante décadas ha sido los
programas para becarios, con planes y programas no precisamente centrados en
los hogares sino en el/la estudiante como persona, ha sido maravilloso escuchar
de nuevo el mensaje que siempre hemos enfatizado desde nuestra fe.
Una de las psicólogas que ha dirigido este proceso es la Dra.
Patricia Ares Muzio, profesora de nuestro Seminario en Matanzas y Jefa del
Grupo de Estudios de la Familia de la Facultad de Psicología de la Universidad
de la Habana. En una reciente edición de un libro para la orientación de la
familia cubana, Patricia nos dice:
“La
formación de un niño es la tarea más humana y hermosa que puede desempeñar una
persona adulta y una familia, pero a la vez, constituye un proceso complejo y
difícil. Sin embargo, ver crecer a un niño sano, física y mentalmente también
representa la gratificación y retribución más noble que podemos recibir en la
vida.
Lamentablemente, muchas
veces no estamos lo suficientemente preparados para enfrentar esta difícil
tarea. El educar a un niño nos impone un reto para el cual sólo el buen juicio
y el amor no bastan. Los padres no asistimos a universidades para padres antes
de serlo. Pensamos que es suficiente el deseo de tenerlo y el cariño que
podamos prodigarles para garantizar un desarrollo sano y armonioso, y aunque
estos ingredientes son imprescindibles, se necesita un poco más, se requieren
ciertas nociones de cuáles son las necesidades de los niños, acordes a las características
propias de su desarrollo, y qué exigencias nos imponen como padres o figuras
sustitutas”.7
Volvemos a las palabras de W. Brueggemann en nuestra
introducción, un hecho totalmente absurdo en estos “tiempos de dislocación”
puede transformarse en acciones de fe que abran horizontes llenos de
creatividad y emoción que impliquen una transformación de ese absurdo en un
proceso creativo de educación familiar.
Esta preocupación nuestra está estrechamente vinculada a la ley
del recuerdo en Israel, que tiene que pasar de padres a hijos, de generación en
generación, porque el olvido es fuente de apostasía. Lo dice el Salmo 78 que es
memoria:
“Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos
contaron,
no lo ocultaremos a sus hijos,
lo contaremos a la generación
venidera:
las gloria del Señor,
su poder, las maravillas que
realizó.
Porque Dios hizo un pacto con
Jacob
Dando leyes a Israel:
El mandó a nuestros padres
Que lo enseñaran a sus hijos,
Para que lo supiera la generación
venidera,
Y los hijos que nacieran después
Que los descendientes se lo cuenten a sus
hijos
que nacieran después”.
1.3 Ministerio con los más
jóvenes
Siempre estuvo preocupado Calvino por la educación religiosa de
la gente joven. Su “Catecismo para los Niños” fue publicado en 1537, muy pronto
percibió el Reformador que era demasiado teológico para esas edades, así que se
publicó una nueva edición en 1541.
Este catecismo estaba dividido en porciones para 55 domingos y
aunque era para niños podía ser adaptado a todas las edades. En una carta al
Duque Somerset, Calvino expresaba:
“Créame, monseñor que la
Iglesia de Dios no podrá preservarse nunca sin el catecismo, porque es como la
semilla que conserva el buen grano para que no muera y hace que el mismo se
multiplique a través de las edades”.8
Su preocupación por la educación y la niñez hizo que organizara
“comunidades de estudio”. La apertura de la Academia de Ginebra tuvo
lugar en junio de 1559 bajo la dirección de Calvino.
La escuela llamada el Collége de La Rive se convirtió en una
escuela privada con siete clases. En las primeras clases los niños aprendían a
leer y escribir las lenguas francesa y latín, después se concentraban en el
latín y el griego.
Calvino insistía mucho en que había que leer mucho, pero era
necesario comprender lo que se leía. O sea, reclamaba de los estudiantes una
clara articulación verbal de sus pensamientos. La ética era también fundamental
en las interpretaciones de las lenguas bíblicas y la filosofía.
Para Calvino uno no puede ser jamás un buen maestro si no se
muestra asimismo como el que es capaz de recibir enseñanza (“docilis”) y el que
siempre está dispuesto a aprender. (Comentario a 1 Corintos 14:31)9
Yo me asombro de todas las alternativas que buscó para lograr
sus fines educativos en época tan lejana a la nuestra.
En síntesis, podemos afirmar que las características generales
educacionales de la Reforma fueron:
a.
Afirmación del
principio de la instrucción universal.
b.
Organización de
escuelas populares para pobres.
Desde un principio Calvino
insistió como Lutero en el establecimiento de escuelas públicas, porque para él
era imposible aceptar que la ignorancia era la madre de la piedad.
c.
Control de la
Institución por autoridades laicas
d.
Creciente
fisonomía nacional de la educación en los diversos países.
Es interesante pensar en medio de la xenofobia que hoy permea
las sociedades europeas, sin excluir a Ginebra; cómo Calvino sistemáticamente
apoyó la educación de estudiantes de otros países para la formación del liderazgo
de las Iglesias Reformadas. “De manera que en 1562 solamente 4 de los 162
estudiantes de la Academia de Estudios Superiores en Ginebra, precursora de la
Universidad de Ginebra, eran nacidos en Ginebra.”10
Personalmente afirmaría que, aunque en algunos aspectos Emilio
de Roussean se oponía a las concepciones calvinistas, hay más de Calvino en el
espíritu de este educador y estadista de lo que se admite con frecuencia.
Quisiera también pensar (no me consta documentalmente) que del mismo modo, haya
habido influencia en la obra e ideas pedagógicas de Pestalozzi.
2. Supremacía de la Palabra
en la labor educativa de Calvino
“Leed a Demóstenes, a
Cicerón, leed a Platón, o cualquiera otros autores profanos. Confieso que nos
atraerán grandemente, que nos deleitarán, nos moverán y transportarán, pero si
de ellos pasamos a leer la Santa Escritura, queramos o no, de tal manera nos
conmoverá y penetrará en nuestros corazones, de tal suerte se aposentará en la
médula misma, que toda la fuerza de los retóricos y filósofos, en comparación
de la eficacia del sentimiento de la Escritura, no es más que humo de pajas. De
lo cual es fácil concluir que la Sagrada Escritura tiene en sí cierta virtud
divina, pues tanto y con tan gran ventaja supera toda la gracia del arte humano.”11
Calvino seguía las líneas
principales de la Reforma de Lutero: la supremacía de la Palabra y la
justificación por la fe, no tanto en cuanto al sacerdocio universal de los
creyentes.
El siglo XVI fue un período muy rico en el estudio de la Biblia y
Calvino estuvo en el centro de esas interpretaciones.
Calvino veía la Biblia como un todo y como una unidad y para él
la unidad de las Escrituras es sellada por el Espíritu Santo. El Reformador
siempre afirmó la unión entre Palabra y Espíritu. La separación de las dos era
imposible para Calvino y era una forma de herejía. Toda la teología de Calvino
tiene estos dos puntos clave: Palabra y Espíritu.
De la tradición teológica del calvinismo heredamos el estudio
obligatorio de las lenguas bíblicas en las instituciones de estudios
teológicos.
Es fundamental también la importancia de sus sermones. Predicaba
usando su prodigiosa memoria y sus sermones eran transcritos por el secretario
francés Denis Raguenier.12
Antes de la primera edición de las “Institutas”, en 1536,
Calvino comenzó a pensar, a meditar, comentar y leccionar sobre la Biblia. El
estudio de la Biblia estuvo muy vinculado a su teología sistemática.
Él comenzó escribiendo comentarios a los libros del N.T
(Romanos, 1 Corintios, Hechos de los Apóstoles, y el “Cuerpo” paulino).
En 1949 comienza a trabajar el Antiguo Testamento. Todos los
comentarios sobre el Nuevo Testamento fueron genuinamente escritos como
comentarios. En el Antiguo Testamento encontramos tres diferentes modos de exposición:
sermones, conferencias y comentarios.
Durante los últimos quince años de su vida predicó dos mil
sermones sobre el Antiguo Testamento. Sus sermones tuvieron una gran
importancia, porque realizó de ese modo un contacto directo con la congregación
que estaba formada mayoritariamente por refugiados que buscaban una palabra de
aliento y consuelo.
Poco antes de terminar el año 1536, Farel y Calvino introdujeron
las “Congregaciones”, reuniones pastorales con estudios bíblicos cada viernes a
las 7:00 a.m. Una vez más Calvino muestra su interés en la sociedad ginebrina
pues se le permitía a la población asistir como oyente.
2.1 Traspasando las
fronteras
“No hay que restar nada en
la importancia fundamental de Lutero para la Reforma, a su impulso básico, a su
programa, a su nuevo paradigma en general. Pero fue sin duda Calvino, este
reformador franco-suizo famoso ahora en toda la Europa, el que con su
espiritualidad de raíces profundas, con su síntesis teológica amplia y de clara
transparencia, con su sentido para el ordenamiento eclesial, organización y
difusión internacional de la Iglesia convirtió el protestantismo en una
potencia universal.”13
Es cierto que Calvino traspasó las fronteras de Ginebra
influyendo desde Francia hasta Polonia y Hungría creando una red eclesiástica
internacional.
Aunque, como mencionábamos antes, Calvino usó pocas ocasiones el
término “sacerdocio universal de los creyentes”, procuró siempre trabajar con
los laicos para que su preparación teológica ayudara a tomar decisiones éticas
en la sociedad.
Como afirma Jane D. Douglas: “Para Calvino el trabajo por la
justicia no es una actitud extracurricular en la escuela de la fe.”14
Con ello verificamos, la importancia de la ética en
nuestros currículos de estudio.
También estamos conscientes de que el problema ético de nuestro tiempo es la
concentración del poder y la riqueza en las manos de la nueva élite del
conocimiento, los llamados, “analistas simbólicos” que manejan símbolos que no
tienen ninguna conexión directa con la producción de bienes. Este grupo amasa
mucho más riqueza que la burguesía de la sociedad industrial. Las desigualdades
se han duplicado en treinta años de acuerdo a datos ofrecidos por las Naciones
Unidas y el Banco Mundial.15
En primer lugar, esta nueva élite rompe el pacto social de la
nación y el trabajo.
Calvino encontró muchos seguidores entre los artesanos y
comerciantes porque valoró el trabajo físico como dignificador, para la gloria
de Dios. Sin embargo, cuando hoy se rompe ese pacto social entre la nación y el
trabajo no es posible practicar la solidaridad. Por eso hoy entramos en esta
etapa de mundialización o globalización, donde se globaliza a esas élites, dejando en la periferia y el margen a las
grandes masas poblacionales.
En segundo lugar, esa élite no solamente destruye la solidaridad
nacional, sino también la solidaridad del trabajo. El trabajo pierde hoy
identidad y valor. Los trabajos permanecen hoy sujetos a las leyes del mercado.
En tercer lugar, la educación hoy no recoge el ethos de
la comunidad”. Ese ethos es el aspecto fundamental de la cultura social
y siempre es expresada en proverbios, dichos, símbolos y mitos de sabiduría
popular.
Creo que en nuestra cultura caribeña es esencial ver cómo
nuestra teología está en las expresiones populares, cánticos, décimas, música,
novelas y poesía de este pueblo nuestro tan creativo, donde cada día nos
encontramos con ese “real maravilloso” de Alejo Carpentier.
Una de nuestras tareas fundamentales es fomentar una educación
humana básica, que consiste en enseñar lo que es útil para la vida. Lo que
llamamos en términos teológicos la “Teología de la Vida”, que nos permite la
capacidad de socializar, de trabajar juntos, exaltando el valor de las
relaciones humanas y de la vida comunitaria. Sin la búsqueda de esos valores
resultará imposible la práctica de una ética que trascienda las fronteras.
Conclusión
Creo que lo más importante en toda esa pasión de Calvino por la
enseñanza y la predicación, es el hecho de que Calvino entendía que nuestra
Iglesia es confesional, o sea todo el tiempo tenemos que preparar a la
congregación para confesar su fe. “Dando razón de la esperanza que hay en
nosotros”. (1 Pedro).
Hasta el día de hoy la “Compañía de Pastores” se reúne en
Ginebra en los salones anexos a la Catedral de Calvino como un signo visible de
la necesidad de un trabajo colegiado, armonioso e inteligente en el campo
pastoral. Calvino consideraba que él era el maestro de la congregación y aún su
vestimenta clerical coincidía con la vestimenta académica de la época en que le
tocó vivir.
Sin embargo, deseamos enfatizar con André Bieler, quien estudió
con gran rigor investigativo la vida de Calvino que “lo que posibilitó el éxito
de la Reforma fue la audacia con que criticó las tradiciones y las costumbres
más sagradas de su tiempo partiendo de la Escritura, y también el ardor que
tuvo para encontrar una aplicación más justa de las enseñanzas de la Palabra
frente a las circunstancias nuevas. En vez de encerrarnos en costumbres no
exigentes, repitiendo perezosamente fórmulas antiguas, el ejemplo de Calvino
nos empuja a hacer un esfuerzo continuo de renovación de nuestra fidelidad y de
adaptación de nuestro pensamiento al nivel de las circunstancias de nuestro tiempo.
Corresponde hoy a los herederos de la Reforma plantearse preguntas esenciales y
darles respuestas más acordes con las enseñanzas de la Santa Escritura, sin la
preocupación de ningún compromiso. Esta es la contribución más importante y el
servicio más útil que pueden prestar a la humanidad, siendo fieles a su
vocación y prolongando su historia.”16
Notas
1 Rodríguez Busto, Emilio (1991): Una inmensa colmena.
Departamento de Publicaciones de la
Iglesia Presbiteriana–Reformada en Cuba, La Habana, p. 17
2
Brueggemann, Walter (1997): The
Christian Century # 20, p. 29
3 Calvino, J.: Institutas, Libro II, Capítulo
2, Párrafo # 15
4
Ver: Letters of John Calvin. Selected from the Bonnet Edition,
The Banner of Trust, 3 Murrayfield Road, Edinburgh, p. 126
5 Citado
por Jane D. Douglas en su Conferencia “Calvin´s Role in Geneva´s Struggle
to Reflect God´s Justice”. Documento
fotocopiado para la Comisión de CANAAC de Serm. Deut 5:17, C.O, 26, 331
6 A
Calvin Reader: Reflections on Living, selected and edited by William E.
Keesecker, The Westminster Press, Philadelphia, 1985, p. 56
7 Ares, Patricia (1999):
“Eventos vitales y desarrollo infantil”, ¿Riesgo, daño inseparable? ¿En
que tiempo puede cambiarse la mente de un niño?, Casa
Editora Abril, La Habana, pp. 68 y 69
8
Citado por Vollmer Philip, Life of John Calvin, Presbyterian
Board of Publication, Philadelphia, 1909, p. 135
9 Vea
más información sobre la Academia en Ginebra en: Greef de W, The Writings
of John Calvin, Baker Books, Grand Rapids, Michigan, 1993, pp. 53-56
10 Jane
D. Douglas, op. cit, p. 11
11 Citado por Odair Pedroso
Mateus del Libro I, cap. 8, párrafo 2, En
Calvino, Centro Ecuménico de Documentación e Información, Cedi,
Río de Janeiro, Brasil, 1991
12
Ver Hunter, A. Mitcheil, The Teaching of Calvin, James Clarke Co.
Ltd, London, 1958
13 Kung, Hans (1997): El
cristianismo esencia e historia, Editorial Trotta, Madrid, pp. 590 y 591
14
Jane D. Douglas, op. cit, p 23
15 Ver artículo de José Comblin:
“La sociedad del conocimiento y las responsabilidades de las nuevas élites del
conocimiento”, en Reflexión y Literatura, No 29 – 31, Santiago de
Chile, 1996
16 Bieler, André (1973): El
humanismo social de Calvino, Editorial Escatón, Buenos Aires, p. 89. Vea
también de André Bieler (1959): Le Pensee Economique et Sociale de Calvin,
Librarie de l´ Université de Geneve, Georg and Cte S.A, Geneve, Suisse
Calvino y la Eucaristía
Francisco Marrero
Cubano. Pastor presbiteriano. Decano y Profesor
titular del Seminario Evangélico de Teología, doctorante en Filosofía
(Universidad de La Habana), master en teología por el S.E.T. (2001), licenciado
en Teología (SET, 1991), licenciado en Economía (Universidad de La Habana,
1979). Estudios de postgrado en Amsterdam, Ginebra y Edinburgo. Es Secretario General
de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba.
Calvino es
una de las figuras más sólidas, vigorosas e influyentes de la historia de la Iglesia cristiana. Su obra
escrita fue tan vasta como interesante. Estuvo marcada por cuatro elementos que
le confieren una particularidad especial dentro del conjunto de la obra de los
Reformadores del siglo XVI, dichos elementos son: autoridad, legalidad, lógica
y profundo sabor bíblico.
En su
legado escrituario hay un breve tratado que se destaca por la importancia y
vigencia de sus planteamientos, me refiero a su trabajo dedicado a la Santa
Cena. En dicha obra, Calvino trae a la consideración uno de los grandes temas
que se encontraban en el centro del debate teológico de su época, y nos devela
cuál era su posición al respecto.
Reconocido
es que el sacramento de la Eucaristía fue uno de los dos sacramentos ordenados
por nuestro Señor Jesucristo y que,
por tal motivo, precisa de una clara comprensión, toda vez que este misterio de
la fe ha sido dispuesto ante todo como un medio para la salvación de los
hombres y mujeres.
Calvino
escribe en su Breve Tratado acerca de la Santa Cena, la razón y
la finalidad que tuvo el Señor para instituir para nosotros este sacramento, y
al respecto él mismo nos señala:
«Puesto que ha sido del agrado
del buen Dios recibirnos, por medio del bautismo, en su Iglesia, que es su
casa, a la cual él quiere mantener y gobernar, y que nos ha recibido, no ya
como domésticos, sino aún como hijos, resta que, cumpliendo la función de un buen
padre, nos nutra y provea de todo lo quo necesitamos para vivir.»
Se evidencia en sus palabras un reconocimiento tácito
de la responsabilidad y de la bondad de nuestro Padre al hacer provisión para
garantizarnos el alimento espiritual capaz de ayudarnos a regenerar nuestra
vida, arrancándonos de la muerte. Ese pan espiritual que él nos ha dispensado
para sustentar y nutrir nuestra vida, y del cual no podemos ya prescindir, es
Jesucristo. Y añade Calvino:
«Ese alimento nos es distribuido
por medio de la palabra del Señor, que él ha destinado como instrumento para
ese fin y que es también llamado pan y agua.»
Si se
tienen en cuenta los límites del entendimiento humano, es admisible apuntar que
para el hombre y la mujer es casi imposible de aceptar intelectualmente nuestra
misteriosa relación de comunión con el cuerpo y la sangre de Jesucristo
realizada en la eucaristía. Por esa razón, el Señor nos facilita la comprensión
de ese misterio adaptándolo a la capacidad de nuestro entendimiento, e
instituye la Santa Cena
«a fin de firmar y sellar con
ella en nuestras conciencias las promesas contenidas en el Evangelio de que nos
hace participantes de su cuerpo y de su sangre, y para darnos la certidumbre y
seguridad de que en ello consiste nuestro verdadero alimento espiritual, a fin
de que poseyendo tal prenda, concibamos una recta esperanza de salvación.»
La
eucaristía ha sido establecida, además, para reconocer la gran bondad de Dios
hacia nosotros, y para exhortarnos a toda santidad e inocencia, por cuanto
somos hechos miembros de Jesucristo.
En la obra
que nos ocupa, Calvino demuestra los frutos y la utilidad que logramos al
participar en la mesa eucarística. Siguiendo la ruta de su pensamiento,
constatamos que el ser humano siempre está perturbado a causa del pecado y la
iniquidad que moran en él. Su propia conciencia es el incómodo acusador que le
acosa sin reparos, que no deja lugar para el perdón. Entonces es que Dios, en
su infinito amor, viene al encuentro del ser humano y le propone la eucarístía,
«como un espejo donde podemos contemplar a nuestro Señor Jesucristo,
crucificado para abolir nuestras faltas y ofensas y resucitado para librarnos
de la corrupción y de la muerte», donde se pone de manifiesto el enorme
poder consolador que nos otorga la participación en el banquete eucarístico:
aunque somos pecadores, el Señor nos conoce y nos acepta como si fuéramos
justos.
Y añade
Calvino: la Cena «nos otorga testimonio de que, siendo hechos participes de
la muerte y pasión de Jesucristo, tenemos todo aquello que nos es útil y
necesario para la salvación.» O dicho con otras palabras, la Santa Cena es
el medio por el cual nos reconciliamos con Dios, y en esto último es donde
radica su eficacia.
A manera de resumen de lo dicho hasta aquí, vale
volver a las mismas palabras del gran Reformador francés cuando escribe:
«En la Cena se nos presentan dos
cosas, a saber: Jesucristo como fuente y materia de todo bien, y luego, el
fruto y la eficacia de su pasión y muerte. Esto mismo da a entender las
palabras pronunciadas en la institución de la Cena. Porque, al ordenarnos comer
su carne y beber su sangre, añade Jesucristo que su cuerpo ha sido entregado
por nosotros y su sangre derramada para la remisión de nuestros pecados. Por lo
cual: nos indica que no debemos participar simplemente de su cuerpo
y de su sangre sin otra consideración, sino que debemos hacerlo para recibir el
fruto que nos viene de su muerte y pasión. Y por otra parte, nos indica también
que no podremos alcanzar el goce de tal fruto sino por medio de la
participación en su cuerpo y en su sangre, por los cuales tal fruto ha sido
producido.»
Entramos
aquí de lleno en la polémica del tema, es decir, en la interpretación de las
palabras de Jesús la misma noche en que; fue entregado. Y aquí es
saludable que tengamos en cuenta la afirmación de Calvino de que «Jesús es
la materia y substancia de los sacramentos», por cuanto si no admitimos
esta verdad la administración del pan y del vino se hacen cosa frívola e
inútil.
A hora bien,
Calvino enseña que el pan y el vino son signos visibles, que representan el
cuerpo y la sangre, pero que ese nombre y título de cuerpo y sangre
les es atribuido porque son como instrumentos por medio de los cuales el Señor
Jesús nos distribuye el alimento espiritual. Esta forma de hablar, dirá
Calvino, busca hacernos comprensible lo que de otro modo resulta
incomprensible, a saber, que podamos tener comunión con el cuerpo de
Jesucristo. Y pone como ejemplo de este modo de utilizar el lenguaje, el
episodio del bautismo de Jesús. Allí Dios hizo representar su Espíritu a través
de una paloma, o sea, que a través de un signo visible, la paloma, permitió
hacer comprensible una realidad invisible: el Espíritu. Es esta, precisamente,
la metodología que Dios utiliza para darse a conocer a los humanos: la kenosis
o vaciamiento, lo que equivale a decir que Dios se vacía a sí mismo en un signo
visible, para nosotros pan y vino, a fin de ganar la comprensión y la
aceptación de los humanos.
Así pues,
la comunión que tenemos con el cuerpo y la sangre de Jesucristo en el acto
eucarístico
«es un misterio espiritual,
invisible al ojo humano e incomprensible al entendimiento. Por ello nos es
representado bajo signos visibles, según lo requiere nuestra debilidad, sin que
estos signos sean, con todo, meras figuras, sino que van de consumo con la
realidad y substancia que representan. Se llama, pues, con razón, cuerpo al
pan, pues no sólo nos lo representa, sino que también nos lo presenta.»
Me parece
que el discurso de Calvino, acerca de las especies, es tan elocuente para
aclarar y fijar posición, que cito textualmente de nuevo sus palabras:
«Cuando, pues, vemos el signo
visible, hemos de considerar lo que representa y por quién nos es dado. El pan
nos ha sido dado, con la orden de comerlo, para representar el cuerpo de
Jesucristo, y nos ha sido dado por Dios, quien es la verdad cierta e inmutable.
Si Dios no puede engañar ni mentir, hemos de creer que cumple todo cuanto da a
entender. Es por lo tanto necesario que verdaderamente recibamos en la Cena el
cuerpo y la sangre de Jesucristo, ya que el Señor nos representa en ella la
comunión con uno y otra. ¿Qué valor tendría, de otra manera, que comiéramos el
pan y bebiésemos el vino en señal de que su carne nos es alimento y su sangre
bebida por nosotros, si Dios no nos diera más que pan y vino, dejando de lado
la verdad espiritual? ¿No habría sido en tal caso instituido este misterio
sobre pruebas falsas? Debemos, por lo tanto, confesar que, si es verdadera la
representación que Dios nos ofrece en la Cena, la substancia interior del
Sacramento está unida a los signos visibles; y así como se nos distribuye el
pan en la mano, también se nos comunica el cuerpo de Cristo, a fin de que
seamos hechos partícipes en él. Y si esto fuese todo, tendríamos suficiente
razón para estar satisfechos, al comprender que Jesucristo nos da en la Cena la
propia substancia de su cuerpo y de su sangre, a fin de que le poseamos
plenamente y poseyéndolo, seamos hechos partícipes de todos sus bienes.»
Continúa
Calvino adviertiendo en contra de la ligereza de acercarnos indignamente a la
Mesa del Señor:
«porque nada hay en los cielos ni
en la tierra más valioso y de mayor dignidad que el cuerpo y la sangre del
Señor 'y por ello no es falta pequeña tomarlo inconsideradamente y sin estar
debidamente preparado.»
Esa preparación se alcanza a través de un
arrepentimiento genuino respaldado en una fe verdadera en Aquel que es nuestro
libertador. No obstante, es bueno alertar sobre las interpretaciones exageradas
o extremistas de los que se exigen a sí mismos, y también para los demás, una
preparación rigurosa. No hay en la tierra persona alguna que pueda ostentar una
pureza de fe tal ni una santidad de vida tan perfecta que alguien pueda
objetar, de modo que nadie ha de sentirse perturbado en su conciencia con
respecto a su dignidad para acercarse a la Mesa del Señor.
«Aunque sintamos, pues, que
nuestra fe es imperfecta y aunque nuestra conciencia no esté tan limpia que no
pueda acusarnos de muchos defectos, ello no nos debe impedir acercarnos a la
Santa Mesa del Señor, siempre que sintamos, en medio de esta debilidad, una
esperanza sin hipocresía ni fingimiento, en la salvación de Jesucristo y
deseemos vivir según la norma del Evangelio»,
porque precisamente es por nuestra debilidad, por
nuestra imperfección y por nuestras limitaciones que el Señor ha instituido el
Santo Sacramento de la Cena, como el remedio que nos ayudará a suplir nuestra
debilidad, fortalecer nuestra fe, aumentar nuestra calidad y nos hará progresar
en toda santidad de vida.
Por último,
me detendré en otra de las cuestiones abordadas por Calvino en su Breve Tratado
sobre la Santa Cena, y que tantas
controversias ha desatado, la que hace referencia a la frecuencia con
que debe celebrarse la comunión.
Dice
Calvino que:
«no se pueden hacer indicaciones,
pues existen algunas veces impedimentos particulares que justifican que una
persona se abstenga. Y tampoco tenemos, por otra parte, ningún mandamiento
expreso que obligue a todos los cristianos a participar en la Cena cada vez que
se le ofrezca la oportunidad.»
Sin embargo, insiste en que
teniendo en cuenta el propósito del Señor al dárnosla, es necesario hacer uso
de ella con mayor frecuencia del que lo hacemos. Y aquí es bueno hacer la
crítica a ciertas iglesias y a ciertos pastores que cercenan penosamente la
frecuencia de la celebración de la Cena del Señor, dando muestras así del
desconocimiento que se tiene acerca del provecho que significa celebración y
participación del banquete eucarístico, y de la mutilación a que someten el
acto litúrgico, que al ser privado de le celebración alrededor de la Mesa se
vuelve incompleto en sí mismo. No hay ninguna razón de peso que justifique tal
práctica. Algunos superficialmente se atreven a aducir que la celebración de la
comunión demasiado frecuente se convierte en un acto mecánico, capaz de perder
su sentido espiritual. A quienes así opinan el mismo Calvino les responde con
estas palabras:
«El pan espiritual no nos es dado
para que nos saciemos de una vez; sino para que, probada su dulzura, más lo
apetezcamos y lo recibamos cada vez que nos es ofrecido. Pues (...) Cristo
Jesús no nos es jamás comunicado de tal manera que nuestras almas sean del todo
saciadas, sino que él quiere ser nuestro continuo alimento.»
Calvino
muestra en esta obra su coherente y acertada comprensión de uno de los grandes
misterios de la fe. Mucho de lo que él escribió sobre este tema estuvo motivado
en la polémica que se suscito con representantes de otras tradiciones de la
Reforma y con el clero romano. Su pensamiento acerca del sacramento de la
Eucaristía es de gran vigencia, por lo que es menester, para los creyentes de
tradición Reformada, estudiarlo y conservarlo como parte de la valiosa herencia
que nos legó.
Bibliografía consultada
Calvino, Juan (1959): Tratados Breves I.
Editorial La Aurora, Buenos Aires, Argentina, pp. 7-47
El
Espíritu Santo desde una perspectiva ecuménica
Adolfo Ham
Cubano. Pastor presbiteriano jubilado. Profesor
titular del Seminario Evangélico de Teología, doctor en Filosofía (Universidad
de Oriente, 1962), doctor en Divinidades Honoris Causa (United Theological
College, Montreal, 2003), licenciado en Teología (Seminario Teológico Bautista
de Cuba Oriental, 1953). Estudios de postgrado en Filadelfia, Basilea y
Ginebra.
El padre Y.M.J. Congar concluye la introducción a su
imprescindible libro El Espíritu Santo con estas palabras que hago mías
en este día memorable:
«Cada persona
tiene sus dones, sus medios, su vocación…¡Permítasenos cantar nuestro canto!.
El Espíritu es soplo. El viento canta en los árboles. También nosotros
querríamos ser una lira humilde a la que haga vibrar y cantar el soplo de Dios…
¡qué el Espíritu nos haga emitir un canto armonioso de oración y de vida!»
En diciembre del año pasado, tuve la maravillosa oportunidad de
realizar una peregrinación a la Calle Azusa junto a nuestro hijo, el pastor
Carlos Emilio, y guiados por el doctor Cecil Mel Robeck, profesor de Historia
de la Iglesia en la Universidad de Fuller en Pasadena, y el principal
interlocutor de las Asambleas de Dios en el diálogo con la Iglesia Católica, el
Consejo Mundial de Iglesias y el diálogo bilateral con las familias
confesionales, la calle Azusa sitio donde se iniciaron precisamente en abril,
hace 100 años, los fenómenos carismáticos que dieron origen al actual
Movimiento Pentecostal.
D. W. Dayton en Raíces teológicas del Pentecostalismo desarrolla
la pre-historia del movimiento en el siglo XIX en los EE.UU, señalando que hay
cuatro elementos que se fusionan en los precursores: la salvación, la sanidad,
el bautismo en el Espíritu y la Segunda Venida de Jesucristo. En sus primeros
años, el pentecostalismo solía denominarse como el «Pacto de la Lluvia Tardía»,
como por ejemplo en D. Wesley Myland aludiendo a los sucesos de la escuela
Bethel de Ch. F.Parham (cf. infra). Un capítulo interesante es la
conexión controvertible con el metodismo ya que muchos pentecostales sostienen
que J. Wesley (1703-1791) fue un pentecostal carismático.
Como Wesley no fue sistemático en la exposición de su doctrina,
los estudios más serios parecen inclinarse a que Wesley mismo no lo fue. Más
que en los dones del Espíritu, Wesley se inclinó preferentemente a determinar
normas de conducta ética, y en vez de los dones insistía en los «frutos del
Espíritu». Wesley sostenía que la santificación era un proceso gradual que
concluía con la muerte y evitaba la expresión «santificación sin pecado».
Sí fue el caso de algunos de sus primeros colaboradores como John Fletcher, su
sucesor, que aceptaba también la doctrina de las dispensaciones. Dice
claramente: «yo distinguiría más claramente que Wesley entre el creyente
bautizado con el poder pentecostal del Espíritu Santo y el creyente que no está
aún lleno de ese poder».
Por influencia del metodismo se desarrolló en los EE.UU. un gran
movimiento de santidad. Uno de los centros era el Oberlin College de Ohio, con
su teología postmilenaria de Ch. G. Finney (1792-1875), aunque no llegó a una
formulación claramente pentecostal y con el avivamiento del 1857-58 alcanzó su
culminación. Los primeros libros que ya desarrollan completamente la
santificación pentecostal aparecieron después de este avivamiento. Phoebe
Palmer fue la principal impulsora.
Dayton reconoce aquí tres variantes de la doctrina: la corriente
oficial del Movimiento de Santidad, una variante más radical que dividía la
experiencia en dos obras separadas de la gracia y la de los círculos reformados
que suprimió los temas wesleyanos enseñando que el bautismo del Espíritu era
una «segunda experiencia diferente».
Después de la Guerra Civil la institución interdenominacional,
pero dominada por los metodistas más determinante fue la Asociación Nacional
de Campamentos para la Promoción de la Santidad, a partir del 1867.
Mientras tanto en Inglaterra el movimiento de santidad a partir del 1875 se
centró alrededor del Movimiento «Keswick». A mediados de los 90 casi
todos los movimientos de santidad estaban enseñando de alguna forma el bautismo
del Espíritu Santo. Todas estas tendencias desembocarán en la obra de Ch.
Parham y su «Bethel Bible College» en Topeka, Kansas.
El moderno movimiento carismático se inicia por los 60 y a
diferencia del movimiento pentecostal clásico no parte del hecho de que la glosolalia
sea una evidencia necesaria del bautismo del Espíritu Santo y no pertenecen a
iglesias pentecostales clásicas. Uno de los hitos más importantes fue la
fundación en el 1951del FGBMFI (siglas en inglés de Hombres de Negocios del
Evangelio Completo) por Demos Shakarian y Oral Roberts. El movimiento del
segundo tipo comenzó en Van Nuys, Los Angeles, por Dennis Bennet de la Iglesia
Episcopal de St.Mark, quien recibió el bautismo del Espíritu con glosolalia.
De ahí pasó a otras iglesias históricas de clase alta de Los Ángeles, sobre
todo en congregaciones presbiterianas.
Como sabemos, el pentecostalismo histórico surgió de la
confluencia de diversas corrientes. a) la del movimiento de santidad
proveniente de Wesley, b) la santificación como acto de recibir el Espíritu
Santo proveniente del movimiento Keswick de la Iglesia Anglicana (que la
santificación a diferencia de la tradición metodista no consistía en ser
purificados de pecado sino en recibir el poder del Espíritu Santo), y c) las «Fire-baptized
Holiness Churches».
La identificación entre santificación y glosolalia se dio
por Charles Parham, ex-metodista en su «Bethel Bible College» ya
mencionado, en Topeka, Kansas. A través del alumno de Parham, un predicador
negro de santidad, W.J. Seymour, quién llegó a Los Ángeles, donde fue invitado
por una congregación negra nazarena, fue que se dio el epicentro del
avivamiento en la calle Azusa, de ahí nació la «Apostolic Faith Movement»,
que aunque no fue un movimiento racista, sí hizo que las iglesias blancas
organizaran sus propios grupos.
Aparte de esta hermosa experiencia de visita a estos santos
lugares, el Profesor Robeck con motivo de la conmemoración de este importante
centenario publicó un importante libro titulado The Azusa Street Mision and
Revival, the birth of the Global Pentecostal Movement del cual quisiera
citar algunos párrafos del comienzo y del final de la obra. El autor apunta
hacia cuatro características generales del movimiento: 1. su celeridad sin
paralelos, 2. el efecto que tuvo en otras congregaciones, 3. su persistencia
como paradigma del poder del movimiento pentecostal mundial, y voy a detenerme
en el 4:
«su
preocupación por los marginados, los pobres, las mujeres y la gente de color…
en una época caracterizada por las luchas y tensiones raciales, sentimientos
fuertes contra los inmigrantes, la desconfianza y la intolerancia étnicas, es
importante que aprendamos cómo esta congregación intentó realizar su visión de
una comunidad racial y étnica incluyente».
El texto favorito del pastor
Seymour fue la perícopa de Lucas 4,18-19 y el autor observa:
«Aunque muchos pentecostales
blancos son tentados a interpretar este texto solamente en su sentido
espiritual, Seymour creía y la mayoría de los pentecostales en el mundo creen
también que conlleva un mensaje literal importante. Los pobres, los que estaban
encarcelados, los ciegos, o cualquiera que tuviera necesidades materiales, los
oprimidos, porque sufrieran de alguna adicción o prejuicios estaban en la
agenda de la misión. El compromiso de Seymour con los pobres se constata en
esta cita: ‘el movimiento de la Fe Apostólica está a favor de las misiones y
del trabajo en la calle, está a favor del trabajo en las prisiones’. Su
compromiso con los ciegos y con todos los que necesitaban la curación física
surgía de su idea que ‘Dios era capaz de sanar’ y por eso deseaba poner sus
manos sobre los enfermos y rezar la oración de la fe. Pero su compromiso con
los oprimidos, hayan sido esclavos, o mujeres o miembros de otra raza o clase,
era lo que más predominaba en su mente… Desde los orígenes el liderazgo que
rodeaba a Seymour era una mezcla racial, e incluía mujeres y hombres. Por
muchos años, bajo el ministerio especial de Seymour la misión atrajo y mantuvo
la participación constante de afro-norteamericanos, norteamericanos europeos,
hispanos, norteamericanos de origen asiático, nativos y otros. Como resultado
de ello la Misión de la Calle de Azusa nos provee el ejemplo de lo que sucede
si le damos lugar al Espíritu Santo para que cambie nuestras mentes. Y nos
brinda un modelo de cómo nuestras comunidades hoy pueden abrazar la misma
diversidad y demostrar ante el mundo el poder del Evangelio de derribar los
muros étnicos y raciales artificiales que nos dividen, como el Apóstol lo notó
tan elocuentemente en Ef 2,11-22» (13-14,15)
En la
conclusión del libro, reflexiona el autor:
«Como algunas
personas en los primeros años del movimiento —y algunos de sus herederos y
sucesores así auto-identificados— actualmente hallan que es difícil aceptar las
lecciones que la gente de Azusa desean que nosotros aprendamos. En una nación
del ‘Destino Manifiesto’, que pronto iba a ejercer su política del ‘gran
garrote’ de Teddy Roosevelt, los fieles de la calle de Azusa tratan de
mostrarnos cómo sería vivir de acuerdo con la profecía de Zacarías 4,6 ‘No
depende del ejército ni de la fuerza, sino de mi Espíritu, dice el Señor
Todopoderoso’. En un mundo gobernado por poseyentes, nos trataron de mostrar
que el liderazgo significa potenciar a otros, no mediante el apoderarnos del
poder de otros o usarlo para nuestro propio beneficio. En un mundo que valoraba
y dividía a las personas por el color de su piel trataron de mostrarnos que
podemos lograr la armonía, la intimidad y la inclusión racial cuando recordamos
que todos somos uno en el Espíritu de Dios. Que ni el color de la piel, ni las
diferencias en edad, género, clase, cultura o nivel de educación pueden separar
a nadie dentro del Cuerpo de Cristo. Trataron de mostrarnos que el hambre y la
sed de Dios genuina y persistente son finalmente premiadas por los encuentros
con el Dios viviente que nos potencian espiritualmente y nos hacen cambiar de
vida. Trataron de demostrarnos que valía la pena el precio que pagaron por sus
sacrificios en beneficio de los demás. Como se trataba de gente común, algunos
de ellos tuvieron sus errores. Y estos fallos también constituyen lecciones
para nosotros hoy. Nos muestran que el Espíritu de Dios puede ser suplantado en
nuestros asuntos cuando confiamos en nuestra propia fuerza y poder. Nos
muestran que el orgullo, la arrogancia y el egoísmo nos llevan a acciones que
no son propias de los hijos de Dios. Nos muestran que si permitimos que
nuestros propios deseos reemplacen a los deseos de Dios, podemos ser excluidos
y fracasar en cumplir nuestro llamado. Nos muestran que si no pagamos el precio
necesario, no obtendremos los resultados que hemos anhelado» (314-15).
Hay otra
reflexión significativa que hace el Profesor Robeck al final de su libro, más
cuando él mismo es pentecostal, después de referirse a los elementos positivos
del avivamiento señala:
«Pero como historiador de la
iglesia, he venido a constatar que el avivamiento no es un estado normal ni
tiene la intención de serlo… Dentro de los círculos pentecostales, sin embargo,
nuestra retórica, esto es la manera como hablamos del avivamiento, puede
conducirnos a pensar que la vida normal cristiana puede vivirse en un estado
constante de avivamiento. Pero vivir con esta idea es desaprovechar un punto
importante sobre la naturaleza del caminar cristiano. Es ciertamente claro que
la vida cristiana debe vivirse en su capacidad plena y en el poder del Espíritu
Santo. Jesús dijo ‘he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia’
(Jn 10,10). Pero esto no es lo mismo que vivir en constante avivamiento»
(322,323).
Y deseo
concluir también con el padre Congar: «¡La vida de la Iglesia es enteramente
epiclésica!»
PREGUNTAS
PARA LA REFLEXIÓN
1. ¿Qué significa para un
cristiano vivir en el poder del Espíritu Santo?
2. ¿Qué evaluación crítica
podríamos hacer del actual movimiento carismático a la luz de la Biblia y la
teología cristiana?
3. ¿Cómo incide el
carismatismo pentecostal en el clima ecuménico cubano?
4. ¿Cómo podremos recuperar una teología sana acerca
del Espíritu Santo?
OPINIONES SOBRE EL 40 ANIVERSARIO DE LA AUTONOMIA
DEL PRESBITERIANISMO EN CUBA
Hace 40
años nació la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba (IPRC). Refiriéndose al
nombre con que nacía oficialmente la comunidad presbiteriana cubana, escribió
el Rev. Rafael Cepeda: “Este nuevo nombre respondía a tres afirmaciones: la
doctrina calvinista-reformada, la forma presbiteriana de gobierno, y la
conexión ecuménica con la Iglesia de Jesucristo”. Aquel momento histórico tuvo
su acción solemne de traspaso en la iglesia presbiteriana de La Habana Primera,
los días 22 al 24 de enero de 1967. De una parte, estuvo representada la
Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana Unida en los Estados Unidos de
América por una delegación encabezada por el moderador, Dr. Ganse Little, y por
su secretario permanente, el Dr. W. Thompson; y de otra parte una amplia y
destacada representación de la Iglesia en Cuba, representada por sus pastores,
obreras comisionadas, predicadores laicos, seminaristas y comisionados de
iglesias locales. De entonces a acá se ha ido tejiendo una larga historia de
aciertos y errores que han contribuido a madurar y desarrollar una Iglesia que
ha dejado su huella en la historia, porque hace 40 años nació una Iglesia
verdadera para la gloria del evangelio de Jesucristo en Cuba.
Por esta
razón, decidimos entrevistar a una pequeña muestra del pueblo presbiteriano
que, al mismo tiempo, es representativa de su carácter variopinto, en la que
están representados pastores y laico, hombres y mujeres, jóvenes y adultos. A
continuación transcribo cómo transcurrió la entrevista.
¿Cuáles son los hechos más
significativos que, en su opinión, han marcado la historia de la Iglesia en sus
últimos 40 años?
Sergio Arce: -A nuestro entender son dos. En
primer lugar, el cambio progresivo radical del liderazgo. Los líderes de
la IPRC a lo largo de estos cuarenta años han dejado de ser
paulatinamente sus personeros representativos para ir dejando espacio a nuevos
líderes. Unos, como (Francisco) Norniella, (Rafael) Cepeda, (Raúl) Fernández
Ceballos se fueron retirando del trabajo activo y los tres ya han muerto. Hay
otros que están sencillamente retirados, entre estos últimos nos
contamos nosotros. Otros, los menos significativos dentro de la organización de
la antigua Iglesia Presbiteriana, se fueron marchando hacia los
Estados Unidos de América. Tal vez algunos eran personalidades
significativas, pero no lo eran tanto en el orden eclesiológico
interno, como lo eran y lo siguieron siendo fuera del país. Los menos fueron
los que se quedaron en Cuba o en casos excepcionales regresaron de los
Estados Unidos al ver cómo la IPRC quedaba desprovista de pastores
y el Seminario Evangélico de Teología (SET), de profesores. Entre los
que regresaron se pueden contar dos, el Pbro. Orestes González
Cruz y nosotros.
En nuestro caso regresamos de Princeton,
y lo hicimos por las siguientes razones: 1) Demasiadas iglesias sin
pastor, demasiada escasez de profesores en el SET. 2)
Dudas sobre la veracidad de lo que nos decían. Habíamos ayudado durante la
lucha contra Batista a los combatientes, como miembro de la Resistencia
Cívica. La joven que se había casado con el Che la habíamos bautizado
y era miembro de mi Iglesia en Santa Clara. Con ella hemos seguido
manteniendo relaciones fraternales a lo largo de los años. 3)
Aún cuando fuese verdad lo que afirmaban los pastores que habían
salido de Cuba con el ánimo de justificar su salida, regresamos a
Cuba, teniendo que renunciar a nuestra residencia en los Estados Unidos.
"Si tomas el vapor que te lleva a la Cuba comunista, tienen que
entregarme los documentos que les acreditan como residentes en este
país y nunca más podrán regresar a los Estados Unidos", así nos
dijeron los Oficiales de Inmigración al tomar el barco que nos traería de
regreso a la Patria. Pero no desistimos de nuestro empeño de lo que muchos
cubanos exiliados nos decían: llegar a ser mártires al testimoniar nuestra
fe cristiana, entrar a la historia de la Iglesia como mártires de la fe,
¡envidiable, ¿no?!. Sin embargo, al regreso sufrimos una gran
decepción. No sufrimos ningún tipo de martirio, sino todo lo contrario.
No tuvimos la oportunidad de llegar a ser mártires, lo cierto es que
casi alcanzamos la categoría de héroes. Cuando las autoridades
provinciales en el campo de la Educación supieron que un matrimonio
habían regresado de los Estados Unidos, cubanos que habían sido fundadores y
maestros de escuelas tanto en Nueva Paz, nuestro primer pastorado, como en
Santa Clara, nuestro segundo pastorado, nos pidieron que nos incorporáramos a
trabajar en el Ministerio de Educación a nivel provincial. Como todos
los profesionales, también muchos profesores preuniversitarios y de
Secundaria Básica habían abandonado el país y escaseaban, sobre todo los
que con suficiente preparación académica pudiesen ocupar cargos de dirección.
En mi caso, con un doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad de la
Habana, en el de mi compañera, graduada como Profesora de Inglés en
la Universidad de las Villas. Fue entonces que por dos años fui el
Presidente de la IPRC, a la vez que uno de los dirigentes provinciales en
el campo de la Educación Media Superior durante muchos más años, hasta
que me nombraron Rector del SET.
Hoy el liderato de la IPRC nada en sus
vidas se parece a estas odiseas. No tiene ninguno de ellos o ellas,
el aval de la experiencia de aquellos y aquellas que ayudamos a construir como
lideres de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba lo que hoy es
nuestra sociedad socialista.
Y continúa apuntando Arce: -En segundo
lugar, la circunstancia sociopolítica diametralmente diferenciada a lo largo
del tiempo. En el tiempo aquel en que fuimos uno de los dirigentes principales
de la Iglesia, sobre todo como su Secretario General, vivíamos en una nación
que habiendo sido una neocolonia estadounidense se acababa de independizar de
su metrópoli y siendo fiel a los patriotas que le habían precedido, se había
visto distanciada de la metrópoli, los Estados Unidos de América. Surge
entonces un viraje político-económico hacia la URSS, estábamos, pues, en
presencia de una revolución socialista. Hoy, la Iglesia en Cuba vive una
situación político-económica que progresivamente se ha visto condicionada
socialmente de forma tal que ya no admite ningún posible parangón con aquella
situación y condiciones que los de aquel entonces de 40 años atrás
vivíamos. Los líderes actuales, no tienen la experiencia
"revolucionaria" de un cambio del capitalismo salvaje al socialismo
benefactor. Ahora ya están viviendo dentro de un socialismo que aún sigue
siendo, con y en mucho sentido, un socialismo benefactor, pero que como
proyecto y quehacer humano tiene sus evidentes fallos, y ha cometido y sigue
cometiendo errores tácticos, aunque no lo sean estratégicos. Los Adanes y las
Evas de hoy no han dejado, a pesar de todos los esfuerzos que se hacen, de
evitar el caer en el pecado de pretender saber que es el Mal y que es el Bien,
en términos absolutos, a la manera de Dios. De este modo, podemos decir que
valoramos la presencia de nuestra Iglesia en el contexto contemporáneo cubano
en términos diferentes y antagónicos a los términos en que nosotros valoramos
el nuestro, por la sencilla razón de que en aquella situación y en aquella
condición nuestra era relativamente fácil encontrar nuestra respuesta
evangélica a la situación y condiciones en que se vivía, mientras que hoy no resulta fácil ver la que en realidad
corresponda para seguir siendo fieles al Evangelio de Jesús.
Ahora bien, existe un hecho aún más
significativo –sigue diciendo Arce- que es posiblemente el que les impida al
liderato de hoy encontrarse. Lo diagnostico diciendo que muchos, aunque no
todos, los líderes actuales no están capacitados para ver la similitud que
existe entre aquel tiempo pasado y este presente. Al no entender la similitud
no pueden entender el sentido de las diferencias y el cómo actuar positiva y
productivamente frente a ellas. Los intereses personales más que los intereses
de todo el resto del conglomerado social es lo que va a determinar su posición
político-social, posición que no puede dimanar del Evangelio y del ejemplo de
Jesús y de los profetas bíblicos, puesto que obedece a sus intereses
particulares, dándonos la impresión de una Iglesia que se mira a sí misma y no
a la realidad que le rodea nacionalmente, ni tampoco en términos globales. Mira
más hacia el Norte que hacia su pueblo y sobre todo hacia el mundo
subdesarrollado suramericano y de otros continentes, especialmente el
continente africano, del cual somos más que deudores, si sopesamos lo que la
historia de la Patria nos está mostrando.
Migdalia Cabrera: Los que hemos tenido el privilegio de vivir de cerca el
acontecer de nuestra Iglesia en estos 40 años tenemos muchas cosas interesantes
para compartir con las nuevas
generaciones de creyentes que hoy se han incorporado a la Iglesia
Presbiteriana. Sin embargo, seleccionar el hecho más significativo constituye
una tarea difícil porque las evaluaciones
históricas siempre dependen de conceptos personales y relativos. De
manera que es muy arriesgado saber qué es lo más importante. No obstante,
accedemos a responder y nos atrevemos a emitir opinión sobre hechos ocurridos
como consecuencia del proceso histórico que vivía nuestra Patria en la década
del 60.
Los acontecimientos políticos que se produjeron durante esos
años y quizás la inmadurez teológica de nuestras congregaciones, dieron lugar a
un éxodo casi masivo de pastores y feligreses en nuestras congregaciones. Como
consecuencia de este hecho muchas iglesias se quedaron sin pastores y, lo que
es peor, muchas se quedaron sin congregaciones. Si a esta situación le añadimos
los problemas económicos que se presentaron como consecuencia de haber asumido
nuestra autonomía, después de setenta y siete años de una dependencia económica
de la Iglesia de Estados Unidos, entonces veremos que la situación se hizo
caótica. Sin embargo, la reacción del pueblo de Dios, que permaneció firme en
su fe y en su militancia cristiana, constituyó el paradigma que hoy recordamos
como el hecho más significativo de esta etapa. Nuestros pastores, obreros y
estudiantes en el Seminario aceptaron con espíritu solidario una rebaja del 20
% en sus honorarios y estas cantidades fueron enviadas por las iglesias locales
a los fondos de la Asamblea Nacional, los laicos cubrieron la falta de pastores
y especialmente las mujeres asumieron una presencia comprometida que no
permitió el cierre de ninguna iglesia, a pesar de lo precario de aquella
situación. Estoy convencida que esta etapa ha sido el momento más inspirador
que ha vivido nuestra Iglesia cuando experimentamos en carne propia el cumplimiento
de la profecía bíblica: “Dios multiplica las fuerzas al que no tiene ninguna”.
Si tuviera que señalar otro acontecimiento importante
no vacilaría en recordar los actos realizados con motivo de la celebración del
Centenario de nuestra Iglesia nacional. Fue un año de muchas emociones,
movilización, reparación de las propiedades de la Iglesia, planes, proyectos y
en general una etapa muy llena de esperanza en donde muchos cristianos, que se
habían separado de la Iglesia, comenzaron el retorno a la misma. Vimos de nuevo
como nuestros templos se llenaban de personas deseosas de trabajar con un
entusiasmo gozoso como si quisieran aprovechar el tiempo que habían perdido.
Vimos las necesidades espirituales de los que volvían y sentimos también la
necesidad de profundizar los fundamentos doctrinales y teológicos de nuestra
fe. Creo firmemente que esta fue una etapa que nos marcó definitivamente
nuestras vidas y la vida de la Iglesia Presbiteriana en Cuba.
Edelberto Valdés: En estos 40 años de autonomía se
han vivido muchos momentos importantes (algunos decisivos y tensos), por
ejemplo podría mencionar la decisión de la ordenación única al Presbiterado, el
incremento del número de mujeres pastoras, la reparación o construcción de
nuevos templos y casas pastorales, la constitución de los Presbiterios, el
haber mantenido las buenas relaciones con la Iglesia madre a pesar de las
tensiones entre los gobiernos de
Cuba y los Estados Unidos, entre otras.
Señalo
también la Confesión de Fe de 1977 como un momento cumbre, porque fue un acto
de madurez y atrevimiento sano. De madurez, porque era el
resultado del pensamiento teológico reformado cubano que demostraba su
capacidad y calidad. Aún con las críticas que se le podrían hacer hoy, esta
Confesión marca la vida y misión de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba. Digo
de atrevimiento, porque fue pensada y producida por una Iglesia pequeña en un
país pequeño y porque fue la primera que se realizó en el campo socialista. Para
nosotros eso no fue nuevo, la Iglesia Presbiteriana Cubana nació de actos
maduros y atrevidos.
Miriam Naranjo:
Yo por mi parte me gustaría enumerar los siguientes hechos significativos: 1. El éxodo de
pastores y líderes laicos a partir de la revolución cubana, que nos hizo
repensar en nuestra manera de ser Iglesia. 2. La influencia de la teología de
la liberación, que nos permitió hacer nuevos enfoques bíblicos y teológicos en
esta nueva etapa sin precedentes en la historia de la Iglesia en América
Latina. 3. La necesidad de ecumenismo hasta la década de los 90, que dio a las
iglesias, incluida la nuestra, una visión fresca en cuanto a la liturgia, la
teología, etc. 4. El dialogo entre la Iglesia y las autoridades cubanas en
1990, que dio paso a una apertura que hizo posible la entrada de una nueva generación,
muchos de ellos sin historia familiar eclesial, además de la oportunidad de
regresar a muchos de los que se habían alejado y seguían estando en Cuba. 5. La
influencia de la teología y género, que junto con las necesidades de nuestra
Iglesia dio paso a graduar a mujeres de diversas edades en teología. 6. La
preparación de nuestros líderes y presbíteros gobernantes de manera general en
cuanto a formación bíblico-teológica gracias a cursos, y talleres dados por las
diversas instituciones ecuménicas de nuestro país.
A 40 años de vida autónoma, ¿cómo
valoras la presencia de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en el contexto
contemporáneo cubano?
Edelberto Valdés: Valoro la presencia
presbiteriana-reformada como muy positiva. Nuestra Iglesia ha impactado en
menor o mayor grado a diferentes áreas de la vida eclesial y laica. La
obra educacional, el pensamiento teológico avanzado, la intensa vida ecuménica
y el liderazgo a todos los niveles en ese campo unido con el compromiso social,
han sido huellas dejadas por la Iglesia Presbiteriana-Reformada.
Hemos sido
consecuentes con nuestra vocación de tener la Biblia en una mano y el periódico
en la otra y en ocasiones hemos dejado de ser para ser de los demás.
Somos
pocos en comparación con otras denominaciones pero siempre ha habido respeto,
admiración y reconocimiento hacia nuestra Iglesia ganado a base de todo lo
anterior.
Migdalia Cabrera: Esta es una pregunta
difícil para mí, no sólo por el contenido polémico de la misma, sino también
por mi edad. Los ancianos tenemos una formación tan metida en nuestras entrañas
que a veces resulta imposible asimilar y entender los nuevos aires que soplan
en estos tiempos y cuando hablamos con el corazón corremos el riesgo de ser
anacrónicos. De verdad, que no me gusta nada ser descalificada por estar fuera
de tiempo, porque anhelo enérgicamente que mi testimonio de fe sea transmitido
con vigencia a las nuevas generaciones.
Así es que siento temor al afirmar que no estoy
realmente contenta con la presencia de la Iglesia Presbiteriana Reformada en el
contexto contemporáneo cubano y por supuesto, después de esta afirmación tengo
que dar una explicación. Me remitiré a los hechos tangibles y reales que nos
dejan observar mejor la presencia auténtica de la Iglesia en nuestra sociedad.
1) El número de pastores que tenemos
actualmente resulta insuficiente y, sin embrago, los ingresos de jóvenes
presbiterianos que aceptan el llamamiento pastoral a nuestro Seminario
Teológico, son cada vez menos. ¿Será que no estamos considerando este
llamamiento como parte de la responsabilidad y madurez de la Iglesia?
2) Tenemos actualmente un interés especial en los
cursos de capacitación bíblico-teológico y de preparación para la educación
cristiana. Sin embargo, las iglesias locales adolecen de personal dispuesto
para atender las escuelas dominicales y los estudios bíblicos a nivel de
células. No existe tampoco el personal idóneo para ejercer el liderazgo. ¿Será
que la Iglesia está ocupada en la preparación intelectual y descuida la
preparación espiritual que orienta al laico en la entrega y uso de los dones no
sólo para servir en el mundo secular sino también en las necesidades de la
Iglesia? ¿No será necesario un proyecto que prepare a los miembros de la
Iglesia para asumir nuestro ministerio como miembros del cuerpo de Cristo, que
es la Iglesia?
3) Nos alegra saber que actualmente tenemos quince
iglesias con sostenimiento propio y esto es muy alentador. Sin embargo, no
podemos comprender el alcance de este sostenimiento si sólo permite el salario
de su pastor y adquiere el derecho al llamamiento pastoral. Si el sostenimiento
propio no alcanza para cumplir los compromisos para mantener la estructura de
la iglesia, de donde emana el gobierno y la disciplina que la rige, si el
sostenimiento propio no puede asumir los compromisos de mantenimiento y
reconstrucción del edificio, etc., entonces sería bueno pensar en planes
económicos que nos liberen de la dependencia de donaciones extranjeras y nos
preparen para la entrega de dones y diezmos hasta lograr el sostenimiento real
de nuestra Iglesia.
4) Actualmente tenemos cuarenta y cuatro iglesias y
lugares de predicación. ¿Debemos conformarnos con esta situación o, por el
contrario, no es propicio el momento para pensar en la posibilidad de duplicar
esa cantidad? Cuarenta años de autonomía es tiempo suficiente para emprender un
Plan de Evangelización donde los miembros de la iglesia estén preparados para
predicar el Evangelio de Jesucristo y dialogar en un contexto marxista acerca
de los temas de actualidad como son la ecología, la economía, el divorcio, el
homosexualismo, la solidaridad, etc., pero manifestando estos juicios sobre la
base e interpretación cristiana.
Siento que la Iglesia Presbiteriana en Cuba tiene que
asumir con mayor pasión el mandato divino de “Id y predicad el Evangelio a toda
criatura”, y asumir la tarea con nuevos planes, proyectos, lenguaje y
testimonio personal. La Iglesia ha de trabajar por el bienestar humano,
iluminada por la prédica de Jesucristo, dando razón de su esperanza y manteniendo
las bases, motivos y razones que mueven su conducta, convencida de que nada ni
nadie puede poner un fundamento mejor que el que nos ha sido dado a través de
la vida, muerte y resurrección del Hijo de Dios.
Lamento mucho que los criterios emitidos puedan
contener críticas negativas hacia la Iglesia que amo y a la cual no me gusta
herir, pero necesito agregar que a pesar de las deficiencias señaladas, me
siento feliz y hasta orgullosa de pertenecer a la Iglesia Presbiteriana donde
se respiran aires de libertad y anhelos de reformarnos hasta alcanzar el premio
de la soberana voluntad de Dios en Cristo Jesús.
Sergio Arce: La valoración cierta de la
presencia de la IPRC en el contexto contemporáneo cubano la da el pueblo fuera
de la IPRC y no ninguno de los que somos parte significativa o no significativa
de ella.
Es posible que esta segunda pregunta de
cómo valoramos la presencia de la IPRC en el contexto contemporáneo cubano esté
de hecho contestada con lo que está dicho en la respuesta a la primera. Ahora
bien, cuando alguien personalmente se erige conscientemente en juez se
encuentra con una muralla infranqueable. Es imposible pretender ser realmente
justo. No hay juez humano que pueda ser justo, no importa a quien o a quienes
juzga. Es interesante que el propio Jesús rehuyó emitir un juicio sobre otros
seres tan humanos como lo era él. Y, a pesar de ello, se nos pide que emitamos
nosotros un juicio de valoración que es el más delicado de los juicios.
Sin embargo, no podemos resistir la
tentación de decir algo al respecto, aunque ello lleve adherido un pecado. En
lo que juzgamos a otro o a otros nos juzgamos nosotros mismos. En esto tiene
razón Pablo. En primer lugar, planteo el hecho de que no es posible valorar,
como si fuese una sola entidad, a la IPRC, porque no lo es. No es lo mismo la
iglesia de la cual soy el pastor emérito, Varadero, que la iglesia de Cárdenas,
por referirme a dos comunidades cercanas y, a la vez, tan distantes. En la
ciudad de La Habana ¿son las mismas comunidades la de La Habana y la de
Luyanó? En Matanzas, ¿se asemejan la congregación de Matanzas Central con
la de la de Versalles?
No se nos puede pedir que valoremos con
una sola referencia la presencia de la IPRC en el contexto contemporáneo
cubano. En nuestro Sínodo hay varios Presbiterios. ¿En qué se asemeja
cualquiera de ellos con otro cualquiera de entre ellos? Escoja usted y díganos
en qué. En cuanto nos lo diga le diré en qué se diferencian hasta distanciarse
de manera sorprendente. Bueno, todas son IPRC, y con eso nos basta si pensamos
que la unidad de la Iglesia no está en otro lugar sino en su Señor y Salvador
Jesucristo, único e indivisible. Él, pero no nosotros constituimos nuestra
unidad. La presencia de la IPRC en el contexto contemporáneo está dada por la
presencia de cada uno de los que la formamos. ¿Es la presencia la misma que
tiene la IPRC en el contexto contemporáneo cubano cuando hablamos en la
Asamblea Nacional del Poder Popular como Diputado a la que tiene lo que
expresan desde sus púlpitos algunos de nuestros pastores o de sus presbíteros?
¿Cómo valorar entonces esa presencia? La valoración no depende de quien se
exprese sino de quien escuche. La valoración de la presencia de la IPRC en el
contexto contemporáneo cubano no depende quienes hablen, sean pastores o
pastoras, laicos varones o hembras, sino de quien escuche o de quienes escuchen
lo que dicen los que la forman. En otras palabras, el pueblo no creyente, el
pueblo de Cuba, cuya grandísima mayoría no asiste a la IPRC ni a ninguna otra
iglesia cristiana. La valoración es la del pueblo ajeno a la fe cristiana. Esa
es nuestra respuesta a la pregunta de la valoración de la IPRC. Hay que
preguntar al pueblo ajeno a la IPRC para obtener la verdadera valoración de
nuestra presencia. Nuestra valoración si la hacemos como se nos pide no tiene
valor. Está teñida de intereses que no son los evangélicos que digamos.
Miriam Naranjo: Pienso que la IPRC
marca una diferencia bíblico-teológico-social donde quiera que esté, sin
enamoramientos institucionales y haciendo justicia, que vivimos una apertura no
fundamentalista, que lucha por ser inclusiva, buscadora de justicia, no
conformista, en el contexto neopentecostal en que nos encontramos y sabiendo
que no somos mayoría, pero influimos en una parte de la sociedad que se
reconoce en nuestras comunidades eclesiales y que agradece nuestra apertura
bíblico, teológica y social.
Entrevistó:
Francisco Marrero