SELECCIONES DE
“CUBA TEOLÓGICA”
Revista
del Seminario Evangélico de Teología. Fundada en 1982
Director:
Reinerio Arce-Valentín
Editor:
Francisco Marrero-Gutiérrez
C-electrónico: publiset@enet.cu
CONTENIDO
Pureza y Santidad en Levítico
Francisco
Marrero
Creer y Crecer
Rafael
Cepeda
La Doctrina Cristiana de la Santificación
Adolfo
Ham
La Doctrina Presbiteriana de la Santificación
Sergio
Arce
Reflexión sobre el Salmo 15
Ary
Fernández
La teología latinoamericana de la liberación, el Éxodo y el
becerro de oro. Una reflexión
teológico-bíblica sobre un tema que pudiese ser altamente polémico
Sergio Arce
La teología cubana: una mirada a sus aportes y desafíos desde la segunda
generación
Noel
Fernández
El quehacer teológico cubano: una mirada a sus aportes y desafíos desde
la tercera generación
Ary
Fernández
Desafíos a
las teólogas y a los teólogos de mi generación
Cira María Díaz
PUREZA Y SANTIDAD EN LEVÍTICO
por
Francisco Marrero
El testimonio bíblico afirma que la antigua
fe de Israel no partía del conocimiento ontológico de Dios, sino de su relación
con el Dios presente y actuante en la historia humana, sellada a través de la
alianza. El antiguo Israel interpretó la alianza como el camino para convertirse
en pueblo de Dios. Desde la perspectiva sacerdotal, la condición de ser pueblo
de Dios pasaba por el cumplimiento del imperativo divino de ser santo: “Sed
santos porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19,2). Ser un pueblo
santo significaba ser apartado de los demás pueblos para Dios.
La santidad como valor entraba así como
algo nuevo en la cultura israelita, por lo que su búsqueda denota un desafío
contracultural que debía conducir a vivir dignamente en la presencia de Dios.
En este sentido las leyes del Levítico se presentan como exigencias para
regular la conducta moral de Israel, de manera tal que pudiera vivir como
pueblo de Dios, o lo que es igual, ser capaz de vivir la vida a imitación de la
santidad de Dios.
A.D. Davidson, en su obra The Theology of
the Old Testament, sostiene que la evolución de la idea de santidad en la
tradición de Israel hay que verla en dos líneas fundamentales: la ética y la
estética o ceremonial. Su carácter ético corresponde a la literatura posterior
a Amós, mientras que el estético enlaza lo santo con los conceptos de puro o
impuro aunque sin llegar a ser equivalentes (Welty: 26-27).
Lo impuro no es santo en
sí mismo, aunque solamente lo que es limpio puede ser convertido en algo santo;
pero como lo impuro no puede ser hecho “santo”, no impuro llega a ser casi
sinónimo de lo no-santo. (Davidson: 149)
Cabe entonces preguntarse qué entendían los
autores bíblicos acerca de la santidad trascendente de Yahvé. El adjetivo santo ($owdfq) significa “puro”, “consagrado”,
“separado de la dolencia humana, la impureza y el pecado”. Los profetas dieron
a Dios títulos tales como: “Santo de Israel” (Is 1,4; 5,19.24; 10,20; 12,6;
17,7; 30,11.12.15; 31,1; Jer 50,29; 51,5; Ez 39,7), “Dios Santo” (Is 5,16), “el
Santo” (Is 10,17; 40,25; 57,15; Os 11,9; Hab 3,3), “Santo de Jacob” (Is 29,23),
“Santo mío” (Hab 1,12).
En el libro de Levítico cinco veces Dios es
descrito como “santo”: 11,44.45; 19,2; 20,26; 21,8. Luego entonces podemos
suponer que para Israel ser santo significaba imitar una cualidad esencial de
Dios, el absolutamente santo, y “su
radical separación de todo lo que es pecaminoso o simplemente limitado”
(Moriarty: 717). Ser santo era, en otras palabras, aceptar a Dios como
paradigma ético de pureza y perfección moral y vivir la vida toda en rectitud y
obediencia a la voluntad de Dios, como se expresa con absoluta transparencia en
el comienzo y final de Lv 19: “Santos
seréis, porque santo soy yo, Yahvé, vuestro Dios” (v. 2); “Guardad, pues, todos mis estatutos y todas mis
ordenanzas, y ponedlos por obra” (v. 37).
Ser santos supone, en la perspectiva de la
teología sacerdotal manifiesta en el Levítico, una doble dimensión: la divina y
la humana. De acuerdo con la dimensión divina, el grado de santidad que se
alcance estará en dependencia de la gracia que Dios otorga a cada ser humano
por su libre y soberana voluntad. Ser santo equivale, pues, a un don de Dios,
él lo otorga a quien quiere y en la medida que quiere. Este estado guarda una
vinculación directa con el tema de la “elección”, es Dios quien por designio
misterioso nos aparta y separa para sí.
El aspecto humano del proceso de la
santificación es un complemento del anterior, y supone un cierto grado de
responsabilidad y compromiso, individual o social, de vivir en clave de
integridad, coherencia y fidelidad para preservar el don confiado por Dios en
su liberalidad (Levoratti: 418).
Una lectura del texto de Levítico no oculta
sino deja claro la profunda tensión que envolvía la reflexión teológica del
clero israelita, que si bien por una parte enfatizaba la distancia que separa
la perfección y trascendencia de Dios de la pecaminosidad y la limitación
humanas, por la otra ponía de manifiesto el deseo de Dios de acercarse a sus
criaturas y comunicarles una cualidad extraordinaria que es parte de su esencia
divina: la santidad (Levoratti: 418).
Para convertirse en espejo que refleje la
santidad de Dios, Levítico exhorta al cumplimiento de determinados preceptos
que regulan la conducta, proponiendo para ello una nueva ética que se
fundamenta, como dijimos antes, en un elevado concepto de Dios (Dios es Santo), en la preocupación y
atención de los sectores más vulnerables y menos favorecidos del espectro
social, y en la presencia constante de Dios en medio de su pueblo, todo lo cual
hace posible la vigencia de este material.
A pesar de que se observa en la teología
sacerdotal una mayor y compleja elaboración intelectual, no deja de estar
presente el carácter concreto del pensamiento israelita al expresar y experimentar
la fe en la dinámica de la vida cotidiana. Veamos entonces algunas de las
exigencias que el Levítico propone para preservar la acción santificadora del
Santo.
“De entre los animales, comeréis
todo el que tiene pezuña hendida y que rumia. Pero de los que rumian o que
tienen pezuña, no comeréis” (11,4-5). “De todos los animales que viven
las aguas comeréis estos: todos los que tienen aletas y escamas, ya sean de mar
o de río, los podréis comer. Pero tendréis como cosa abominable todos los que
no tienen aletas ni escamas, ya sean de mar o de río, entre todo lo que se
mueve y entre toda cosa viviente que está en las aguas” (11,9-10). “Entre
las aves tendréis por abominables, y no se comerán por ser abominación, las
siguientes…” (11,13) “Tendréis por abominable todo insecto alado
que anda sobre cuatro patas. Pero de todo insecto alado que anda sobre cuatro
patas comeréis el que, además de sus patas, tiene zancas para saltar con ellas
sobre la tierra” (Lv 11)
Es curioso que el estado de pureza o impureza
esté asociado con una lista de animales terrestres, aves, peces e insectos cuyo
consumo humano se autoriza o prohíbe. El criterio para aceptar o rechazar el
consumo de ciertos tipos de animales no ha encontrado hasta ahora una
explicación satisfactoria. Algunos han intentado remitirse a cuestiones de
higiene, pero no son del todo convincentes en el marco del antiguo contexto
semita. Los cierto es que tales regulaciones dietéticas forman parte del ethos judío, y forman parte de su
identidad nacional y religiosa. La preservación e inclusión de la práctica de
separar los animales entre puros e impuros es un reflejo de la ideología
sacerdotal posexílica de separación entre judíos y no-judíos, a fin de mantener
la pureza de la comunidad cultual, y que ha de ser visto como algo querido por
Dios desde el principio.
“La mujer, cuando conciba y dé a
luz un hijo varón, quedará impura durante siete días; como en los días de su
menstruación será impura… Pero ella permanecerá treinta y tres días
purificándose de su sangre… Si da a luz una hija, quedará impura durante dos
semanas, conforme a su separación, y sesenta y seis días estará purificándose
de su sangre” (Lv 12)
Esta costumbre de considerar el parto como
algo impuro era propia de los pueblos antiguos, e Israel no fue una excepción.
Lo que, según los antiguos, hacia impuro el parto tenía que ver con la pérdida
de sangre que originaba, lo cual se creía que disminuía la vitalidad de la
mujer. No se explica el por qué, cuando se refiere al nacimiento de una hija,
se redobla el período que duraba la impureza así como también el período de
purificación requerido para participar en el culto. Para una sociedad que veía
en la fecundidad un acto del favor divino puede resultar extraño este tipo de
requerimiento ritual.
“Cuando el hombre tenga en la piel
de su cuerpo una hinchazón o una erupción o una mancha blanca, y haya en la
piel de su cuerpo como una llaga de lepra, será llevado a Aarón, el sacerdote,
o a uno de sus hijos, los sacerdotes… El sacerdote lo reconocerá y lo declarará
impuro” (Lv 13-14)
Lo que los israelitas llaman cfra(at
debiera traducirse más correctamente como “enfermedades de la piel” y no
reducirlo al concepto de “lepra” (Vaux: 584). Según las leyes levíticas
correspondía al sacerdote asumir funciones médicas para diagnosticar el hecho
cierto de haber contraído cfra(at y certificar su curación. Este tipo de
impureza conlleva la segregación de la comunidad hasta que la enfermedad haya
desaparecido, sólo entonces podrá la persona ser restaurada después de
someterse a un proceso de purificación que lo declara aceptable para expresar
la santidad de Dios (cf. Nm 12,14s).
“Cualquier hombre, cuando tenga
flujo de semen, será impuro… Cuando la mujer tenga flujo de sangre y su flujo
esté en su cuerpo, siete días permanecerá apartada. Cualquiera que la toque
quedará impuro hasta la noche… Esta es la ley para el que tiene flujo, para el
que tiene emisión de semen y se vuelve impuro a causa de ello; para la que
padece de flujo menstrual, para el que tiene flujo, sea hombre o mujer, y para
el hombre que duerma con una mujer impura” (Lv 15).
El cuarto tema al que hace alusión el
Levítico y que invalida al individuo para recibir la gracia santificante está
vinculado a las impurezas de carácter sexual. Una vez más, ciertas emisiones de
flujos corporales se interpretaban como un impedimento para participar en la
vida cultual. El flujo (zOb) que se traduce aquí como “semen”, en el caso del
hombre, y “sangre”, en el caso de la mujer, se refiere literalmente, en ambos
casos, a las emisiones genitales anormales resultantes de enfermedades
venéreas, por lo que obedecen en todo caso a razones higiénicas, y no a las
emisiones normales que emanan del aparato reproductor del hombre o la mujer.
Tanto el semen como la sangre son líquidos que están relacionados con la vida,
por lo que su derramamiento inútil debía controlarse para evitar que no
cumplieran con el propósito de dar y preservar la vida.
Estas cuatro secciones anteriores presentan
un enfoque estético o ceremonial de la santidad, que se expresa a través de los
rituales prescritos para restaurar el estado de pureza legal necesario para
participar en el culto. La sección que sigue, el Código de Santidad (capítulos
17—26), continúa el camino hacia la santidad considerando además el ángulo
moral de la vida personal, familiar y social.
“Cualquier hombre de la casa de
Israel que degüelle un buey o un cordero o una cabra, en el campamento o fuera
de él, y no lo lleve a la puerta del Tabernáculo de reunión para presentarlo
como ofrenda a Yahvé delante del tabernáculo de Yahvé, será culpado de la
sangre derramada… Si cualquier hombre de la casa de Israel, o de los
extranjeros que habitan entre ellos, come alguna sangre, yo pondré mi rostro
contra la persona que coma sangre, y la eliminaré de su pueblo” (Lv 17)
La primera exigencia dispuesta en el
Código de Santidad vuelve a insistir en el carácter sagrado de la sangre,
sostén de la vida. El control del derramamiento de toda sangre, incluida la de
animales puros destinados al sacrificio, era prerrogativa sacerdotal, violar
este precepto equivalía a ser “eliminado del pueblo”. En igual sentido, quedaba
terminantemente prohibido comer sangre so pena de ser eliminado de su pueblo.
“No haréis como hacen en la tierra
de Egipto, en la cual habitasteis. No haréis como hacen en la tierra de Canaán,
a la cual yo os conduzco, ni andaréis en sus estatutos… Guardad, pues, vosotros
mis estatutos y mis ordenanzas, y no hagáis ninguna de estas abominaciones, ni
el natural ni el extranjero que habita entre vosotros… Cualquiera que haga
alguna de estas abominaciones… serán eliminadas de su pueblo” (Lv 18)
El carácter sagrado de la sangre alcanza
también a las relaciones sexuales entre parientes y afines. La ley repudia las
costumbres sexuales practicadas por egipcios y cananeos, prohíbe las relaciones
sexuales entre personas unidas por lazos de consanguinidad (18,6-18), de un
varón con mujer en período menstrual (v. 19); se reprueba el adulterio (v. 20);
se prohíbe ofrecer un hijo en sacrificio a Moloc (v. 21); se prohíben las
relaciones homosexuales (v. 22) y hacer el sexo con animales. Todos estos
preceptos encajan perfectamente dentro de la lógica sacerdotal de un mundo
separado, diferenciado y jerarquizado (cf. Gn 1,1—2,4a). Cabe citar aquí lo
comentado por el Profesor de Antiguo
Testamento del Seminario Mayor de La Plata (Argentina), Armando J. Levoratti,
cuando analizando algunas de estas leyes a la luz de la concepción sacerdotal
del mundo escribe: “La santidad exige discernir las distintas categorías de la
creación y hacer que cada individuo se mantenga dentro de su propio orden, sin
confundir una cosa con otra.” (p. 431)
“Cada uno temerá a su madre y a su
padre. Mis sábados guardaréis… No os volveréis a los ídolos… No robaréis, no
mentiréis ni os engañaréis el uno al otro… No juraréis en falso por mi nombre…”
(Lv 19)
El capítulo 19 reafirma el carácter ético
que se imprimió al concepto de santidad en el Israel pre-exílico. Ser santo era
alinearse a un comportamiento ético que reflejaba la santidad de Dios,
reafirmado en el cumplimiento de los mandatos universales que Dios demanda de
su pueblo en el Decálogo.
En su aparente desorden redaccional, el
capítulo 19 enlista otras prescripciones que velan por una sana convivencia
entre los miembros de la comunidad (vv. 13-18.32-36); leyes que muestran una
preocupación caritativa hacia los miembros menos favorecidos de la sociedad
(vv. 9-10); estatutos que prohíben el cruce de animales de especies diferentes,
la siembra mixta e incluso la utilización de tejidos hechos a partir de fibras
distintas (v. 19); normas sobre la aplicación de la prohibición de cometer
adulterio (vv. 20-22); normas sobre el uso y consumo de los frutos (v. 23-25);
y leyes en contra de las prácticas cultuales de los pueblos vecinos de Israel
(vv. 26-31).
La santidad, según el capítulo 19 del libro
de Levítico, involucra a todo el espacio donde existe y se mueve el individuo:
la familia y la comunidad, tanto desde el punto de vista religioso como social.
O sea, que la santidad para el pueblo de Israel no era algo que estaba
confinado exclusivamente al ámbito religioso de la vida sino que abarcaba a
ésta en toda su integridad. Ser santo es manifestar la presencia de Dios tanto
en las relaciones más íntimas del hogar como en las relaciones generales con el
prójimo, que se resumen en el mandamiento clave del versículo 18: “Amarás a tu
prójimo como a ti mismo”.
“Yahvé dijo a Moisés: ‘Habla a los
sacerdotes, hijos de Aarón, y diles que…” (Lv 21-22)
Los capítulos 21 y 22 se enfocan en cómo
preservar la santidad entre los miembros del grupo sacerdotal. Para lograrlo,
los hijos de Aarón debían, entre otras cosas: abstenerse de entrar en contacto
con un muerto, excepto con familiares inmediatos (vv. 1-4); no raparse la
cabeza, ni afeitarse la barba ni hacerse heridas en el cuerpo (v. 5), por
tratarse de costumbres incompartibles con su dignidad religiosa; no entrar en
relación matrimonial con una mujer ramera o infame, ni con una mujer repudiada
por su marido (v. 7). El sumo sacerdote por su parte, no debe dejar descubierta
su cabeza ni rasgarse las vestiduras en señal de luto (v. 10); no entrará en
contacto con ningún cadáver ni siquiera con el de un familiar (v. 11); no saldrá del santuario ni lo profanará (v.
12); y sólo podrá contraer matrimonio con una mujer virgen de su propio pueblo,
es decir, de la tribu de Leví (vv. 13-15).
Más adelante se señala que aquel que
padezca de ceguera, cojera, sea mutilado o deforme, tenga los brazos o las
piernas quebrados, sea jorobado o enano, tenga una nube en un ojo, sarna,
erupciones en la piel o un testículo magullado (vv. 16-23), no podrá ejercer el
sacerdocio, ya que el padecimiento de cualesquiera de estos defectos está
imposibilitado de coexistir con una sanidad plena.
Las regulaciones prescritas para los
miembros del cuerpo sacerdotal se complementan en el capítulo 22 con las
instrucciones de la preparación que debían observar para participar de la
comida sacrificial (vv. 1-16), y acerca de las condiciones que debían poseer
las víctimas que habrían de ofrecerse en los sacrificios (vv. 17-30).
“Las fiestas solemnes de Yahvé,
las cuales proclamaréis como santas convocaciones, serán estas:…” (Lv
23)
El antiguo Israel también vinculó la vida
en santidad con la observancia de las fiestas litúrgicas judías. Tres grandes
celebraciones: la Pascua y los Ázimos, Pentecostés y la fiesta de los
Tabernáculos, conjuntamente con otras fechas de preceptos tales como: el sábado
(v. 3), la fiesta del Año Nuevo (vv. 23-25), el Día de la Expiación (vv.
26-32), debían ser guardadas por todos los israelitas sin excepción.
“Cuando hayáis entrado en la
tierra que yo os doy, la tierra guardará reposo para Yahvé. Seis años sembrarás
tu tierra, seis años podarás tu viña y recogerás sus frutos. Pero el séptimo
año la tierra tendrá descanso…” (Lv 25)
Conjuntamente con la observancia de los
días santos de descanso y celebración, se había dispuesto la observancia de los
años santos: el sabático y el jubilar. La legislación judía, a imitación de las
costumbres de otros pueblos orientales, concibió guardar un tiempo de reposo
para la tierra a fin de asegurar así su fertilidad. Cada seis años se
observaría un año sabático en el que se interrumpirían los cultivos, teniendo
como premisa el reconocimiento de que la tierra es propiedad exclusiva de Yahvé
y como tal merece ser respetada (vv. 2-7). El año del Jubileo coincidía con el
séptimo año sabático, es decir, se guardaba entre intervalos de cuarenta y
nueve años, y daba comienzo en el Día de la Expiación con el toque del yOb"l. Según el texto levítico, este
año jubilar era el escogido para una nueva repartición de la tierra, una
liberación de las deudas o de las personas sometidas a esclavitud. No obstante,
hay que señalar que el precepto de guardar el año quincuagésimo como año de
gracia no pasó de ser una ley utópica, dado que su materialización práctica no
ha podido ser documentada hasta ahora. Así la califica Roland de Vaux: “la ley
del jubileo es un esfuerzo tardío e ineficaz para hacer más constringente la
ley sabática extendiéndola a los bienes raíces, pero también más fácilmente
observable espaciando los años de remisión” (p. 248)
Esta breve mirada al texto del Levítico nos
permite resumir que el estado de santidad, al que por imperativo divino es
llamado a vivir el pueblo de Israel, está concebido como una donación graciosa
que Dios mismo hace de algo que le es propio, pero que a la vez demanda el
cumplimiento de una serie de preceptos de carácter ético y estético para
preservarla. Ser santo significa vivir en un estado de pureza tal que prepare
al individuo para recibir aquello que es atributo divino: la santidad
trascendente, pero también implica el compromiso social, sin el cual la
santidad es incompleta. Esta perspectiva de la santidad rechaza la práctica de
una religiosidad desencarnada y espiritualizada, y opera, pues, como un
elemento vinculante entre la vida religiosa, la vida personal y la vida social
del individuo.
Bibliografía
Davidson, A.D. (1947): The Theology of the Old
Testament. T. and T. Clark, Edinburgh
Faley, R.J. (1971):
“Levítico”, en Comentario Bíblico “San Jerónimo”, tomo I, Ediciones
Cristiandad, Madrid, pp. 207-255
Janzen, W. (1994): Old Testament Ethics. A
Paradigmatic Approach. Westminster/John Knox Press, Louisville, Ky
Levoratti, A.J. (1999):
“Levítico”, en Comentario Bíblico Internacional, Editorial Verbo Divino,
Estella (Navarra), pp. 411-448
Moriarty, F.L. (1971):
“Isaías 1-39”, en Comentario Bíblico “San Jerónimo”, tomo I, Ediciones Cristiandad,
Madrid, pp. 705-750
Vaux, R. de (1964): Instituciones del Antiguo
Testamento. Editorial Herder, Barcelona
Welty L., A. (1957): “Un
estudio de lo santo y de la santidad en las Sagradas Escrituras”. Tesis para
obtener el grado de Bachiller en Teología, S.E.T., Matanzas
Zimmerli, W. (1980):
Manual de Teología del Antiguo Testamento. Ediciones Cristiandad, Madrid
CREER Y CRECER
por
Rafael Cepeda
Tanto los escritores del
Nuevo Testamento, como los teólogos de todas las épocas, han coincidido en afirmar
que el propósito fundamental de Dios es darse a conocer al hombre, con el
objeto de cambiar su vida. Cuando esta llama quemante del amor de Dios prende
su chispa en el corazón del hombre, se produce lo que desde el ángulo divino
llamaríamos regeneración, y que
también se conoce con el nombre más humano y popular de conversión. Cuando un hombre se convierte, comienza a parecerse a
Dios, por aquello de la “imagen y semejanza”. La conversión es el principio de
la unión personal y de la comunión con Cristo; es un cambio de carácter y de
disposición. Este cambio es operado por el espíritu santo de Dios y consiste
esencialmente en la inyección –en la vida del hombre—del propio carácter de
Dios. De aquí la propiedad del término regeneración,
porque sucede como si Dios volviera a generar, a crear un hijo, que es producto
de su amor.
En todo esto estamos de
acuerdo. Y tan de acuerdo, que nadie osaría desplazar de su lugar primero a la
obra redentora de Cristo, facilitada al hombre por la obra conciliadora del
Espíritu Santo. Tan importante es esto, que algunos se han atrevido a hablar de
la doctrina de la regeneración. Y no
seríamos justos si no dijéramos que la Iglesia cristiana en general, los
obreros cristianos en particular (ministros y laicos), se han afanado en una
gran mayoría por ser instrumentos idóneos en la tarea de la evangelización, que
tiene como propósito inmediato la regeneración del hombre.
Pero mucho cuidado.
Pudiera ser que nuestro afán por la obra evangelizadora y nuestra pasión por la
conversión de los hijos de Dios haya nublado la visión para otra tarea no menos
gloriosa. Que si hay una doctrina de la regeneración, hay también una doctrina de la santificación, tan
olvidada y arrinconada como el arpa de Bécquer. Que si el hombre nace por medio
de la regeneración, crece por medio de la santificación. ¿Y qué ganamos si algo
nace y no crece? La vida nueva comienza con la regeneración, y se desarrolla
con la santificación, que es una transformación moral, no un mero cambio en la
condición legal del hombre.
Cuando el impacto de la
gracia por el don de Jesucristo encuentra eco en un hombre, éste se convierte
en un cristiano, pero sigue siendo un ser humano, es decir, un pecador. Nuestro
error –el de la Iglesia—durante siglos ha sido el admitir tácitamente que una
persona es ya un cristiano perfeccionado cuando confiesa públicamente que
Cristo es el Señor de su vida, y que con este paso termina nuestra
responsabilidad. No termina, sino que principia. Todo lo que ha sucedido es
esto: que se ha injertado una nueva naturaleza –la de Cristo—pero este injerto
requiere de buen sol, buen aire, agua suficiente, abono apropiado y cuidados en
extremo para que desarrolle y dé fruto.
Veamos otro símil. Quien
no conoce a Cristo está enfermo –y a veces muerto—en el pecado. Los frutos del
pecado y los del Espíritu quedan parejos en el convaleciente a quien operó el
Médico Divino. En la convalecencia está en peligro la recaída, que casi siempre
es fatal, y es deber de los responsables que el enfermo vaya ganando fuerzas y
restableciendo su condición de hijo de Dios. La santificación es eso: el
proceso de la convalecencia, un cambio gradual de conducta. Consiste
esencialmente en desprenderse del hombre viejo, que es “corrupto según sus
inclinaciones engañosas”, para dar lugar al hombre nuevo, a la nueva criatura,
creada por Dios en justicia y en verdadera santidad.
Pero no nos engañemos:
un cristiano santificado no es un santo; sigue siendo un pecador, pero deja de
ser esclavo del pecado, resulta alérgico al pecado, se irrita y se enferma
cuando peca, y sólo vive tranquilo cuando siente el influjo amoroso del bálsamo
consolador del perdón de Dios.
A todos los cristianos
Protestantes, que creemos en la doctrina de la justificación por la fe, se nos
imputa que ello basta para que no pongamos atención a la conducta. Craso error.
El que un hombre hallase en la doctrina de la justificación por la fe, una
disculpa para una conducta reprobable, es la prueba mejor para saber que no ha
sido regenerado, que no ha nacido de nuevo. “Nosotros, dice Pablo, que morimos
ya para el pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6,2). Es verdad que no
somos salvos por nuestras obras, pero sí somos juzgados por ellas. “Porque es
necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno
reciba la retribución de lo que haya hecho en el cuerpo, según sea ello bueno o
malo” (2 Corintios 2,10).
De aquí se deduce que la
santificación es un deber, un mandato. “Creced en la gracia y en el
conocimiento de nuestro Señor Jesucristo”. Toda la vida cristiana se reduce y
simplifica en dos términos: creer y crecer. El creer es función regeneradora
y transformante de súbito. El crecer es función santificadora y complementaria
a paso lento. Crecer, es decir, ser santificado, no es un suceso, sino un
proceso. Es un constante movimiento, un avance sin tregua, un dinámico
progresar.
Cuando un hombre cree, nace de nuevo; cuando un cristiano
crece, comienza a librarse
progresivamente del pecado, y a poner su pie triunfante sobre la víbora de la
tentación. Y es claro que este proceso ha de pasar por innumerables etapas,
para no terminar jamás. “Sed vosotros perfectos”, es una magnífica meta, pero
de antemano la sabemos inalcanzable. Porque nuestra experiencia es la de Pablo:
“Según el hombre interior me deleito en la ley del pecado” (Romanos 7,22.23).
También lo hace claro el apóstol Juan (1,8): “Si decimos que no tenemos pecado,
nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros”. Pero aun
suponiendo lo imposible, que llegáramos a no tener pecados, ni aun la carencia
del pecado es la perfección, sino que es una condición indispensable para
alcanzarla.
Toda esta obra de
santificación, todo este proceso hacia la perfección en Cristo, no es un virus
profiláctico, no es una vacuna que se inyectó con el creer, en el momento de la
conversión, y que ha de dejarse para que por sí sola haga su obra. No es debido
a una vitalidad inherente por lo que el cristiano persevera en una vida
santificada. La savia está en Cristo, y sólo el que está sujeto a él, como el
pámpano en la vid, crece y frutece.
“Hay diferentes dones”,
escribió acertadamente el apóstol Pablo. Y hubiera podido añadir: “y diferentes
deberes”. Porque sucede con el obrero cristiano lo que sucede en todas las
esferas de la vida: que hay deberes
primarios, a los cuales debemos la
mayor parte de nuestro tiempo y nuestras energías; y deberes colaterales, los que se añaden como antecedentes o
consecuentes de los primarios.
Para mí, el deber
primario de un ministro evangélico es evangelizar, y el de un maestro cristiano
es instruir en la fe cristiana. “A unos puso Dios en la Iglesia, en primer
lugar apóstoles, en segundo lugar profetas, en tercer maestros” (2 Corintios
12,28). Esta gradación de deberes primarios no exime de los deberes colaterales
que afianzarán su tarea. Pero quien no conoce su deber primario, o lo
subestima, acabará por no realizar tarea alguna.
El ministro es un
instrumento que usa el Espíritu Santo para que tenga efecto en los pecadores la
doctrina de la regeneración. El educador cristiano es un instrumento que usa el
Espíritu Santo para que tenga efecto en los creyentes la doctrina de la
santificación.
Los campos están bien
delimitados, y ninguna tarea es más importante que otra, porque ambas se
complementan mutuamente. En la regeneración o conversión, el Espíritu Santo
obra como una reacción física, instantánea y fulminante; en la santificación, o
educación cristiana, obra como en reacción química, lenta y catalizadora.
La única diferencia
entre ambas tareas está en el hombre mismo. El hombre que está por convertir es
uno que no ha tenido experiencia religiosa, aunque haya tenido religión. Pero
el que está por educar ya ha nacido a la fe, y ha tenido la experiencia
transformante del encuentro con Cristo. Si la educación es esencialmente la
reconstrucción de la experiencia, la tarea del maestro cristiano (o del
ministro en función de maestro) consiste en facilitar a los creyentes el tipo
de experiencias que les haga crecer “en la gracia y en el conocimiento de
nuestro Señor Jesucristo”. “A unos puso Dios en la Iglesia teólogos, y a otros
maestros”. Porque bien dice Paul Tillich, que la cuestión teológica por
excelencia, que no puede existir aislada de la Iglesia, está contenida en esta
afirmación: Jesucristo es el Señor.
Cuando una persona lo cree firmemente, y predica esta convicción, está en
camino de teólogo. Y cuando una persona ayuda a otra persona a aprender esta
verdad, está en trance de maestro.
Pero uno realmente no se
gradúa de teólogo hasta que esa verdad de Cristo el Señor se haya hecho viva en
una persona, y el teólogo un mero canal por donde fluye la gracia salvadora. Y
nadie puede llamarse maestro a menos que haya hecho posible una serie de
experiencias transformadoras, de pulimento y perfeccionamiento.
Porque, al cabo, todo se
reduce a términos de conducta. La educación cristiana es el puente (el único
que yo conozco) que une a la teología cristiana con la ética cristiana. Que no
es posible reaccionar cristianamente a menos que se haya experimentado la fe
cristiana. Que los postulados teológicos son letra muerta a menos que se
traduzcan en conducta cristiana. Que no existe tal cosa como una filosofía
cristiana de la vida si ésta no tiene como única fuente de conocimiento al
autor de la vida misma: Jesucristo el
Señor.
En los relatos de los
evangelios aparece un símil perfecto de la idea que he tratado de presentar
(Lucas 8,41-42.49-56). Jairo, el presidente de la sinagoga, viene angustiado;
su hijita de doce años está en trance de muerte. El Señor se detiene a efectuar
curaciones y milagros, y en el entretanto aparece un familiar con el anuncio
fatídico: “Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro”. Pero ante este
anuncio el Señor redobla su interés e infunde mayor confianza al padre
atribulado; al fin, la muchacha vive de nuevo. Pero lo más revelador, para mí,
está en la orden subsiguiente: “y Jesús mandó que a ella le diesen de comer”.
Parece a primera vista absurdo que quien tiene poder para resucitar un cuerpo
muerto, tenga a su vez que depender de otros para que este cuerpo se nutra y
fortalezca. Pero así es. El Señor depende de su Iglesia para la nutrición
espiritual de sus hijos. De la misma manera que el alimento educacional no
impartirá la vida a un alma muerta, el creyente recién convertido morirá de
inanición si no crece en gracia por medio de la nutrición en fe y
conducta.Ω (1956)
LA DOCTRINA CRISTIANA DE LA SANTIFICACIÓN
por
Adolfo Ham Reyes
I. El testimonio bíblico del NT. 1) Las referencias a la santidad en el Nuevo Testamento no son tan
centrales como en el Antiguo Testamento. No se menciona tanto la santidad de
Dios. Se habla más de la santidad de Jesucristo, sobre todo en las relaciones
de Jesús con su Padre (Jn 6,69, etc.) Él es el modelo de la santidad (1 P
1,15). Tiene la plenitud del Espíritu Santo (Mc 1,24). El Espíritu Santo es el
que realiza la santificación de los creyentes (Ro 15,16). 2) Muchas de las
alusiones a la santidad se aplican más a la comunidad que a las personas en
particular: Hch 9,13; Ro 1,7; 1 Co 1,2;
2 Co 1,1; Ef 1,1; Col 1,2; 1 Ts 5,26, etc. Los cristianos tienen el deber de
perseguir la perfección moral: Ro 6,19.22; 12,1; 2 Co 7,1; 1 Ts 3,12s. 3) Karl
Vladimir Truhlar en la enciclopedia Sacramentum Mundi (s.v.) interpreta la santidad en términos del amor pleno:
Sólo el amor origina una
donación absoluta del hombre a Dios, porque sólo él lo conduce a la unidad
interior en medio de la multiplicidad de su ser y de su acción y lo entrega a
Dios.
Como en la santificación hay
que tender hacia actitudes divergentes en sus objetivos, la santidad es un
equilibrio dinámico de muchas tensiones dialécticas, que encuentran su
nivelación interna y su síntesis en el amor maduro: desarrollo – crucifixión de
las fuerzas ‘naturales’, configuración del mundo- huida del mundo; conciencia
de sí mismo-humildad; prudentes como serpientes-candorosos como palomas;
libertad-obediencia; resistencia-paciencia; preocupación eficaz-confianza.
H. Balz en EDNT, s.v. insiste: “La santidad o la santificación es la aceptación total por los creyentes
de la santidad de Dios a fin de que puedan entrar en comunión con Dios, no se
trata de una progresión gradual hacia la perfección religioso-ética”. Una
consecuencia, dice este autor, de la santidad de los que creen es la
santificación (αγιασμός) de sus vidas
(Ro 6,19.22) contrastada con πορνεία (1 Ts
4,3) y ακαθαρσία (v. 7). Ro 12,1
expresa la santificación o la entrega de toda la vida a la voluntad de Dios,
usando la imagen cúltica de la presentación del cuerpo como “sacrificio vivo y agradable a Dios”.
E.C. Blackman en el artículo sobre “santificación” en The Interpreter’s
Dictionary of the Bible consigna:
Contra la referencia a la
santificación en el comienzo de la vida cristiana se pueden citar pasajes que
implican que la santificación es un aspecto de toda la vida del cristiano, o
algo a lo que contribuye la iglesia durante el curso de su servicio (cf. Ro
12,1; 15,16b; 2 Co 7,1; Ef 2,19-22). Aún 1 Co 6,11 es un contexto ético. En 1
Ts 3,13—4,7 la santificación significa
evitar un gran pecado y en 1 Ts 5,23-24 es un proceso concluido finalmente en
la Parusía…En resumen, la experiencia que Pablo tiene en mente cuando habla de
la santificación es demasiado rica en significado para confinarse a un solo
momento en la carrera del cristiano. Si se toma la justificación como el acto
por el cual Dios comienza en el creyente su experiencia de la salvación, la
santificación tiene un rango mayor. Es el proceso inaugurado, presidido por el
Espíritu, y proyectándose a una madurez definida en términos de la propia
experiencia de Cristo (Ef 4,16). La santificación se completará en el tiempo de
la intervención final de Cristo (1 Ts 5,23) (s.v.).
En ERE, R.H.Coats (s.v.) dice:
Generalmente la santificación
(αγιασμός) como un acto o proceso
comenzado por Dios y que continúa efectuándose ‘en Cristo’ se distingue de la
santidad(αγιότης) (2 Co 1,12; Heb 12,10) y
pureza moral
(αγιωσύνη) 1 Ts 3,13; 2 Co 7,1)
que son respectivamente el estado y la cualidad.
V. Taylor (1956, 156s.)
hace el siguiente recuento bíblico de la doctrina: Jesucristo presenta un ideal
elevadísimo de vida, por ejemplo Lc
6,35. San Pablo pide a los
tesalonicenses “crecer y abundar en amor para afirmar los corazones y ser
irreprensibles en santidad ante Dios hasta la venida del Señor” y en 4,3: ”la voluntad de Dios es vuestra santificación
y que se aparten de fornicación”; en 5,23: “Que el mismo Dios de paz les santifique por completo todo vuestro ser”.
En 2 Co 7,1: “perfeccionando la santidad
en el temor de Dios”. Ro 6,19 “presenten
vuestros miembros para servir a la justicia para santificación”. En Col
1,28: “presentar perfecto a toda persona
en Cristo Jesús”; Ef 4,12: “a fin de
perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para llegar en la unidad
de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios a un varón perfecto a la medida de
la estatura de la plenitud de Cristo”. En Juan 17,19: “me santifico a mi mismo para que también sean santificados en verdad”;
1 Jn 3,2-3: “seremos semejantes a él
porque le veremos como él es, y todo el que tiene esta esperanza en él se purifica,
como él es puro” y en 3,6.9 y 5,18,
habla de la victoria completa sobre el pecado. Stg 1,4: “para que sean perfectos sin que les falte
nada”. El autor de Hebreos está constantemente hablando de la perfección
cristiana siempre con referencia a la persona y la obra de Cristo (12,2; 5,9;
2,10; 7,28; 6,1) “vamos adelante a la
perfección”; 10,14: “porque con una
sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”; 12,23 “se han acercado a los espíritus de los
justos hechos perfectos” y en 13,21: “que
el Dios de paz les haga perfectos en toda obra buena para hacer su voluntad”.
II. Desarrollo de la doctrina
A) Agustín. 1) Su oposición al pelagianismo lo condujo a insistir que
todo el proceso de santificación comienza y concluye con la gracia de Dios
libremente ofrecida al ser humano y que éste acepta también como don divino. 2) Su concepto radical de la
naturaleza humana corrompida por el pecado original le llevó a concebir la
gracia santificante como un don sobrenatural de la vida divina. 3) Su
eclesiología le hizo considerar que la gracia infusa sólo operaba dentro de la
Iglesia a través de los sacramentos. Aunque la santificación completa puede
efectuarse en esta vida a través de la operación sobrenatural de la gracia
irresistible, sin embargo por decisión final de Dios tal santificación completa
nunca sería realizada. Esta posición agustiniana básicamente sería desarrollada
por Tomás de Aquino, la escolástica y el Concilio de Trento.
B) Lutero. Para los
reformadores en general, a diferencia de la teología anterior que se centraba
más en las categorías de lo natural/sobrenatural, se partía más del
pecado/redención. Para Lutero la gracia divina de Cristo por el Espíritu Santo,
mediada por la Palabra y después por los sacramentos, regenera al alma y
despierta en nosotros una confianza infantil que nos justifica, liberándonos de
la culpa del pecado y a través del don del Espíritu Santo nos santifica
continuamente capacitándonos para producir buenas obras. Por tanto, la
santificación es la consecuencia o el complemento de la justificación, el
cumplimiento de la ley por el amor, aunque no se pueda cumplimentar el ideal
completamente en esta vida. Pero en virtud de Jesucristo él ha santificado
nuestra vida, haciendo que todas las cosas que son una maldición se conviertan
en bendición. Leemos en la Fórmula de
Concordia:
Pero cuando enseñamos que
mediante la operación del Espíritu Santo nacemos de nuevo y somos justificados,
no queremos decir que después de la regeneración no queda ya ninguna injusticia
en la persona y en la vida de los que han sido justificados y regenerados,
porque Cristo, mediante su obediencia perfecta, les cubre todos los pecados,
los cuales, no obstante, son inherentes en la naturaleza en esta vida. A pesar
de esto son declarados y considerados rectos y justos mediante la fe y por
causa de la obediencia de Cristo (obediencia que Cristo, desde el momento en
que nació hasta su muerte ignominiosa en la cruz, rindió al Padre por
nosotros), aunque debido a la corrupción de la naturaleza aún son y permanecen
pecadores hasta la sepultura. Tampoco queremos decir, por otro lado, que
podemos o debemos entregarnos a los pecados y permanecer y continuar en ellos,
haciendo caso omiso del arrepentimiento, la conversión y la renovación.
(586 [22])
C) Calvino.
Sostiene que recibimos de Jesucristo una “doble gracia”: la justificación y la
santificación.
Resumiendo podemos decir que
Jesucristo nos es presentado por la benignidad del Padre, que nosotros lo
poseemos por la fe y que participando de él recibimos una doble gracia. La
primera, que reconciliados con Dios por la inocencia de Cristo, en lugar de
tener en los cielos un juez que nos condene, tenemos un padre clementísimo. La
segunda, que somos santificados por su Espíritu, para que nos ejercitemos en la
inocencia y en la pureza de vida (Institución de la Religión
Cristiana, Libro III, 11,1).
Y en uno de sus sermones
afirma que la justificación y la santificación nos ofrecen “una doble
limpieza”: que se nos brinda una pureza que se nos imputa en la justificación y
una “pureza actual” que es el resultado del proceso de la santificación y la
reforma de la vida (Wallace, 23). En la Institución
no trata la justificación después de la doctrina del Espíritu (III,i) y la
doctrina de la fe (III,11), sino que más bien discute ahí la vida que se nos da
en la presentación detallada de III,3-10. No trata nada nuevo en su discusión
de la doctrina de la justificación (III, 11s.) sino que da un sumario de todo
lo que ha discutido hasta ahí, para el “teólogo de la santificación”, la
justificación es el resultado de la santificación, pero para Calvino es “la reserva constante hacia toda forma
autónoma de fe y confianza basada en las obras” (Weber 339). De acuerdo con
esto la justificación llevará a la doctrina de la “libertad cristiana”, junto a
una descripción detallada de la oración (III, xix s.). Así la vida del
cristiano, que había entendido como el efecto o el polo opuesto de la
justificación, para Calvino es la implementación directa de la fe adhiriéndose
a la acción justificadora de Dios en Cristo. Como dice Barth, situó
“estratégicamente” a la santificación antes de la justificación, pero después
“tácticamente” (CD, IV/2). La santificación es un proceso gradual mediante el
cual la persona humana se va más y más conformando en su corazón y vida con
Jesucristo y se hace más devoto a Dios.
La santificación es la consagración y dedicación en cuerpo y alma a Dios,
ofreciéndonos a Dios como un sacrificio, renunciando al mundo y limpiándonos de
la suciedad de la carne. Es Dios el que nos santifica mediante la regeneración
de nuestros corazones, renovando cada parte de nuestro ser. Todo esto es un
proceso gradual que se va realizando “poco a poco”, algunas veces mediante una
fuerte disciplina. Pero nuestra santificación sólo se completará después de la
muerte cuando seremos renovados completamente y glorificados a semejanza del
Señor. Calvino distingue claramente entre justificación y santificación, pero
sin embargo en realidad no se pueden separar en la experiencia. Discute esto en
la Institución Libro III, XI, 6. Ver
aquí también el uso que hace de las ropas nupciales en la parábola de la fiesta
de las bodas según Mt 22,11. “¿Significa
esto la fe o una vida santa?, se trata de una controversia inútil porque la fe
no se puede separar de las buenas obras, tampoco las buenas obras pueden
proceder de otra cosa que no sea la fe” (Wallace, 27). Richard dice que la
justificación es el cambio externo en la relación ante Dios, mientras que la
santificación se refiere al cambio en la persona, una renovación interior. La
justificación se basa en lo que Cristo ha hecho por nosotros, mientras que la
santificación es lo que hace dentro de nosotros.
Mientras la
justificación nos es imputada, la santificación es la obra regenerativa
continua del Espíritu Santo dentro de nosotros. “Para Calvino la justificación y la santificación se efectúan
continuamente en el cristiano, coexisten en tensión dialéctica y esta tensión
dialéctica implica un proceso y progreso indetenible” (Richard, 107). En su
comentario a Mal 3,17 dice: “Nuestra
salvación consiste en estas dos partes, que Dios nos gobierna por su Espíritu y
nos reforma conforme a su imagen a través de todo el curso de la vida y también
que entierra todos los pecados” (id.) Vemos pues que la relación entre la
justificación y la santificación implica una idea de crecimiento que predomina
en su concepto de vida espiritual. La
santificación es la restauración de la imagen de Dios en el ser humano y del
orden original. Finalmente su doctrina de la justificación y de la
santificación enfatizó nuevamente la obra dinámica del Espíritu Santo en la
vida espiritual.
En la Confesión de Westminster del 1647, en
su capítulo XIII, podemos leer:
La Santificación: 1. Quienes
han sido llamados y regenerados eficazmente por haberles creado un corazón
nuevo y un espíritu nuevo, son además santificados de manera personal y
verdadera por el poder de la muerte y resurrección de Cristo, así como por su
Palabra y su Espíritu que habita en ellos. El dominio de todo el cuerpo de
pecado es destruido en ellos y sus diversas concupiscencias son cada vez más
debilitadas y mortificadas. Así, ellos son más y más vivificados y fortalecidos
en todas las gracias salvadoras para la práctica de la verdadera santidad, sin la
cual ninguno verá al Señor. 2. Esta santificación abarca integralmente al ser
humano aunque esta vida es imperfecta, quedan todavía algunos vestigios de
corrupción en todas sus partes; y de allí surge una guerra continua e
irreconciliable, la carne codiciando contra el espíritu y el espíritu contra la
carne. 3. Aunque los vestigios de corrupción pueden dominar mucho por un
tiempo, sin embargo, en esta guerra triunfa finalmente el área regenerada
mediante la continua provisión de fortaleza del Espíritu santificador de
Cristo; y así los santos crecen en gracia, perfeccionando la santidad en el
temor de Dios.
Tillich contrasta a
Lutero y a Calvino, anota que la solución de Calvino es más realista, más capaz
de sostener una teoría ética y una vida de santificación. Pero la de Lutero es
más extática, aunque incapaz de sostener una ética está llena de posibilidades
creadoras en la vida personal.
Las iglesias nacidas del
período del Radicalismo Evangélico de la Reforma aceptaron del calvinismo el
tercer uso de la ley y la disciplina como un instrumento en el proceso de la
santificación. Pero en contraste con Calvino
han perdido en ellas la comprensión del carácter paradójico de las
iglesias y de la vida de los individuos. Prácticamente niegan el significado
permanente del gran ‘a pesar de’ en el proceso de la santificación, en este
punto han retornado a las tradiciones ascéticas católicas: la perfección se
puede lograr en esta vida en aquellos individuos y grupos que han sido
seleccionados como abanderados del Espíritu divino (p.
229).
Por ende, en el
calvinismo la santificación sucede en una línea lentamente ascendente, la fe y
el amor se van actualizando progresivamente, el poder el Espíritu Santo se
acrecienta en el individuo, se acerca la perfección pero nunca se la obtiene,
mientras que los Radicales Evangélicos sí entienden que es obtenible, y se
produce la identificación entre la salvación y la perfección moral. El
calvinismo con sus elementos “perfeccionistas” (aunque no llegue a la
perfección) sabemos que produjo un tipo de ética protestante que hizo de la
santificación progresiva la meta de la vida. Pero en el luteranismo por su
énfasis en el carácter paradójico de la experiencia cristiana, no se ve la
santificación como una línea ascendente, sino como un movimiento constante y
oscilante de arriba abajo entre el éxtasis y la ansiedad, el valor/gozo y la
duda/desesperación y los elementos demoníacos en la vida religiosa, lo que va a
ser una de las causas –según Tillich– del desarrollo del Romanticismo que no habría
podido desarrollarse en suelo calvinista.
(Ver la aguda discusión
de la santificación en Calvino en la Dogmática
Eclesiástica de K. Barth IV/2, § 66
“La santificación del ser humano”)
D) Wesley.
Describiendo su propia experiencia, Wesley mismo nos confía:
En 1729 dos jóvenes, leyendo la
Biblia, vieron que no podían ser salvos sin santidad, la buscaban e iniciaron a
otras personas también en tal búsqueda; en 1737 vieron que la santidad viene
por la fe. También vieron que los seres humanos son justificados antes de ser
santificados; pero aún la santidad era la meta. Dios entonces los empujó contra
la voluntad de ellos, para levantar un pueblo santo (Williams: 127)
Es importante su idea de
“plena salvación”, que para él incluye la santidad, la justicia, la religión y
la santificación. La santificación es un proceso gradual y es una “segunda
bendición” después de la justificación. Pero en el orden de la salvación la
santificación está entre la justificación y la salvación final. Su propósito es
restaurar al ser humano a la imagen de Dios. Williams denomina “perfección
imperfecta” a la noción de perfección de Wesley. Para ello hay que conocer que
Wesley tenía dos conceptos de pecado, a) como separación consciente de Dios y
b) como pecado absoluto medido por la ‘ley perfecta’. Cuando Wesley hablaba de
perfección tenía en mente la primera definición de pecado, y si se refería a la
segunda entonces creía en la necesidad de crecer en la gracia y de confesar los
pecados. Entre el 1767 y el 1777 publicó cuatro ediciones de su tratado “Una clara explicación de la perfección
cristiana” (1763). Ahí expone:
En el año 1764 revisando todo
el tema escribí un resumen de lo que había observado en las siguientes cortas
proposiciones: 1. Existe la perfección, porque se menciona muchas veces en la
Escritura. 2. No se encuentra tan temprano como en la justificación, porque los
justificados tienen ‘que ir a la perfección’ (Heb 6,1). 3. No se experimenta
tan tardíamente como en la muerte, porque Pablo habla de personas vivas que
eran perfectas (Flp 3,15). 4. No es absoluta. Ya que la perfección absoluta no
es del ser humano, ni aun de los ángeles, sino de Dios mismo. 5. No hace
infalible a la persona: nadie es infalible mientras sigue en el cuerpo. 6. ¿Es
que está sin pecado? No vale la pena discutir por ello. Es ‘salvación del
pecado’. 7. Es ‘amor perfecto’ (1 Jn 4,18). Esta es su esencia, sus
propiedades, sus frutos inseparables son: regocijándose más, orando sin cesar,
y dar gracias en todo’ (1Ts 5,16). 8.
Es perfectible. No permanece fija en un
punto sino que es posible acrecentarla, de modo que uno perfeccionado en
el amor pueda crecer en gracia más rápidamente que antes. 9. No está asegurada
para siempre. Es capaz de perderse, de lo que tenemos muchos ejemplos. Pero no
estábamos convencidos de esto hasta hace seis años. 10. Constantemente está
precedida y sucedida por un trabajo
gradual. 11. ¿Es o no es instantánea? Vayamos paso a paso en el análisis de
este punto. En algunos creyentes se ha operado un cambio instantáneo. Esto es
algo que nadie puede negar. A partir de este cambio gozan de perfecto amor, no
albergan ningún otro sentimiento aparte de este, y están siempre gozosos,
orando sin cesar y dando gracias en todo. Pues a esto me refiero cuando hablo
de perfección. Por lo tanto ellos son testigos de la perfección que predico (Jones:
104).
Wesley atacó lo que
denominó “angelismo” polemizando con alguien que sostenía la perfección
absoluta: “No me gusta su posición de que
el ser humano puede ser perfecto como un ángel, que puede ser perfecto
absolutamente, que puede ser infalible o sobrepasar las tentaciones; o que en
el momento en que es puro de corazón no pueda caer de la pureza” (Williams:
136). Y en el tratado anteriormente citado observa:
1. Podemos equivocarnos mientras
vivamos. 2. Una opinión errada puede ocasionar una práctica errónea. 3. Cada
error de esta naturaleza es una transgresión de la ley perfecta. 4. Por tanto,
si no fuera por la sangre expiatoria, esos errores expondrían a la condenación
eterna. 5. Quiere decir pues, que los más perfectos tienen continua necesidad
de los méritos de Cristo aun por sus transgresiones actuales y pueden decir
para sí mismos, como por sus hermanos: ‘perdónanos nuestras deudas’ (Id.). El
corazón de la perfección bíblica “perfección en amor”, una experiencia mediante
la cual el amor de Dios se derrama en la vida del creyente como para no desear
hacer otra cosa.
Finalmente es importante
la precisión hecha por Lindström:
La santificación en Wesley a
menudo se ha restringido a su última noción de la completa santificación, con
el resultado de que se ha llegado a una idea incompleta y distorsionada de su
importancia. La santificación se ha limitado a la experiencia instantánea de la
‘segunda bendición’. No se está consciente de que también implica un desarrollo
gradual de la vida cristiana. Este error también ha llevado a pasar por alto la
importancia de la obediencia y las obras en la santificación, ya hemos visto su
lugar en el proceso gradual. Los efectos graduales e instantáneo de la
santificación están íntimamente asociados en Wesley. La esperanza en la
completa santificación, mas que impedir el desarrollo gradual de la vida
cristiana, Wesley lo considera como particularmente importante en promoverlo.
(123-24)
(Ver en Moltmann [1992,
167-171] el texto de la conversación del 1741 entre Wesley y Zinzendorf donde
se aprecia la diferencia entre las ideas luteranas y metodistas de la
santificación que impidieron al fin el acuerdo entre ambos).
E) Barth. Dice Barth en Réalité de l’homme Nouveau que Calvino
en el Libro III de la Institución
considera que la santificación abraza toda la vida cristiana. Calvino comienza
por el Espíritu Santo, esta unión entre Jesucristo y el ser humano. Después
continúa con una descripción de la vida nueva operada por el Espíritu Santo que
santifica. Luego habla de la justificación… como el medio importante para
realizar la santificación. Es una manera de verlo que es sin duda legítima.
Solamente, del otro lado el mismo Calvino gusta de la yuxtaposición: justificación
y santificación. Cuando se trata de describir, por así decirlo, es necesario
comenzar por la justificación, por el perdón de los pecados, porque (cuando se
trata de hacer lo que podría llamarse una psicología de la vida cristiana) es
el perdón de los pecados el fundamento de la santificación. Por ello yo no
quisiera hacer una elección entre esos dos caminos. Hay dos maneras de ver las
cosas que son legítimas. Uno podría también en rigor comenzar por la glorificación. Usted ve en qué sentido esto sería
posible. Y después vendría la justificación o la santificación. Felizmente aquí
no hay sistema. (pp. 84-85)
En su Dogmática Eclesiástica, a la que nos
hemos referido más arriba en relación con Calvino, fundamenta principalmente su
presentación sobre la santificación en Calvino y en Bonhoeffer (El Costo del Discipulado, “Seguimiento”
en el título original en alemán). Observa Weber que cuando Barth considera a la
santificación como “primera en intención y segunda en su ejecución” está
siguiendo a Calvino en su Tercer Libro de la Institución. Pero hay algo en que va a criticar a Barth que
sostiene que la santificación es una “transformación,
una determinación para el mundo y para toda la humanidad” (IV/2, 511),
Weber piensa que no hay nada en el Nuevo Testamento que justifique la
santificación del mundo. Debe quedar como
un misterio que la santificación no sea experimentada por todos.
Barth comparte el célebre dictum de Lutero que el cristiano es simul justus et peccator y
que éste debe aplicarse por igual a la santificación. La misma persona es la vieja persona de ayer y la persona libre
del mañana. La conversión es la transición, el movimiento en que todavía se
encuentra el ser humano, todavía la vieja persona y no totalmente la nueva
persona, el pecado tan poderoso que todavía determina desde atrás, pero la
gracia tan poderosa que determina desde delante. Barth subraya que no hay
justificación sin santificación, ni santificación sin justificación. Y está de
acuerdo con Calvino en III, 11, 6:
Así como Cristo no puede ser
dividido en dos partes, de la misma manera la justicia y la santificación son
inseparables y las recibimos juntamente en él. Por tanto todos aquellos a
quienes Dios recibe en su gracia son revestidos a la vez del espíritu de adopción,
y con la virtud de la misma reformados a Su imagen (I,
562).
No hay un ‘orden de
salvación’ (ordo salutis) en donde
haya un “primero” y un “después” en un sentido temporal, por tanto hay que
tomar a ambas simultáneamente.
La santificación del ser humano
cosiste en la comunión con Jesús el Hijo del Hombre, en el poder de su llamado,
y en la libertad que se nos da en el poder de su Santo Espíritu de buscarle y
así elevarnos a pesar de la fuerza con que nos arrastra hacia abajo nuestra naturaleza perezosa
(553)
F) Weber. “En la justificación y la santificación, ni
se puede concebir una identificación de las dos, ni su separación o
polarización. La justificación no es simplemente la causa original de la
santificación, sino su fundamento constante. La santificación a su vez no es
simplemente la consecuencia de la justificación sino su vivencia y efecto
continuo en la vida concreta del ser humano” (328). Define la santificación
como “la determinación de la humanidad de
ser ‘humanidad de Dios’ que se valida y establece por Jesucristo” (341).
Esta santificación puede describirse mediante otros términos: conversión,
arrepentimiento, regeneración, renovación, nueva vida.
G) Tillich.
Observa que hay cuatro principios que gobiernan el proceso de la santificación:
1) El incremento de la conciencia (awareness).
Es el principio de acuerdo con el cual en el proceso de la santificación el ser
humano se hace más consciente de su situación, de las fuerzas que pugnan
alrededor. 2) El acrecentamiento de la libertad, que Lutero subraya. 3) El
aumento de la relación: la conciencia del otro/la otra y la libertad de
relacionarse, venciendo la auto-reclusión y la del otro/la otra. Se trata de
crear una relación madura en que la auto-aceptación vence la auto-elevación y
la auto-complacencia en un proceso de reunión con el yo auténtico. Y 4) el
ensanchamiento de la auto-trascendencia en la dirección de lo Último. La
operación de estos cuatro principios indica que nunca se llega al estado de
perfección, sino que siempre es un curso fluctuante de ascensión y descenso,
que a pesar de todo es un movimiento hacia la madurez, aunque sea fragmentaria.
H) Moltmann. Está
más interesado en la santidad de la vida que en la personal. Sostiene Moltmann
que: a) “La santificación hoy significa
antes que nada, re-descubrir la santidad de la vida y el misterio divino de la
creación, y defenderlos de la manipulación de la vida, la secularización de la
naturaleza y la destrucción del mundo por la violencia humana” (1992, 171).
Para él esto nos debe llevar a lo que A. Schweitzer denominaba una “ética de reverencia por la vida”. La
santificación significa defender la
creación de Dios de la agresión humana, su explotación y destrucción. b) Pero
también implica la “búsqueda de las
armonías y acuerdos de la vida” de la persona en la comunidad. “El Espíritu Santo es el Espíritu que
santifica la vida, y la santifica con la pasión del Creador por la vida que ha
creado, y con la ira del Creador contra todas las fuerzas que quieren
destruirla” (id.178). El Espíritu Santo es la vida que nos hace vivir y
cita a Hildegard von Bingen: cuando estamos cerca del Dios viviente todo se
vuelve “verde y fértil” como la primavera, surge una nueva pasión por la vida y
un nuevo gozo.
I) El movimiento de
santidad y el pentecostalismo. Se ha dicho que el movimiento pentecostal es
el metodismo llevado a sus últimas consecuencias, que la aspiración pentecostal
a una experiencia instantánea del bautismo del Espíritu subsecuente a la
conversión procede del énfasis del movimiento de santidad originado en Wesley
de buscar la santificación como “segunda obra de gracia”. Bruner observa que el
metodismo y el pentecostalismo ponen su énfasis teológico después de la
justificación, pero en este último el deseo del bautismo del Espíritu “barre toda otra doctrina incluyendo la de la
santificación hacia este vórtice” (38). “Antes de Wesley no parece haberse desarrollado plenamente la doctrina
de una definida segunda obra de gracia, pero desde Wesley todos los que han
abrazado esta doctrina, quiéranlo o no somos hijos de Wesley, y el más grande y
prominente de ellos es el pentecostalismo”(39).
III. Consideraciones
teológicas finales. Hemos hecho un fascinante recuento de la doctrina de la
santificación que nos muestra que es un tema difícil que requiere nuestro arduo
estudio y reflexión y que con sus implicaciones ecuménicas nos invita a
abordarlo con espíritu de unidad y
respeto hacia las otras confesiones que no tienen nuestro ideal de santidad.
También que en este momento de tantas
inautenticidades en el testimonio cristiano, se precisa un mayor énfasis en
tratar de vivir consistentemente nuestra fe en la búsqueda cada vez más plena
de la santidad de Jesucristo en la inspiración del Espíritu Santo.Ω
BIBLIOGRAFÍA
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SEBILA, San José
LA DOCTRINA PRESBITERIANA DE
LA SANTIFICACIÓN
por Sergio
Arce Martínez
I
Como cuestión
preliminar permítanme decir que hay dos frases bíblicas que se han usado
comúnmente para refutar la doctrina presbiteriana de la santificación. La
primera, “Sed santos, porque yo soy santo”, se encuentra en el Antiguo
Testamento, en los que se conoce como el Código de Santidad (Levítico 17—27),
cuyos énfasis son heterogéneos y cuyos contenidos nos resultan, en muchos
aspectos, ajenos totalmente a nosotros, puesto que incluye cuestiones desde el
degollamiento de animales hasta tarifas del templo, pasando por regulaciones de
las relaciones sexuales, los cultos prohibidos, las personas sagradas, las
porciones santas (ofrendas en el templo), las víctimas sacrificiales, los
templos sagrados, los lugares sagrados, el nombre sagrado, el año jubilar. Esta
frase la cita la Primera Carta de Pedro (1,16) refiriéndose más bien a las
aspiraciones o esperanzas que como creyentes debemos mantener, a diferencia de
aquellos que no conocen a Jesús como Cristo. Calvino comentando esta frase
dice: “Dios imprime en nuestros corazones
el amor de la justicia por su propia santidad… No que vayamos nosotros a Dios
por el mérito de nuestra santidad, puesto que primeramente es necesario que
antes de ser santos nos acerquemos a Él…” (Institución de la Religión
Cristiana, Libro III, cap. VI, 2).
La segunda frase
comúnmente se cita mal. Se dice que Hebreos 12,14 lee: “Sin santidad nadie verá
al Señor”, lo cual no es cierto. El verso lee: “Pongan cuidado en tener paz con todos y vivir consagrados (en santidad dicen la mayor parte de las
versiones) sin lo cual nadie verá al
Señor”. La frase se encuentra en el contexto de lo que los más serios
estudiosos de la Biblia llaman hoy el horizonte
escatológico. Comentando este versículo escribe Calvino: “Como la paz no puede ser mantenida con los
incrédulos, excepto sobre la condición de aprobar sus vicios y maldades, el
apóstol añade inmediatamente que la santidad ha de acompañar a la paz.” (Se
hace evidente en todo el comentario de Calvino que lo esencial es tener paz con
todos… sin lo cual nadie verá al Señor). Y añade Calvino: “Él nos recomienda esta paz con esta excepción, que la amistad con los
malignos no se constituya en una corrupción nuestra, para lo cual añade que si
santidad, nadie verá al Señor, porque no con otros ojos veremos a Dios sino con
aquellos que han sido renovados a su imagen”. La frase “renovados a su
imagen”, no significa en Calvino la perfección en la santidad. En la Institución… (Libro I, cap. XV, 5) dice
en contra de la herejía maniquea en general y de Osiander en particular, que
éste “ha caído en un gran error, y es que
no admite sin una justicia esencial la imagen de Dios en el hombre… Cuando san
Pablo trata de la restauración de la imagen, es fácil deducir de sus palabras
que el hombre… ha sido semejante a Dios… en la gracia y virtud del Espíritu
Santo”, para aclararnos más adelante que:
“el
arrepentimiento es una regeneración espiritual, cuyo fin no es otros sino
restaurar en nosotros y volver a su prístina perfección la imagen de Dios… Mas
esta restauración no se verifica en un momento, ni en un día, ni en un año;
sino que Dios incesantemente va destruyendo en sus elegidos la corrupción de la
carne, y poco a poco los purifica de sus impurezas… para que durante toda su
vida se ejerciten en el arrepentimiento y sepan que esta lucha no cesará hasta
la muerte. (…) Dios les señala el camino del arrepentimiento, por el cual deben
andar toda su vida” (Libro III, cap. III, 9).
Estas explicaciones de Calvino, como veremos más adelante,
coinciden con la doctrina que nos legara de la santificación.
Esto apunta a la
forma presbiteriana de entender la santidad que arranca no de que el ser humano
reconozca que puede llegar a ser santo, sino todo lo contrario. Nosotros
creemos, como presbiterianos, que Dios dirige sus esfuerzos para que todos los
seres humanos reconozcan que no pueden llegar a ser santos, que la
santificación es un proceso inacabado, mientras dure nuestra vida; que esa fue
la lucha de Jesús en contra de los fariseos, que se creían santos. En nuestro Libro de Confesiones, en El Catecismo
de Heildeberg nos encontramos con la pregunta 114 que lee: “¿Pero pueden las personas convertidas a Dios
cumplir estos mandamientos perfectamente?”, a lo cual contesta: “No, porque hasta la más santa de estas
personas sólo puede hacer un pequeño comienzo en esta vida de obediencia”.
Ante esta imposibilidad vuelve a preguntar: “¿Por qué, entonces, hace Dios que los diez mandamientos se prediquen
tan estrictamente, si nadie puede cumplirlos en esta vida?” (P. 115). A lo
que responde: “Primero, para que a lo
largo de nuestra vida lleguemos a estar conscientes progresivamente de nuestra
pecaminosidad… Segundo, para que podamos constante y diligentemente orar a Dios
por la gracia del Espíritu Santo, de modo que seamos renovados más y más a la
imagen de Dios hasta que lleguemos a la meta de una plena perfección en la vida
futura.” Los que mantienen una
doctrina contraria pudiesen aducir que el Catecismo
se está refiriendo a lo que se llama “ley moral original”. Sin embargo, no es
eso, puesto que en el Catecismo Menor
se pregunta específicamente: “¿Qué es la
santificación?” (P. 35), y la respuesta lee: “La santificación es la obra de la libre gracia de Dios (2 Ts 2,13), por la cual somos completamente
renovados a la imagen de Dios (Ef 4,23-24), y capacitados más y más para morir
al pecado y para vivir rectamente”, para añadir después: “¿Qué beneficios reciben de Cristo los
creyentes al morir?” (P. 37), a lo cual contesta que “las almas de los creyentes, al morir, son hechas perfectas en santidad”.
El Catecismo Mayor
es aún más específico cuando dice: “¿En
qué se diferencia la justicia de la santificación?” (P. 77), y responde: “Ellos se diferencian en que Dios, en la
justificación nos imputa la justicia de Cristo, en la santificación su Espíritu
nos infiere gracia y nos capacita para ejercerla (Ez 36,27); en la primera el
pecado se perdona, en la otra, se vence (Ro 6,6.19); en una se libera
igualmente a todos los creyentes de la ira de Dios como cuestión acabada en
esta vida, en la otra no es igual en todos (1 Co 3,1-2; Mc 4,8.28) ni en esta
vida se perfecciona en nadie (1 Jn 1,8.10) sino que crece hacia su perfección
(2 Co 7,1; Flp 3,12-14; Ef 4,11-15)”. Tal respuesta nos conduce a la
próxima pregunta: “¿De dónde surge la
imperfección de la santidad en los creyentes?” (P. 78). Cuya respuesta lee:
“La imperfección en la santificación de los creyentes surge de los remanentes
del pecado que permanece en todas sus partes; y en la perpetua codicia de la
carne contra el espíritu, por lo que a menudo caen en la tentación y en un
sinnúmero de pecados (Ro 7,18.23); estorban en todo su servicio espiritual (Gl
5,17; Heb 12,1) y sus mejores acciones son imperfectas y están viciadas a los
ojos de Dios (Ex 28,38; Ro 7,18.23)”. No vamos a citar la Confesión de Westminster que con más detalles nos dice lo mismo que
sus catecismos, tanto Mayor como Menor, (capítulo XV para algunos;
capítulo XII para otros).
Sin embargo, para
que profundicemos un poco más en la doctrina de la santificación, de acuerdo
con la fe presbiteriana, quiero citar de nuevo a Calvino cuando dirigió su
enseñanza en contra de los que, en su tiempo afirmaban “que se puede llegar a ser santo y, por
ende, vivir en santidad”, y que “vivir en santidad es vivir libre de pecado”,
puesto que, “el creyente posee el poder de vencer las tentaciones y vivir al
margen del pecado”. Calvino comenta, cito textualmente:
“También
aducen fuera de propósito las oraciones que algunas veces formula el Apóstol,
en la que desea tan grande perfección a los fieles, que sean santos y sin
mancha delante de Él en el día del Señor (Ef 1,4; Flp 2,15; 1 Ts 3,13, etc.).
Los celestinos, antiguos herejes, insistían mucho en estas palabras… para
probar que el hombre puede, mientras vive en este mundo, conseguir perfecta
justicia… Pero como el estado mejor y el más perfecto que podemos alcanzar en
esta vida presente consiste en que de día en día vayamos aprovechando cada vez
más, sólo llegaremos a dicho blanco cuando… estemos del todo unidos a Dios”
(Institución… Libro III, Cap. XVII,
15).
Ya antes había enseñado que
“si
consideramos desde su principio el mundo, afirmo que no ha habido santo alguno…
Conozco muy bien la clase de santos que se ha imaginado la vana superstición,
con una pureza y santidad tales, que los mismos ángeles del cielo apenas se
pueden comparar con ellos. Pero esto no es más que una imaginación… frente a la
autoridad de la Escritura, que enseña otra cosa, y contra la misma experiencia.”
(Libro II, cap. VII, 5).
En la misma Institución…
habrá de afirmar: “Nuestra santificación
es progresiva; el creyente permanece pecador” (Libro III, cap. III, 10).
Pero Calvino es
todavía más duro en su crítica contra aquellos que, en su tiempo, calificaban
de débil su “teoría de la represión del pecado original” y su enseñanza de que
“el creyente tiene que estar luchando toda la vida” por alcanzar la santidad.
Aquellos que contradecían su enseñanza mantenían que “el creyente… en medio de
ellas (las pruebas y las tentaciones) sale triunfante siempre… y que se puede
destruir la carnalidad y vivir en santidad”. A esto Calvino afirma:
“Él
(Cristo) al inducirlos a todos a confesar su pecado, no admite más que a los
pecadores; no porque Él aliente los pecados con halagos, sino porque sabe que
jamás los fieles se verán del todo despojados de los vicios de la carne, sino
que siempre serán deudores ante el juicio de Dios.
(…) Como quiera que la voluntad de Dios es reformar poco a poco su
imagen en nosotros,… siempre queda en nuestra carne algún contagio del pecado…
¿Quién podrá aguantar a estos nuevos maestros, que… procuran cegar los ojos de
la gente sencilla, haciéndoles creer que… están limpios de todo pecado? Lo
cual, según el testimonio de san Juan, no es otra cosa que hacer pasar a Dios
por mentiroso (1 Jn 1,10).” (Libro III, cap. XX, 45).
Más adelante, Calvino va a añadir:
“Su
agresividad y arrogancia llega todavía a más, porque… se enojan contra los
buenos pastores que procuran fielmente cumplir su deber de exhortar a los
fieles… advirtiéndoles… de que mientras vivan en este mundo se verán oprimidos
por algún vicio… Confieso sinceramente que para incitar a los hombres a la
santidad no hemos de emplear la flojedad ni la frialdad, sino que es necesario
darse de veras a este trabajo. Pero digo también que es un desvarío del Diablo
el hacer creer a los hombres que mientras viven en este mundo pueden alcanzar
esa perfección (la santidad).” (Libro IV, cap. I, 20).
No sólo en la Institución…
Calvino expone su doctrina sobre la santificación como la que es, un proceso
gradual a través del cual el creyente viene a ser cada vez más semejante a
Cristo, sin lograrlo plenamente mientras viva. Cuando pasemos los umbrales de
la muerte “seremos semejantes a Él,
porque lo veremos como Él es” (1 Jn 3,2). Así, en su comentario al verso de
san Juan 17,17 aclara meridianamente que no existe tal cosa mientras vivamos
como “de ser santificado”. De eso sólo podremos hablar después de pasar a mejor
vida. En su sermón sobre el verso de Deuteronomio 5,21 después de decir que “nuestro progreso hacia la perfección final y
la regeneración completa es algo que marcha poco a poco”, añade: “tal experiencia es a menudo frustrante
porque tenemos máculas y nos detenemos en el camino, por lo cual en ocasiones
gemimos en nosotros en nuestra lucha por avanzar en el camino de la santificación.”
Para Calvino,
pues, la santificación no es una estación a la que se arribe mientras vivamos,
sino un camino a recorrer. Luego, lo que sucede no es que en un momento
determinado crucifiquemos o hagamos morir el cuerpo del pecado “sino una transformación progresiva, una
continua superación”, tal como aparece en su Comentario al versículo de 1 Juan 1,9: “Ser santificado es aspirar (meditemur) a la integridad y a la pureza de
vida que se va actualizando (pureté actuelle) en el proceso que constituye la
santificación y la reforma de vida.”
Antes de seguir
adelante hagamos un pequeño recorrido en lo que pensaron algunos otros de los
Padres del pensamiento reformado o presbiteriano, para no citar tan sólo a
Calvino.
Johannes
Cocceius, en su Summa Doctrinae de
Foedere et Testamento Dei, escrito en 1618, nos dice: “Lo que significo (por la palabra santificación)… no regeneración total…
sino ‘anakainosis’…, purificación continua de vicios e inauguración de virtudes.”
Johannes Wolleb, en su Compendio de
Teología Cristiana, publicado en Basilea en 1626, nos dice: “En la santificación (el pecado) es
gradualmente abolido… la santificación es un acto sucesivo, gradualmente
tendiendo hacia la perfección”. Por otro lado, Johannes H. Heidegger, en su
Cuerpo Teológico, publicado en Zurich
en 1700, afirma que “el hombre debe
arrepentirse a través de todo lo largo de su vida”, mientras que Johannes
Braun, en su Doctrina de Fe,
publicada en Ámsterdam en 1688, nos confirma de que “hay una lucha continua entre el Espíritu y la carne, entre el nuevo y
el viejo hombre”, citando a Gálatas 5,17; Romanos 7,23; 8,2; y afirma que “esta lucha se encuentra en el regenerado”.
Heidegger, en otra de sus obras (Medulla
Theologie Christianae, Zurich, 1696), afirmaba que “ni aún las buenas obras de los creyentes… están completamente llenas de
bondad que se pueda decir que no existen en ellos pecado alguno”.
Por lo tanto,
para los presbiterianos que son consecuentes con su tradición, la santidad como
perfección no es lo que caracteriza a la verdadera Iglesia. Argumentando contra
tal pretensión Calvino aduce:
“No
era pequeño el número de gente que había faltado entre los corintios, estando
corrompido casi todo el cuerpo, no ya con un solo género de pecado, sino con
muchos. Las faltas no eran cualesquiera, sino transgresiones enormes. No era
sólo la vida la que estaba corrompida, sino también la doctrina. Pues bien,
¿qué hace en tal situación el santo apóstol…? ¿Los destierra del reino de
Cristo?... No sólo no hace nada de eso, sino más bien los reconoce como a
iglesia de Cristo y compañía de los santos, honrándolos con tales títulos… a
pesar de reinar entre ellos tantas disensiones, sectas y envidias; a pesar de
abundar los pleitos, las pendencias y la avaricia, y de aprobarse públicamente
un tan horrendo pecado que entre los mismos paganos debía ser execrable; a
pesar… de que había quienes se burlaban de la resurrección de los muertos, cosa
que, de ser derrumbada, daba con todo el Evangelio por tierra (1 Co 1,11-16;
3,3-8; 5,1; 6,7-8; 9,1-3; 15,12)…; si, no obstante, aun entonces había Iglesia
(compañía de santos) entre los corintios… la había porque mantuvieron la
predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos” (Libro
IV, cap. I, 14).
Y ¿qué de los gálatas, que casi se habían
rebelado contra el Evangelio (Gl 1,6)? Conscientes de esa situación que
reinaba en algunas iglesias primitivas, por no decir casi en todas, no podemos
soñar con “regresar a la comunión que
prevalecía en la Iglesia del primer siglo… a la vida de santidad” ¿De qué
santidad se habla, cuando pensamos en tales sueños? Naturalmente que eran
santos porque como afirmaba Calvino: “La
Iglesia es santa, (por) que va
mejorándose de día en día. Luego no es aún perfecta, porque si cada día avanza,
no ha llegado aún al colmo y perfección de la santidad” (Libro IV, cap. I,
17). Y en este párrafo no nos está hablando Calvino de la Iglesia como
comunidad, porque como ahí él mismo dice, se está hablando de la “santidad de
la Iglesia en la persona de sus miembros”.
“Por
tanto, añade Calvino, lo que los
profetas anuncian de Jerusalén, que será santa y que por ella no pasarán
extraños (Jl 3,17), y que su templo será santo y no pasará por él nada inmundo
(Is 35,8; 52,1), no lo entendamos como si no hubiese de haber ninguna falta en
los miembros de la Iglesia; sino… que los fieles aspiran con todo su corazón a
una entera santidad y pureza” (Libro IV, cap. I, 17).
A estas alturas
de mi explicación estaba tratando de citar a Karl Barth, teólogo reformado
contemporáneo, pero por si acaso a alguien le pudiese parecer sospechoso de
algunas ideas no “presbiterianas”, me voy a limitar a transcribir lo que dice
el profesor L. Berkhof, de Holanda, de quien nadie puede dudar que se trata de
un celoso guardián de la tradición “presbiteriana”. Hablando de “Objeciones a la teoría del perfeccionismo”
(Teología Sistemática, capítulo X,
sección H) nos dice:
“(1)
A la luz de la Biblia la doctrina del perfeccionismo es por completo
insostenible. La Biblia nos da la seguridad explícita y muy definida de que no
hay en la tierra uno solo que no peque (1 R 8,46; Pr 20,9; Ec 7,20; Ro 3,10;
Stg 3,2; 1 Jn 1,8). En vistas de estas afirmaciones claras de las Escrituras es
difícil ver como algunos que pretenden creer que la Biblia es la palabra infalible
de Dios pueden sostener que es posible que los creyentes tengan vidas
inmaculadas y que algunos verdaderamente hayan triunfado al proponerse evitar
todo pecado. (2) Según la Escritura hay una lucha constante entre la carne y el
Espíritu en las vidas de los hijos de Dios, y aún el mejor de ellos está
todavía luchando por la perfección. Pablo da una descripción muy impresionante
de esta lucha en Romanos 7,7-26, un pasaje que ciertamente se refiere a él, en
su estado de regeneración. (3) La confesión de pecado y la oración por el
perdón se requieren continuamente. Jesús enseñó a todos sus discípulos, sin
ninguna excepción, a orar por el perdón de los pecados y por ser liberados de
la tentación y del mal (Mt 6,12-13). Y Juan dice: ‘Si confesamos nuestros
pecados él es fiel y justo para perdonárnoslo y para limpiarnos de toda maldad’
(1 Jn 1,9). Además, los santos de la Biblia se presentan siempre como los que
confiesan sus pecados (Job 9,3.20; Sal 32,5; 130,3; 143,2; Pr 20,9; Is 64,6; Dn
9,16; Ro 7,14). (4) Los perfeccionistas mismos estiman necesario rebajar las
reglas de la ley y hacer que la idea del pecado sea externa para poder sostener
su teoría. Además, algunos de ellos han modificado repetidas veces el ideal al
cual, según su concepto, pueden alcanzar los creyentes. Al principio el ideal
fue ‘libertad de todo pecado’; luego, ‘libertad de todo pecado consciente’; en
seguida ‘completa consagración a Dios” y, por último, ‘seguridad cristiana’.
Esta ya, de por sí, es una condenación suficiente de su teoría. Nosotros,
naturalmente, no negamos que el cristiano pueda alcanzar la ‘seguridad de la
fe’.”
Hasta aquí el teólogo L. Berkhof. Sin embargo, es bueno
advertir que todavía hoy hay quienes creen en la santidad como “libertad de
todo pecado”.
II
Una de las
conclusiones a las que conduce este tipo de pensamiento perfeccionista,
contrario a nuestra forma presbiteriana de concebir la santificación como un
proceso inacabable es la de afirmar que “los problemas de la humanidad no son
sociales ni económicos, sino espirituales”. Pudiésemos argumentar que,
bíblicamente hablando, no existen tales diferencias entre los diversos
problemas que afronta la humanidad, pero nos basta con citar a Calvino al
respecto:
“…Tratemos
ahora… (lo) que compete solamente a
la ordenación de la justicia civil y las reformas de las costumbres y las
conductas exteriores… Aunque parezca que esta materia no atañe a los teólogos…
hago muy bien en tratarla.” (Libro IV, cap. XX,1). “Tal distinción (entre lo social, lo económico y lo espiritual) no sirve para que tengamos el orden social
como cosa inmunda” (Libro IV, cap. XX,2).
“Es
verdad que los espíritus utópicos… afirman que… es cosa baja y vil… ocuparnos
de estas preocupaciones inmundas y profanas concernientes a los negocios de este
mundo, de los cuales los cristianos han de estar apartados y muy lejos… Pero el
fin del gobierno temporal es… hacernos vivir con toda justicia (social), según lo exige la convivencia de los hombres
durante todo el tiempo que hemos de vivir entre ellos, instruirnos en una
justicia social, ponernos de acuerdo los unos con los otros, mantener y
conservar la paz y tranquilidad comunes… Si la voluntad de Dios es que
caminemos sobre la tierra mientras suspiramos por nuestra verdadera patria; y
si, además, tales ayudas nos son necesarias para nuestro camino, aquellos que
quieren privar a los hombres de ellas, les quieren impedir que sean hombres…”
(Libro IV, cap. XX, 2). “Al presente
solamente pretendo hacer comprender que es una inhumana barbarie no querer
admitirlo (la utilidad y provecho del orden social); ya que su necesidad no es menos entre los hombres que la del pan, el
agua, la sal y el aire; y su dignidad, mucho mayor aún. Porque no le atañe
solamente aquello que los hombres comen y beben para mantenerse en esta vida
(problemas económicos) –aunque comprende
todas estas cosas cuando hace que los hombres puedan vivir juntos
(problemas sociales)—; no le atañe
solamente esto, sino también… que la tranquilidad física no sea perturbada; que
cada uno posea lo que es suyo; que los hombres comercien entre sí sin fraude ni
engaño; que haya entre ellos honestidad y modestia (problemas
espirituales); …que exista humanidad
entre los hombres.” (Libro IV, cap. XX, 3). “…Él (Dios) está presente y
preside la institución de las leyes y la recta administración de la justicia…” (Libro IV, Cap. XX, 4). Ellos (los que
gobiernan y tratan de solucionar los problemas sociales y económicos de la
sociedad) son… “servidores de la justicia
divina (cap. XX, 6) y su ministerio
no es contrario a la vocación ni a la religión cristianas” (cap. XX, 7).
Por tanto,
calificar que el hombre “sigue los dictados de Satanás” cuando “busca la
solución de sus problemas por su propia mano” está en franca contradicción con
nuestra tradición y enseñanza presbiteriana.
Por otro lado,
las Confesiones de Fe que reconocemos en nuestra Iglesia como expresiones
coyunturales que hablan de nuestra manera presbiteriana de concebir la vida y
la doctrina cristiana se oponen a estas conclusiones. Por ejemplo, en la Declaración Teológica de Barmen (§ 22)
leemos que el Estado es “proveedor de justicia y paz” y que realiza tal tarea
“de acuerdo a sus principios humanos y habilidades humanas”, reconociendo la
“Iglesia… el beneficio de esta divina vocación con gratitud y respeto”.
En la segunda Confesión Helvética (capítulo XXX) se
nos dice que el gobierno civil “ha sido instruido por Dios (no por Satanás)
para la paz y tranquilidad de la raza humana”. La misma enseñanza vamos a
encontrarla en la Confesión de Fe de
Westminster (capítulo XXV para unos, para otros XXIII), así como en la Confesión Escocesa (capítulo XXIV).
III
Sin embargo, tal
vez lo de mayor elocuencia es lo que Calvino nos dice de la inteligencia
humana:
“Decir
que el entendimiento (humano) está
tan ciego, que carece en absoluto de inteligencia respecto a todas las cosas
del mundo, repugnaría, no sólo a la palabra de Dios, sino también a la
experiencia de cada día. Pues vemos que en la naturaleza humana existe un
cierto deseo de investigar la verdad, hacia la cual no sentiría tanta
inclinación si antes no tuviese gusto por ella. Es, pues, ya un cierto destello
de luz en el espíritu del hombre este natural amor a la verdad…” (Libro II,
cap. II, 12). “Cuando el entendimiento
del hombre se esfuerza en conseguir algo, su esfuerzo no es tan vano que no
logre nada… No es tan estúpido y tonto que no sepa gustar algo de las cosas
celestiales… de Dios, de su reino, de la verdadera justicia… El hombre es por
su misma naturaleza sociable… Por esto vemos que existen ideas generales de
honestidad y de orden en el entendimiento de todos los hombres.” (Libro II,
cap. II, 13). “…La invención misma de las
artes… los escritos paganos nos debe(n)
servir como testimonio de que el entendimiento humano… no deja de estar aún
adornado y enriquecido con excelentes dones de Dios.” (Libro II, cap.
II,14-15).
“…No
desecharemos ni menospreciaremos la verdad dondequiera que la halláremos; a no
ser que queramos hacer una injuria al Espíritu de Dios… ¿Cómo podemos negar que
los antiguos juristas tenían una mente esclarecida por la luz de la verdad…?
¿Diremos que estaban ciegos los filósofos…? ¿Qué los que inventaron la medicina
fueron unos insensatos?... Nos llenaremos de admiración, nos veremos forzados a
reconocer la sabiduría que en ellos se contiene… Sí, pues, estos hombres, que
no tenían más ayuda que la luz de la naturaleza, han sido tan ingeniosos en la
inteligencia de las cosas de este mundo, tales ejemplos deben enseñarnos
cuántos son los dones y gracias que el Señor ha dejado a la naturaleza humana,
aun después de ser despojada del verdadero y sumo bien.” (Libro II, cap. II, 15). “…Si alguno objeta: ¿qué tiene que ver el
Espíritu de Dios con los impíos, tan alejados de Dios?, respondo que… Dios no
cesa de llenar, vivificar y mover con la virtud de ese mismo Espíritu a todas
sus criaturas… Si, pues Dios ha querido que los infieles nos sirviesen para
entender la física, la dialéctica, las matemáticas y otras ciencias, sirvámonos
de ellos en esto, temiendo que nuestra negligencia sea castigada si
despreciamos los dones de Dios doquiera nos fueren ofrecidos… (porque) la gracia general de Dios limita la
corrupción de la naturaleza.”
(Libro II, cap. II, 16-17).
Por eso podemos
considerar como ingratos y negadores del Espíritu de Dios y su gracia a quienes
creen que “la civilización y sus avances tecnológicos crecen como la mala
hierba”, metiendo en su solo jamo “todo género de perversión humana” que
incluirá, nada menos que al “materialismo” junto al “humanismo” y al “secularismo”
y al “ateísmo”, sin hacer distinción entre ellos, sin clasificar sus grados y
sentidos.
También como
consecuencia de esta distorsión de la doctrina de la santificación, resulta,
para colmo, afirmar que son todos “lobos con piel de ovejas”, tanto los
evolucionistas como los seguidores de la teología de la liberación y los
partidarios del aborto, etc. Ante lo cual debemos repetir con Calvino que “un cristiano está obligado a apreciar y a
reconocer la presencia de las virtudes y gracia humana en otros como dádivas de
Dios, aun en hombres que, por otro lado, sean malvados y aun nuestros enemigos”,
tal como predicaba en su sermón sobre 2 Samuel 1,17-27.
Refirámonos a
nuestros Padres reformadores o presbiterianos. Leonardo Rüsen, el teólogo
reformado de finales del siglo XVII, decía que
“no
negamos que algunos poderes aún sobreviven en el hombre después de su caída, en
relación con obras externas o bondades civiles, de modo que ejercen justicia y
temperancia y realizan actos de misericordia y de amor, y así guardan sus manos
de robar y de asesinar y realizan acciones virtuosas por la concurrencia
antecedente de Dios y sus asistencia general.”
Bartolomé Keekermann en su Sistema de Teología Sacramental,
publicada en Ginebra en 1611, defiende la doctrina presbiteriana de que “aun sin la gracia especial del Espíritu
Santo, el hombre puede, por los remanentes de la imagen divina después de la
caída, ejercitar virtudes éticas, económicas y políticas.”
No, hermana mía y
hermano mío, “Dios comunica a los hombres muchos dones naturales (aun a los no
creyentes) para el bien común de toda la humanidad” –como leemos en Calvino (Institución…, Libro II, cap. II, 6)—
y los presbiterianos estamos obligados,
por la Escritura y por nuestra tradición, a tener un concepto amplio y abierto
de la vida, la historia y el mundo, conceptos que nos hagan apreciar la
multiforme gracia de Dios dondequiera que esté presente. Para el presbiteriano
hay una forma peculiar que debemos preservar, por su valor intrínseco y
escritural, de lo que significa ser un seguidor de Jesús en este mundo, un
creyente en el Evangelio liberador, un lector serio e inteligente de la Biblia,
un ser humano –tanto mujer, hombre, niño o niña— justificado en Cristo y
santificándose por la acción de su Espíritu en nosotros como personas, en la
Iglesia como comunidad de santos, acorde a su acción creadora, liberadora e
integradora en el mundo, es decir, en medio de todos los hombres.
Varadero, abril de 1992
¿QUIÉN SE HOSPEDARÁ EN TU TIENDA, SEÑOR?
REFLEXIÓN SOBRE EL SALMO 15
por Ary
Fernández
La semana pasada centramos nuestra atención en el
texto que nuestra iglesia escogió como texto lema o central a partir del cual
debería estar orientada en este año nuestra reflexión y nuestra acción como
parte de la misión que tenemos como iglesia. Por supuesto que me refiero a la
pregunta de Jesús a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quien dicen que soy yo?
Pregunta que originó, según los evangelios, la famosa confesión de fe de Pedro
de que Jesús es el Mesías, o lo que es lo mismo, el Cristo de Dios y que nos
confronta y nos invita igualmente a nosotros hoy, como comunidad de seguidores
de Jesús, a demostrar en la práctica esa confesión. Pues bien, hoy quiero hacer
referencia al tema que guiará buena parte de nuestra reflexión y nuestra acción
el próximo año. El tema de la santidad: “Sean santos como Dios es santo”. Un
tema que sin dudas ha traído mucha polémica a lo largo de la historia y que ha
marcado notables diferencias entre las diversas confesiones o denominaciones cristianas.
Y digo esto porque no todo el mundo, no todas las tradiciones teológicas o
grupos religiosos han entendido lo mismo cuando se habla del tema de la
santidad y de lo que ello implica para la vida de los creyentes. Muchos lo han
interpretado a través de la historia en términos eminentemente moralistas, es
decir, como si la santidad fuera una suerte de estado de perfección individual
que se alcanzara en la vida y el cual hay que tratar de preservar a toda costa.
Otros, por su parte, al referirse a este término han privilegiado la dimensión
social del compromiso contraído con Dios en la construcción del Reino sin
prestar demasiada atención a aspectos relacionados con la conducta personal,
individual o con lo que algunos llaman el cultivo de la vida interior. O sea, esta manera de interpretar lo que es
la santidad no enfatiza, como la anterior, la acepción que esta palabra posee y
que apunta hacia la perfección y la pureza, sino que atiende más a la otra
acepción relacionada con aquello que se separa, se escoge o se destina para
desarrollar o cumplir determinada función. Somos santos – diría esta posición-
porque Dios nos ha separado, escogido o llamado para colaborar con él, en este
caso, en la construcción de su Reino.
Como ustedes se
percatarán estamos hablando de posiciones que si son asumidas de forma absoluta
pudieran convertirse en extremas, en tanto excluyentes. Siempre escuché decir
que los extremos se tocan o, lo que es lo mismo, que cualquier posición extrema
resulta, a la corta o la larga, perniciosa o nociva. Hay quien dice que dos de
las palabras claves de este siglo que recién comienza son: relación y
equilibrio. No es de extrañar que así sea si tomamos en cuenta que ambas
representan dos cualidades fundamentales que caracterizan la esencia misma de
Dios y de su creación como expresión de su ser. Lo cual nos indica que siempre
será mucho más sabio y saludable tratar de descubrir la relación que existen
entre las cosas o de buscarle el justo
medio, o sea, el equilibrio, antes que adoptar posiciones extremas. De manera
que, con relación al tema que nos ocupa en esta noche y que nos ocupará una
buena parte de nuestra reflexión el próximo año, mi propuesta es que entendamos
la invitación, o mejor aun, el llamado que Dios nos hace a vivir en santidad o
a vivir una vida santa, de una forma integral, o sea, integrando armónicamente
las dos ideas anteriormente expresadas. Esto es, aceptando el desafío que Dios
nos pone por delante para colaborar con él en la transformación de la realidad
social en la que vivimos y nos desenvolvemos orientados según la lógica y los
principios del reino de Dios, pero comenzando por nosotros mismos. Que no nos
consuma ni el moralismo hipócrita ni el activismo estéril. Porque por esos dos
caminos no vamos a llegar a ningún lugar. La realidad jamás será transformada
si lo que nos preocupa es vivir de las apariencias, tratando de cumplir una
serie de normas, muchas veces no muy evangélicas que digamos, aunque por dentro
vivamos profunda y terriblemente reprimidos o, en el peor de los casos,
aparentando ser una cosa y en realidad siendo otra. Jamás podremos ser agentes
de cambio y de transformación si lo que prima en nosotros es una
mentalidad y una actitud farisaica ante
la vida y en nuestras relaciones con las demás personas, en lugar de asumir una
posición misericordiosa, solidaria y comprensiva hacia ellas. Pero tampoco pretendamos que las cosas que
vemos a nuestro alrededor cambien si no empezamos por cambiar nosotros mismos
por dentro y por fuera. La historia más reciente de nuestro país nos ha
demostrado que no basta con transformar determinadas estructuras
socioeconómicas y políticas, que no basta intentar organizar la sociedad de
manera tal que todo el mundo tenga lo mínimo indispensable para garantizar la
reproducción de su existencia, que todo el mundo tenga lo mínimo indispensable
para poder vivir. No basta eso para lograr una sociedad más humana, y cuando
digo esto, quiero decir una sociedad donde primen valores humanos, éticos y
espirituales que son básicos, fundamentales, elementales para poder desarrollar
una vida en sociedad saludable y armónica. Para nadie es un secreto que, junto
a la crisis económica, una de las principales crisis que estamos viviendo como
sociedad es la de los valores. No es posible transformar las relaciones humanas
si no se transforma a los seres humanos (Cf. Pablo en Ro 12,1-2).
Yo creo que esa es una
de las principales tareas que tenemos por delante como Iglesia, colaborar con
Dios tratando de construir entre todos aquí, donde él nos ha puesto, un pedazo
de Cielo. Con esto no quiero decir que la iglesia o este templo sea la antesala
del Cielo, porque no es así. Lo digo metafóricamente, que podamos respirar y
vivir a Dios en todo lo que pensemos, digamos y hagamos, no solo aquí adentro
sino en nuestras respectivas vidas cotidianas y relaciones con los que nos
rodean. Se trata de presentar a Jesucristo y lo que él significa como
alternativa ético-espiritual, si se quiere, a este mundo. Solo así estaremos en
condiciones de responder afirmativamente a la pregunta del salmista: ¿Quién se hospedará en tu tienda, Señor?
En otras palabras: ¿Quién es digno de ti?
Una pregunta que cobra especial significado si tenemos en cuenta su contexto
literario. Para ser más específicos, si tenemos en cuenta que en el salmo
anterior (14) el autor ha llegado a una conclusión bastante pesimista con
relación al ser humano: “Todos se han corrompido y practican la maldad, no hay
quien haga el bien”. Ni uno solo. “Nadie quiere a nadie, se acabo el querer”,
dice la voz popular. Pero para el autor
del salmo que nos ocupa hay una manera de morar en la tienda de Dios, hay una
forma de ser consecuentes con la supuesta adoración rendida a él. Es más, para
el salmista, en la presencia de Dios no
es posible vivir sino haciendo el bien. Así se resume, si lo permiten, lo que
significa ser santos porque el Dios que nos ha hecho de nosotros una nueva
creación, es Santo. ¿Quién es el que es digno de llamarse hijo de Dios porque
se comporta como tal? Aquel cuya vida está fundada sobre principios muy firmes,
aquel que procede siempre con rectitud según le dicta su buena conciencia.
Aquel que no se deja llevar por lo que los demás le dicen que haga, aquel que
tiene criterio propio y sabe sostenerlo y defenderlo ante cualquier circunstancia.
Aquel que es justo a la hora de emitir un juicio, defender una causa o ayudar a
los necesitados. Aquel que dice y actúa según la verdad de todo corazón, aquel
que no vive en la mentira ni practica la doble moral. Aquel que está más atento
y presto a descubrir las cosas buenas de los demás y alabarlas en lugar de
fijarse y regodearse en comentar los desaciertos y errores de estos. Aquel que
es incapaz de levantar una calumnia o echar a correr un rumor infundado o no
sobre una persona, sobre todo si esta es conocida o supuestamente amiga. Aquel que hace hasta lo imposible por
mantener la paz con sus vecinos y demás personas que con él conviven. Aquel que
es un instrumento de paz y reconciliación. Aquel que no comparte ni se suma a
lo mal hecho, no porque él simplemente actuaría de otra manera, sino porque
está convencido de que daña y perjudica a los demás. Aquel que es capaz de
criticar y enfrentarse en su lugar y en su momento las actitudes que no son de
Dios porque no afirman la vida sino todo lo contrario. Aquel que es capaz de
cumplir su palabra empeñada aunque en ello le vaya la vida o su bienestar o su
futuro. Aquel que no ayuda esperando algo a cambio o se confabula para destruir
al inocente. En fin, aquel que hace lo que sabe que tiene que hacer. El que se
comporta así, vivirá siempre seguro, porque vivirá en paz con Dios y consigo
mismo. El que se comporta así notara que en torno a sí la realidad irá
cambiando porque el amor y el bien cuando son sembrados en el mundo, a la corta
o a la larga darán sus frutos.
Como ven no es nada que
no podamos hacer, no es nada que se escape a nuestras fuerzas. Si así fuera,
ahí esta el Espíritu de Dios para acudir en nuestra ayuda. Sólo espera por
nosotros.
La teología latinoamericana de la
liberación,
el Éxodo y el becerro de oro
Una reflexión teológico-bíblica
sobre un tema que pudiese ser altamente polémico
por Sergio Arce Martínez
Las ideas aquí expuestas
no son nuevas, en el sentido de que por muchos años las hemos venido
sosteniendo, y, en más de una ocasión, las hemos expresado públicamente en
lugares donde han sido motivo de controversia, que nos ha parecido generalmente
innecesaria. Pero así somos nosotros y
creo que muy pocas veces nos hemos arrepentido de ser como somos.
La tesis que vamos a
exponer tiene sus implicaciones en el campo de lo que los sociólogos cubanos
han dado en llamar la Nueva teología
cubana, lo cual no me satisface en absoluto, porque da como un hecho
reconocido que ha existido una teología cubana anterior lo que realmente no es
así. No ha habido en Cuba antes de la Revolución una «teología cubana».
Hubo sí reflexiones teológicas
esporádicas que tenían –en ocasiones— sus matices propios, pero nunca se les
podría aplicar tal renombrada denominación. Por nuestra parte, la denominación
que hemos usado para identificar nuestra manera personal de hacer teología «a
lo cubano-revolucionario» ha sido, y sigue siendo, teología en revolución.
Este teologizar «a lo
cubano-revolucionario», esta teología en revolución, cuyo significado no
se relaciona sólo con su contexto, sino con su carácter de estar siempre
abierta a los cambios que ocurran en el contexto, tiene sus relevantes implicaciones para las diversas reflexiones
teológicas sistematizadas que se han identificado con el nombre genérico de Teología Latinoamericana de la Liberación.
Siguiendo lo característico de sus momentos iniciales y teniendo una base
objetiva de análisis, no nos parece que hay duda alguna que los teólogos
iberoamericanos, que se han dedicado a teologizar en esa línea de
pensamiento, han encontrado su
principal referencia bíblica en el segundo libro del Antiguo Testamento,
el Éxodo, en la experiencia liberadora
que este libro nos narra. Esto no se presenta con igual referencia en todos
ellos. En esto no creemos que haya error alguno de nuestra parte. Siempre hemos
notado que muchos de sus cultivadores cuando hablan del «becerro de oro» lo hacen de manera
enjuiciadora no sólo en cuanto a su
significado religioso, que lo tiene, sino también a una aplicación de
carácter ético que no la tiene.
Sin que lo que decimos
signifique responsabilidad, ni participación alguna de parte de los
cultivadores de la Teología
Latinoamericana de la Liberación, en más de una ocasión se constata el
extraño fenómeno de que, en momentos dados y en circunstancias muy especiales,
ha existido una manipulación de dicho pensamiento teológico en aras de
justificar las posiciones y expresiones teológico-políticas de una casta dentro
de la Iglesia que tradicionalmente ha estado aliada a los explotadores y
opresores de nuestros pueblos y/o de la institución eclesiástica que
históricamente ha sido --contando con grandes, ilustres y conocidas
excepciones-- sostenedora de la dependencia económica, política, cultural y
religiosa de las masas de creyentes de nuestros pueblos.
Naturalmente que no cabe
duda que dichos elementos dentro de la Iglesia se han manifestado en contra de
los genuinos cultivadores de esta forma iberoamericana de teologizar, teólogos
que han cimentado su pensamiento sobre el carácter realmente liberador de la
praxis verdaderamente cristiana.
Con el tiempo nos hemos
convencido –cada vez con más fuerza— de la veracidad de la tesis de que tal manipulación no ha sido más
que el resultado de asirse, de parte de los cultivadores de la Teología
Latinoamericana de la Liberación, de un texto bíblico –el libro del Éxodo— que
se caracteriza en la versión que ha llegado a nosotros, la versión de los
sacerdotes del postexilio babilónico, por ser un texto anti-pueblo, pro-elitista
y contra-revolucionario. Nuestra tarea es demostrar que el texto de Éxodo que hemos recibido, merece
tales calificativos, que es --como hemos señalado-- la edición final de la
experiencia liberadora del éxodo rehecha por la casta judía sacerdotal. No nos
referimos al éxodo «físicamente» realizado por el grupo mosaico jahwista, ni al
éxodo «espiritual» realizado por las tribus semitas residentes en Canaán como
hechos históricos liberadores. De lo que se trata es de criticar –sin ánimo de ofender, a los que de
manera ahistórica y abíblica, sin analizar cuidadosamente cuál es el origen
histórico de un altar al becerro y sin estudiar todo el contenido del texto
comparándolo con varios otros—, a quienes arremeten contra la actitud del
pueblo en el incidente que se conoce como la fundición y adoración del becerro
de oro, incidente que nos revela de manera clara el mensaje que se esconde
detrás de esta versión del libro
exódico.
Por eso, preguntamos,
sólo preguntamos, ¿no resulta evidente cierto número de coincidencias entre el
fenómeno arriba señalado y la insistencia en referirse a un libro que a todas
luces plantea --especialmente en la
narración del incidente del becerro de oro— un
espíritu pro-elitista sacerdotal que, examinado histórica y bíblicamente,
nada tiene de «liberador» para el pueblo, como es evidente en el momento culminante de la narración cuando se
contraponen la buena voluntad de Jahwé, expresada en su propia escritura de las
dos tablas de la Ley –los Diez Mandamientos— y la «malévola voluntad» de la
gran masa del pueblo del Israel bíblico materializada de forma bastante extraña
en la elaboración y adoración del becerro de oro?
Preguntamos, sólo
preguntamos, ¿se nos estará permitido, ante este hecho, plantear cuál pueda ser
la razón bíblico-teológica que
fundamente la evidente realidad de que una
parte de los que se han dedicado al cultivo de la Teología
Latinoamericana de Liberación --no nos
referimos a todos, por favor—, no han sido capaces o no se han atrevido a
apoyar la Revolución cubana solidarizándose sin mayores reservas con ella, lo
cual no significa que se eximieran de tener y expresar con toda honestidad las
críticas que merecen nuestros errores, críticas que todo revolucionario cubano,
si es realmente revolucionario y cubano, no ha de tener temor alguno en
exponer?
Ahora bien, antes de
seguir realizando un hipotético rosario de preguntas, se hace necesario
que señalemos que sí hemos visto, y
somos testigos como pueblo y como personas, a un grupo significativo de
teólogos iberoamericanos de la liberación que se han solidarizado con nuestro pueblo y su revolución socialista, sin «pelos en la lengua» y sin temor a las
consecuencias, basados sencillamente en su fe en el Dios que libera a los
pueblos esclavizados, al «escuchar su clamor» de pueblo oprimido, más temprano
que tarde.
Continuemos, sin
embargo, con nuestras preguntas. Preguntamos, sólo preguntamos, ¿no será acaso la razón teológica para aquella
apuntada ausencia de solidaridad con
nuestra Revolución, el hecho de que el pueblo cubano ha cometido el supuesto
grave error de oponerse a los que –como modernos Moisés— reclamaban el
privilegio de conversar directamente con Dios, recibir sus instrucciones y
mandamientos, conocer a ciencia cierta su Voluntad, y, por lo tanto,
arrogarse la iniciativa de acusar de rebeldes a la voluntad divina a las
grandes masas populares que, como las masas del pueblo del Israel bíblico, se
levantaron y se levantan para regocijarse, danzar y festejar la obra de la
Revolución, lo que parecería, a los ojos de los «privilegiados de Dios» no
sólo ajeno, sino contrario a Jahwé,
entre otras cosas, porque se habría
llevado a cabo dicha obra en base al
sacrificio dadivoso de las riquezas materiales, muchas o pocas, del pueblo, y
ante la cual, como frente a un altar, el altar de la Patria Socialista, el
pueblo prometía servirla por sobre todas las cosas, reconociendo que, como
había dicho el Apóstol de nuestra independencia, «la patria es ara», ofreciendo
una y otra vez --de manera para ellos
un tanto impensada o fanática— sus
«ofrendas de paz»? Esto no es
más que una pregunta que ellos, los teólogos latinoamericanos y los cubanos, y
nuestros lectores cubanos, como sus hermanos en la fe de un Jesucristo
liberador, deberíamos tratar de hallarle respuesta. Nosotros, en particular, tenemos la nuestra que es la que
trataremos de exponer lo más sucinta y claramente posible.
Para exponer nuestra
respuesta, vamos primeramente a acercarnos a la narración que se encuentra en
ese capítulo 32 del libro del Éxodo. El pueblo se cansó de esperar al Moisés
que había ascendido al monte de Sinaí, desde donde se suponía que iba a bajar con las tablas de la Ley, los
mandamientos de Jahwé, del Dios «que oye el clamor de los oprimidos y corre a
socorrerlos», de acuerdo a lo que les había afirmado el propio Moisés, su
máximo dirigente. Se cansaron de esperar, y
no era para menos, ya que la justicia esperada no se acababa de hacer
ley. El pueblo entonces acude a Aarón, levita como Moisés, que de manera formal
había sido ya consagrado como sacerdote
de Israel no sólo él sino también su
descendencia más inmediata, para plantearle a Aarón cuál era su angustia y
preocupación.
De acuerdo al texto
exódico, el pueblo pide a Aarón que les hiciese «dioses que le guiaran». Esta
frase, «dioses que le guiaran», es una de las
frases claves para entender lo que de anti-pueblo contiene esta
narración exódica. Importa ver, primero,
cómo los últimos editores sacerdotales del texto tratan de «salvar la honra» de Aarón al no complacer
al pueblo en lo que pedía, puesto que eso hubiese sido caer en pura idolatría,
cosa que no aconteció con el becerro de oro, como se comprenderá más adelante;
y, en segundo lugar, en cómo tratan de endilgarle a la masa del pueblo –al
pueblo como tal— la culpa de un
supuesto pecado de apostasía en contra de la fe en Jahwé, cosa que realmente no
sucedió, sino todo lo contrario.
Observemos con cierto
grado de sorpresa que no se dice que el
pueblo fue el que concibió la idea del becerro de oro, sino más bien fue
Aarón, quien en base a la entrega sacrificial de las riquezas materiales, de las prendas que poseían, del oro --según el texto--, concibió la idea del
«becerro de fundición». Si vamos a considerar de manera objetiva el hecho de la
entrega sacrificial de los zarcillos de oro de parte del pueblo, no se entiende
cómo es posible que haya quienes se empeñan en entender ahistórica y
abíblicamente el incidente, tomando la imagen del becerro de oro como un
símbolo de la adoración al dinero, a las riquezas materiales, símil que
contradice realmente lo que el texto dice. Lo que se nos plantea es un gesto de
una alta espiritualidad, de gran significado, a favor del pueblo, un gesto
realmente generoso y sacrificial como acción de gracias por la liberación de
que ha sido objeto, puesto que como bien anunció Aarón: «Mañana será fiesta
para Jahwé». No se trataba de adorar a ningún otro dios, sino a Jahwé. Eso nos
indica que no todo lo que nos plantea el «texto recibido» fue obra directa de
la clase sacerdotal postexílica.
Sin embargo, en la
narración exódica recibida vemos cómo se vuelve a culpar al pueblo de hablar en
términos del becerro como si se tratase de sus «nuevos dioses». El editor o los
editores tratan de inmediato de exonerar de toda apostasía a Aarón, poniendo en
su boca la frase ya citada, «Mañana será fiesta para Jahwé». Así sucedió que al
siguiente día, bien temprano, vino todo el pueblo y ofrecieron holocaustos. ¿A quién? a Jahwé, puesto que para eso
los había citado Aarón. El pueblo se
regocijó en un banquete donde comieron y bebieron. No hay nada en la
narración que nos indique que la fiesta hubo de convertirse en una bacanal,
prueba de ello es la contestación de Moisés a la insinuación, nada menos que de
Josué: «Alarido de peleas hay en el campamento», a lo cual Moisés contesta:
«No... voz de cantar (de alabanzas) oigo yo».
Por otro lado, la
narración nos va a confrontar con la descripción de un
interesante y revelador diálogo entre Jahwé y Moisés en el cual se pone en boca
de Dios frases que se contradicen entre sí. Tal parece que se hace con un
deliberado propósito, el de presentar a la masa del pueblo como si fuese un
pueblo idólatra, apóstata, que ha cambiado la adoración a su Persona por la
adoración a otros dioses a los cuales adjudica su liberación de la opresión
egipcia. Dios ha hablado de «un
becerro» --en singular—, y dice que el pueblo ha dicho que «son»
--en plural— los dioses liberadores
de la esclavitud egipcia. Los
editores, a espacio seguido, presentan a Moisés como el gran libertador, no ya
de la ira del rey de Egipto, el faraón
Ramsés II, sino de la ira de Jahwé.
Al descender del monte,
Moisés destruye no sólo las tablas de la Ley, sino que --significando que entre ambas
acciones hay una íntima relación--, destruye también el becerro de oro y da de beber al pueblo el polvo áureo, para
inmediatamente increpar a Aarón cómo si
se tratase del verdadero responsable de
aquel supuesto desastre espiritual, del «gran pecado» de la supuesta apostasía
en que ha caído el pueblo, como si Aarón hubiese sido el que instó al pueblo a
rebelarse en contra de él, como líder indiscutible de aquel pueblo y en contra
de Jahwé, quien lo había escogido como mediador entre Él y su pueblo. Aquí
vemos una aparente contradicción por cuanto ahora los editores finales del
texto describen la prontitud y la facilidad conque Aarón accede a la petición del pueblo, junto a la manera
en que Moisés increpa a Aarón a su regreso. Esta inculpación que ahora aparece
en contra de Aarón es indicación para muchos comentaristas bíblicos de que
existió un movimiento en el proceso del éxodo
en contra del liderazgo de Moisés, dirigido por Aarón. Para muchos, la
certeza de esta hipótesis se encuentra confirmada por la actitud de Aarón y también de María claramente contraria a
Moisés, según se nos narra en el capítulo 12 de Números. Sin embargo, esto está
en contraposición con la clara intención que los editores finales del texto han mostrado a lo largo de la narración
hasta ahora de «salvar la honra» del
sacerdote-levita Aarón.
Toda esta historia así
narrada, como fundamentalmente se nos presenta, impregnada de un sacerdotalismo
extremo, termina tétricamente cuando Moisés reclama de los levitas que
exterminen al pueblo incluyendo, de acuerdo al texto, «a su hermano, a su
amigo, y a su pariente», lo cual incluía no sólo a sus progenitores de ambos
sexos, sino también a sus hijos --e hijas--, como más adelante se expresa
cuando Moisés reconoce que en ese día y por esa macabra acción los levitas «se
consagraron» como sacerdotes, nada
menos que por haber asesinado «como a tres mil hombres», sin contar a los niños, niñas y mujeres.
Palabras que se adjudican a Moisés lo testifican: «Hoy os habéis consagrado a
Jahwé, pues cada uno se ha consagrado en su hijo y en su hermano para que sobre
ustedes caiga su bendición». Es de sumo interés observar cómo en Deuteronomio
33, en el poema con que se presenta lo que se conoce como la «bendición de
Moisés» antes de morir, bendición dirigida a las doce tribus de Israel, cuando
se refiere a la de Leví se lee: «Tu Tumim y tu Urim –los dos objetos propios de
la casta sacerdotal y reservados por Jahwé sólo para ellos--, sean para tu
varón piadoso... quien dijo de su padre y de su madre: ‘Nunca los he visto’;
quien no reconoció a sus hermanos, ni a sus hijos conoció...» (33,8-9)
Para lograr entender un
poco mejor lo que hemos expresado sobre la inocencia real del altar en el cual
se situaba la imagen de un becerro, es necesario indagar primero lo que
significaba el becerro --un toro joven-- en la religiosidad judía. El becerro
simbolizó a todo lo largo de la historia bíblica, única y sencillamente, un atributo de Jahwé, jamás tuvo nada que
ver con Jahwé como persona, como divinidad, sino con uno de sus atributos, el de su extraordinaria fuerza. ¿Qué
significó en la tradición religiosa del
antiguo Israel el llamar a Jahwé, «el Fuerte -Toro- de Jacob», tal como lo expresan Génesis 49,24;
Salmo 132,2.5; Isaías 49,26; 60,16, de manera bien explícita? Para Isaías de Jerusalén era «el Fuerte
-Toro- de Israel», según nos dice en 1,24.
El verso de Génesis
49,24 lee: «Su arco se mantuvo poderoso, y los brazos de sus manos se
fortalecieron por las manos del Fuerte
-Toro- de Jacob». Este versículo es parte del pasaje conocido como Profecía de Jacob, cuando de manera extensa
habló sobre su amado hijo José y sus descendientes, lo cual, a nuestra manera de entender, tiene una singular
importancia por su misma longura que, a
la par, nos evidencia su trascendencia
cuando notamos que, de todas los diversos nombres dados a su Dios por los
llamados patriarcas protoisraelitas, de los cuales nos habla el libro del
Génesis, uno de los que va a perdurar a lo largo de la historia del pueblo de
Israel, por lo menos hasta el retorno
del cautiverio babilónico, fue
precisamente ese, «el Fuerte-Toro». Es
cierto que este pasaje, de acuerdo a los eruditos veterotestamentarios,
corresponde a la tradición jahwista,
pero no es cosa de ignorar que fueron los sacerdotes postexílicos los editores
del Pentateuco.
De manera similar, en
el Salmo 132,1-5 se lee: «Acuérdate,
oh Jahwé, de David. Y de toda su
aflicción. De cómo juró a Jahwé, y prometió al
Fuerte -Toro- de Jacob: ‘no entraré en la morada de mi casa, ni subiré
sobre el lecho de mi estrado; no daré sueño a mis ojos, ni a mis párpados
adormecimiento, hasta que halle lugar para Jahwé, morada para el Fuerte -Toro-
de Jacob’». Aquí se presenta el juramento de David de construirle un templo a Jahwé.
Los que conocen el sentido de la rima en la poesía hebrea se darán cuenta
leyendo el verso 2 y el verso 5 que se
le aplica ese nombre de «el Fuerte –Toro» al mismo Jahwé.
En el Déutero-Isaías
49,26, nada menos que cuando presenta el profeta la promesa restauradora de
Jahwé a su pueblo, prorrumpe en un grito que es toda una consigna: «Conocerá
todo hombre --todo ser humano-- que yo, Jahwé, soy liberador tuyo y redentor
tuyo» y como para definir, de modo que no quepa duda alguna, nos dice quién es
ese Jahwé liberador y redentor cuando añade: «el Fuerte -Toro- de Jacob».
Debido al carácter novedoso del proyecto del Déutero-Isaías en relación con la
reconstrucción de la nación israelita una vez terminada la transmigración
babilónica, no se puede dejar a un lado
el significado que pudo tener para él el papel revolucionario y anticlerical
que la imagen del becerro --toro joven-- hubo de jugar en la historia de su
pueblo, específicamente en el proceso liberador lidereado por Jeroboam I, el
Padre del reino de Israel. Por otro
lado, aparte de la bien ancestral
costumbre israelita en relación con este calificativo a Jahwé, es posible
considerar el hecho de que si bien en Babilonia sus dioses más significativos,
«Sin» y «Marduk», eran designados y
alabados como toros, eso pudo haber impulsado al profeta a identificar a su
Dios propiamente como «el Toro de Jacob», significando con ello la fuerza que
también poseía Jahwé.
Si nos adentramos un
poco más en la historia de Israel y llegamos al período de la Restauración de
la nación, a partir del retorno de un grupo de israelitas de Babilonia, aún
antes de la reconstrucción de las murallas de la ciudad de Jerusalén leemos, en
Trito-Isaías 60,16 un texto en términos parecidos al anterior, con la diferencia
que ahora serán ellos, es decir, el
grupo de los fieles de Israel, los que conocerán a Jahwé a quien se le califica
de nuevo de «Liberador y Redentor», y,
a quien de nuevo se le vuelve a identificar como «el Fuerte --Toro-- de Israel». En el caso
del Trito-Isaías nuestro comentario pudiese coincidir en muchos aspectos con el
anterior en relación con el Déutero-Isaías, sólo que su identificación de Jahwé
como el «poderoso», el «fuerte», el
«toro» se refería más a los que temían que no tendrían las suficientes fuerzas
para rehacer la nación, para reconstruir un presente digno de un mejor futuro
que nada se pareciera al pasado.
Es interesante la manera
en que Isaías de Jerusalén va a cambiar
el término Jacob por Israel (1,24), hablando entonces de «el Fuerte –Toro-- de Israel». ¿Qué sentido
pudiese tener ese cambio de términos, de Jacob a Israel, en el caso de Isaías
de Jerusalén? Este cambio no es cosa
que pueda ser significativo en nuestro presente estudio, pero por lo menos
apunta al hecho de que nos deja explícito de que el nombre usado es algo más
que una simple tradición popular que llega a los profetas desde un pasado
remoto, sino que más bien apunta a su propia contemporaneidad, a la lucha del
pueblo oprimido contra la claque
gobernante y la clase de los enriquecidos,
en el afán que les motivaba con el propósito de sobrevivir como pueblo
de Dios, en pugna no tanto con alguna nación
enemiga, sino en pugna con Jahwé, «el Fuerte --Toro-- de Jacob», lo cual
apuntaría a las desvaloraciones ético-sociales y político-económicas de la nación judía que serán, al fin y al
cabo, la causa eficiente de su destrucción definitiva. He tratado de apuntar,
en este caso, que el cambio del término Jacob por Israel pudiese muy bien tener
un significado para Isaías.
Supongo que más de uno
de los lectores se ha hecho una pregunta bien importante ¿Por qué poner junto al título de Jahwé, «el Fuerte»,
el vocablo, «Toro»? El afamado erudito
veterotestamentario Norman K. Gottwald en su célebre libro The Tribes of Jahwe, afirma que no puede dudarse
que en algún momento para los israelitas, y de seguro para los pre-israelitas,
a Dios se le hubiese dado el nombre de «el Toro». Este término tendríamos que entenderlo en sentido simbólico,
significando, en cuanto a los israelitas propiamente hablando, uno de los
atributos de Jahwé, su fuerza indestructible y destructora, capaz de liberar a
los esclavos y redimir a los pecadores, pero jamás tomado como un significante
para su Ser como Jahwé, su condición como Dios.
Que los eruditos del Antiguo Testamento, que
coinciden con el profesor Gottwald, no parecen estar errados, se hace evidente
cuando vamos a la lengua hebrea en la cual se usa el término «)Abîr» que
significa «fuerte» y «)abbîr» que pudiese significar o bien «fuerte» o bien
«toro». Es cierto que a la hora de la escritura los editores sacerdotales
usaron el vocablo «)Abîr» en los pasajes arriba apuntados. Uno puede
preguntarse ¿Por qué escribieron los
sacerdotes editores del Pentateuco «)Abîr»
y no «)abbîr»? No creo que haya
dudas al respecto. Pero, nos preguntamos con muchos especialistas en el Antiguo
Testamento ¿cómo hacer la diferencia entre «)Abîr» y «)abbîr» en el momento de
pronunciarse?
Por otro lado, para
entender el significado de este símbolo taurino en la religiosidad judía más
sana y ortodoxa, fiel a Jahwé como el Dios que le ha liberado y al cual se
comprometían en servirle como su pueblo, hay que analizar el hecho de que en el
arca que Jahwé ordena a Moisés construir para que le sirva de medio idóneo
aparecían dos querubines de oro --enfatizamos el hecho de que eran de
oro-- con rostros, algunos de ellos de
toro, lo cual significaba, entre otros, que
Jahwé se hacía presente como fuerza semejante a la de los toros bravíos.
Estas figuras servían de pedestal sobre el cual descansaba el trono de Jahwé
como rey, y entre ellas como rey habitaba.
Ahora bien, la más
antigua de todas esas figuras de querubines era la del «hombre-toro» que se
remonta al siglo XI o X, según las últimas excavaciones arqueológicas. Pero es
que esta figura de hombre-toro parece perdurar a lo largo de todo el desarrollo
religioso de Israel, y así es como nos encontramos con esa figura esculpida
magistralmente --ya entrada nuestra era cristiana-- en las excavaciones
realizadas en las grutas situadas a 13 kilómetros al sur de Jericó, grutas
donde se encontraron manuscritos de la secta Qumrán dentro de la sala identificada con el nombre de Scriptorium.
Allí, como columna que sostiene el techo de la gruta, podemos ver, a tamaño
natural de humano, lo que evidentemente
parece ser un «hombre-toro», donde el rostro de toro es algo inequívoco.
Pasemos ahora al aspecto
que nos parece el más importante, de acuerdo a nuestro criterio y al de muchos
estudiosos del Antiguo Testamento, aspecto que nos explica desde el punto de
vista histórico lo que afirmábamos del texto recibido de Éxodo, y
específicamente de este pasaje donde se nos narra el incidente del becerro de
oro, puesto que consideramos este incidente,
tal como se nos narra en Éxodo, no sólo como un acto criminal antipueblo
y procasta sacerdotal, sino también como que esconde una intención
evidentemente contrarrevolucionaria, siendo como es el corazón mismo del libro lo que nos descubre, a
nuestro entender, el sentido de toda la narrativa en su versión final
sacerdotal.
La tesis que sustentamos
está avalada por el criterio de más de un erudito veterotestamentario. En el
caso de Martin Noth, en su Historia del Pentateuco nos dice:
«Esta narración (la narración del incidente del becerro de oro, en Éxodo 32) se refiere claramente a la fundación de un santuario
nacional que, según 1 Reyes 12,28s, llevó
a cabo el rey Jeroboam I de Israel en Bet-El y en Dan, erigiendo en cada
santuario el correspondiente ‘becerro de oro’; y, además, califica este acto político (como uno) de culto, apostasía del Dios de Israel, colocando su prototipo en el Sinaí, para poder
juzgar así el hecho actual... como condenado por boca de Moisés y poder
llenarlo de maldiciones terribles». En este sentido pudiésemos mencionar otros
autores, como son H. Junker, O.
Eissfeldt, P. van Imschoot.
¿Quién era y qué hizo
Jeroboam I? Durante el gobierno
sumamente abusivo, represivo y despótico de Salomón, el pueblo en general y las
tribus situadas en la región del Norte en particular, sufrieron
extraordinariamente. A su muerte demandaron que el sistema les fuese menos
gravoso. La política tiránica de Salomón se había centrado sobre todo en el
norte del país que era la que ofrecía mejores ventajas desde el punto de vista
de sus recursos naturales y su mayor población. El sucesor de Salomón, su hijo
Roboam, desoyendo el consejo de los que en la corte tenían mayor experiencia
por su edad y sus respectivas trayectorias políticas ante las demandas
centradas especialmente en las tribus
del Norte, planteó paladina e impensadamente, según la historia deuteronomista
nos cuenta en 1 Reyes 12: «Mi padre agravó vuestro yugo, pero yo aumentaré vuestro yugo; mi padre os castigó con
azotes, mas yo os castigaré con escorpiones».
Esa fue la llama que provocó el gran incendio. De nuevo los gritos de
rebeldía volvieron a oírse en todo el oeste del río Jordán hasta las montañas
fenicias. De nuevo las voces de Absalón y de Sheba se escucharon a todo lo largo
de ese vasto territorio: «¿Qué parte tenemos nosotros contigo, David? ¡No
tenemos nada que heredar con el hijo de Isaí!
Israel, ¡a tus tiendas! ¡Provee ahora para tus casas, David!», es decir,
está bueno de seguir explotándonos para vivir ustedes los judíos como príncipes. De acuerdo a la versión que
hoy poseemos de la Biblia hebrea el líder de esta revuelta lo fue Jeroboam, el
hijo de Nabat y de su viuda Zerúa. Jeroboam, «hombre... valiente y trabajador»,
según el testimonio del historiador deuteronomista, pertenecía a la tribu de Efraín y era nativo de Sereda. Jeroboam había conspirado en contra de Salomón
junto al profeta Ahías, por lo que una vez descubierta su conspiración,
decretada su muerte por voluntad expresa del rey, no tuvo otra alternativa más que la de huir y refugiarse en Egipto
bajo la égida del faraón Sisac, donde permaneció hasta la muerte de Salomón.
¿Por qué Jeroboam
--quien por sus magníficas cualidades llegó
a ser responsable en el orden
político-administrativo de uno de las regiones más prósperas del norte del reino salomónico-- trató de derrocar a
Salomón? De acuerdo con la narración que nos encontramos en el capítulo 11 de
Reyes, las dos razones fundamentales fueron: primero, las prácticas idolátricas
en que Salomón había caído, abandonando el culto a Jahwé, habiendo importado
los cultos de naciones vecinas, como el culto a Astoret, diosa de Sidón; a
Quemos, dios de Moab; a Moloc, el dios
de los amonitas que reclamaba para su culto el sacrificio humano. En segundo
lugar, el resquebrajamiento moral, ético y espiritual que caracterizaba su vida
personal, junto con sus ambiciones de poder que le habían convertido en un
verdadero tirano del pueblo. Esto nos induce a pensar cómo es posible que
Jeroboam, una vez en el poder, una vez triunfante la rebeldía de la que había
sido el líder máximo en contra de Roboam, sucesor de Salomón, que no sólo
anunciaba continuar con la misma política del padre sino que afirmaba además
que aumentaría los terribles males que la habían hecho odiosa al pueblo, iba a
caer en igual apostasía ofendiendo la sensibilidad religiosa del pueblo y
olvidándose de ser fiel al culto a Jahwé y en las mismas o peores atrocidades
que hicieron del sistema salomónico un sistema impopular. Lo que sucedió fue
todo lo contrario. Lo revolucionario que hubo de caracterizar la política de
Jeroboam le ganó el odio de los sacerdotes y especialmente de aquellos que
habían convertido el templo, como una vez dijo Jesús del templo jerosolimitano
de su tiempo, en «una cueva de ladrones». Es mirado a través de la historia que
podemos darnos cuenta de toda la carga contrarrevolucionaria de la
interpretación con que en el Éxodo se plantea el acto de insubordinación de
Aarón y el sentido real de la pleitesía rendida a Jahwé por el pueblo a
espaldas de Moisés, rindiendo pleitesía al Dios que con su fuerza taurina les
sacó de la esclavitud egipcia. Permítasenos intercalar aquí una similitud que
nos asalta como cubanos. ¿Acaso no se ha considerado por los patrocinadores,
colaboradores o defensores confesos o no de la tiranía batistiana y por la
Iglesia, cuyos máximos jerarcas le daban su bendición, una apostasía contra
Dios a la Revolución que nos libró de aquella pesadilla realmente anticristiana
y atea, de represiones, torturas y asesinatos? ¿Acaso esos mismos elementos no
han acusado y siguen acusando falsamente a la Revolución de cometer las mismas barbaridades que cometió Batista?
Para tener una idea más
clara de nuestro punto de vista en relación con el significado real del becerro de oro en la versión sacerdotal del libro
del Éxodo, señalemos algunos de los
planes realmente revolucionarios que llevó a cabo Jeroboam al ser proclamado
como rey del reino del Norte, el reino de Israel, aprovechó la circunstancia de
carácter internacional que amenazaba la estabilidad y seguridad del reino de
Judá frente a la amenaza de la expansión de Egipto bajo el reinado del faraón Sisac, para fortalecer militarmente
el territorio de Israel que, hasta ese momento, había dependido del ejército bajo
el mando de los jefes militares de Judá.
Esto no sólo significó un fortalecimiento de carácter militar, sino
también de mejoría en el campo de lo civil, ya que significó una re-edificación
de las ciudades principales de su reino que habían sido abandonadas por el
centralismo político, social, militar, económico y religioso de David, pero
agudizado al máximo por Salomón. Así
fue como re-edificó la ciudad de Siquem, y la constituyó en su capital. Esto
tenía no sólo un valor militar, por cuanto se trataba de una ciudad situada
sobre una considerable altura, sino también un valor de carácter civil, por
cuanto significó un beneficio social y económico para su población, a la par
que un valor político porque fue el lugar a donde fue el hijo de Salomón, Roboam,
para ser proclamado rey por las tribus del Norte y el lugar al cual regresó
rápidamente de su exilio Jeroboam para exigir, del que pretendía erigirse como
rey de toda la nación, que pusiera fin a la política tiránica y represiva de su padre, sino que, además, tuvo un significado
político-religioso de gran valor, ratificando con ello lo que en la historia
bíblica resultó siempre imposible de separar, me refiero
a lo político y lo
religioso. En Siquem, de acuerdo
a la memoria histórica del pueblo de Israel, fue propiamente de manera oficial
donde quedó constituida la nación israelita fundamentada en la ideología jahwista, aceptada por todos y
proclamada por Josué. En esta ideología
la justicia, entendida en términos de equidad económica y libertad para todos,
se constituyó en la norma suprema de convivencia de las tribus que, habiendo
logrado liberarse del dominio imperial egipcio, --fundamentalmente bajo el
liderazgo de Josué--, se organizaron bajo un sistema que hoy se le
conoce como «la federación de las
tribus de Jahwé».
De forma similar,
Jeroboam re-edificó la ciudad de Penuel, al este del Jordán, cuya importancia estratégica desde el punto de vista
civil, religioso y militar era grande por su situación cercana al río Jaboc --donde Jacob luchó con Dios
y puso al lugar el nombre de «el-rostro-de-Dios», Penuel--, y por estar
situada al norte de ese río, en la cima de unas alturas llamadas Tulul-Eddahab.
Para la integridad e
independencia de la nueva nación ambas ciudades eran de gran relevancia, por
cuanto hubo una constante lucha de carácter ideológico-religioso,
socio-político y militar librada en contra Jeroboam por Roboam que no se avenía
a la derrota sufrida por la rebelión de las tribus norteñas y tampoco a la que
sufrió posteriormente ante la invasión y el saqueo de Jerusalén de parte del
ejército egipcio comandado por el faraón Sisac I.
Hemos dicho que uno de
los factores de la guerra que Roboam declaró en contra del reino de Israel fue
de carácter ideológico-religioso. Se hace necesario, para entender este aspecto
del revanchismo de Roboam, describir la fortaleza que en ese campo levantó
Jeroboam, ya que en este campo, y no sólo en el militar y en el social, era
necesario tomar medidas para salvar la soberanía, la independencia y la
integridad de la nueva nación que
surgía como producto de su lucha por liberar a su pueblo de la tiranía centrada
en Jerusalén. Teniendo esto en mente es que podremos entender la estrategia de
Jeroboam en este campo, al proveer una base visible para defender
ideológicamente la rebelión que implementó en contra del régimen despótico
jerosolimitano, de aquí la revolución que en este campo llevó a cabo y que
consistió en una serie de medidas realmente revolucionarias.
La primera fue el seleccionar
dos lugares que habían sido históricamente lugares de peregrinación por su
significado religioso a lo largo de la historia de Israel, y declararlos
santuarios oficiales, uno de ellos en Dan, en el norte, y el otro en Betel, en el sur, en los cuales
situó un becerro en cada uno de ellos.
Dan era una ciudad cuyo nombre era considerado como sagrado, puesto que
Dan significa en hebreo, «juez» --vocablo que etimológicamente significa un
juez que imparte realmente justicia--, siendo ese uno de los nombres más
antiguos que los israelitas le dieron a Dios, a la par que como ciudad su
historia se involucra con una de las tradiciones más interesantes de entre
todas las que nos narra el historiador deuteronomista por su vinculación con el
sacerdocio levítico. El otro santuario reconocido oficialmente fue Bet-El, cuyo
significado es «casa de Dios». Allí fue donde Abraham, antes de su muerte,
elevó un altar a Jahwé, y Jacob tiene el célebre sueño de las escaleras por
donde bajaban y subían multitud de ángeles y en el cual Jahwé se le revela como
el Dios que le acompañará y le bendecirá a todo lo largo de su vida.
La segunda medida
revolucionaria en el campo ideológico-religioso, tomada por Jeroboam, fue la de
hacer «sacerdotes de entre el pueblo que no eran de los hijos de Leví».
La tercera medida fue la
de reabrir los santuarios locales, conocidos por «lugares altos», que tenían un
significado en la tradición religiosa del pueblo como era, por ejemplo, los
sacrificios ofrecidos por el profeta Samuel en Ramá, el propio Salomón en
Gabaón, y por el profeta Elías en el Carmelo. Estos santuarios habían sido
prácticamente clausurados por la política de centralización de toda la vida del
país, incluyendo la religioso-política comenzada por David al llevar el Arca del
Pacto a Jerusalén, donde había establecido la capital de su dinastía
monárquica, la cual había recibido un
gran impulso de parte de Salomón al construir un templo único en la capital.
La cuarta medida que
podemos apuntar es la institución de un
festival, a la manera de una fiesta de acción de gracias, de carácter por
supuesto religioso, muy semejante al que se celebraba en Jerusalén en más o menos el mismo tiempo.
El historiador
deuteronomista, fanático del monopolio religioso jerosolimitano, no podía menos
que escandalizarse con las medidas
religiosas tomadas por Jeroboam con el propósito de fortalecer la resistencia
del pueblo israelita frente a las embestidas ideológicas de sus antiguos
opresores y de los que desde dentro se
vieron afectados con su política defensiva. Pero el ataque mayor se centró en
la colocación de las imágenes de los toros en los dos santuarios nacionales y
en los santuarios locales, llamados «lugares altos».
La razón para ello
podemos entenderla como injustificada desde un punto de vista estrictamente
religioso, pero sí comprensible desde el punto de vista político. La mentira,
la falsedad, la calumnia, que siempre han caracterizado a todo intento contrarrevolucionario a través
de la historia humana, tuvo su expresión en este caso, como lo ha tenido la
contrarrevolución en nuestra reciente historia. El lenguaje que se le atribuye a Jeroboam y los juicios en relación
con su conducta es la misma que ya comentamos en el incidente del becerro de
oro, que encontramos en el libro del Éxodo, lo cual nos habla de la traslación
de sentido que hacen los sacerdotes editores de este libro con el propósito de
reafirmar el rechazo de Jahwé al proceso liberador que protagonizaron las diez
tribus norteñas de Israel lideradas por el revolucionario Jeroboam. En Reyes
leemos una y otra vez, hablando de Jeroboam,
«el hombre que hizo a Israel pecar», que le dijo al pueblo: «He aquí tus
dioses, oh Israel, los cuales te
hicieron subir de la tierra de Egipto».
Todo esto no era más que juicios mal intencionados fundamentados en mentiras calumniosas. El historiador de la propaganda
anti-israelita, víctima y a la vez victimario, expresa juicios que son
altamente dudosos que respondan a la verdad sobre el sentido profundamente religioso
y fiel a Jahwé de la política asumida por Jeroboam. Los becerrros de oro
situados en los santuarios no tenían el lúgubre propósito que les endilga el
historiador deuteronomista, sino todo lo contrario. Lo que hizo Jeroboam fue rescatar una vieja tradición israelita,
como se hace bien evidente en la tradición conocida como la elohísta, en la cual se concebía a Jahwé invisiblemente presente detrás de
un toro joven. Este símbolo, tal como afirma el erudito bíblico W. F. Albright
y ratifica B. W. Anderson, «no es más
idolátrico que la representación igualmente simbólica de Jahwé en el templo de
Salomón como una invisible presencia entronizada sobre los querubines». Por otro
lado, Siquem, el lugar que Jeroboam escogió como su capital, está
muchísimo más de acuerdo y responde mucho más a la historia del pacto entre
Jahwé y el pueblo de Israel como su pueblo que la pagana Jerusalén. La
intención de Jeroboam, el gran opositor de las prácticas idolátricas en que
había caído Salomón y su corte, no tuvo ninguna idea de introducir adoraciones
a nuevos «dioses», mas bien su intención fue la de renovar la devoción de su
pueblo al Dios del Pacto.
¿Se hace necesario ahora
insistir en el sentido oculto que se escondía detrás de la narración que
encontramos en Exodo 32, en el cual se condena como apostasía la erección del
altar del becerro de oro, el mezclar el
hecho con la consabida «traición de Aarón a Moisés», el juicio severo de
Moisés, el héroe de la gesta liberadora y la condenación clara y específica de
Jahwé en contra del pueblo de Israel por el becerro y la fiesta celebrada al ser inaugurado el altar, amén de la
consagración de los levitas como sacerdotes en base al costo social del
exterminio de miles de hombres, mujeres, niños y niñas del común del pueblo si
consideramos, a su vez, el castigo de Dios anunciado por el «profeta que viniendo de Judá amonestó a
Jeroboam» y le pronosticó la muerte de su pueblo?
Creemos que al terminar
la lectura de este ensayo sería bueno que el lector volviese a una de las
primeras páginas y leyese de nuevo el rosario de preguntas que planteamos como
introducción a este estudio que seguramente tendrán un mayor sentido y entenderá mejor la intención que
nos ha animado.
Varadero, febrero del 2001
LA TEOLOGÍA CUBANA:
UNA MIRADA A SUS APORTES Y DESAFÍOS
DESDE LA SEGUNDA GENERACIÓN
por
Noel Fernández Collot
1. Introducción
Me sorprende que los organizadores de este
evento sitúen en el programa a la teología cubana como algo pasado, aunque
dejara entre nosotros logros que representan desafíos. Quizás no fue su
intención, pero en mi percepción se presenta como algo acabado, concluido, es
lo que el giro idiomático usado en la temática está sugiriendo con la
utilización de algunos verbos en pasado: “lo que nos ha dejado la teología
cubana, cómo respondió a su contexto, aportes y desafíos…”
Siendo así, tengo que plantearme algo de
historia de mi propia experiencia de fe sobre una teología cubana, para poder
entonces determinar si existe o no existe, si de haber existido lo que aportó
al pensamiento y a la acción de los cristianos cubanos o de lo contrario
replantearnos su pertinencia y formalización.
2. Antecedentes
históricos
El triunfo de la Revolución Cubana en enero
de 1959, al decir de muchos cristianos, nos llegó cuando no contábamos con una
teología que supiera interpretar los cambios sociales, económicos y políticos
que un evento de tal envergadura llevaba implícito.
Entonces los que ya formábamos parte de la
Iglesia cubana estábamos formados bajo una concepción de Dios que nos había
sido transplantada del Norte. Era más bien interpretación “pietista” que
inmovilizaba la acción y que nos sumía en un aletargado espiritualismo
desprovisto de compromiso y de vida. Tan es así, que en los primeros años del tiempo
revolucionario no encontrábamos sustrato teológico para una opción a favor de
la justicia social, el bienestar colectivo y la lucha por el progreso.
Esta incapacidad teológica hizo que mi
generación se dividiera en tres grandes grupos: los que no podían vivir el
fenómeno revolucionario, porque no se podía ser cristiano en una sociedad
socialista y prefirieron marcharse a otras latitudes; los que preferían
abandonar la fe y las iglesias y sumarse a la corriente ateísta en boga y que
les brindaría, así decían muchos, oportunidades de estudio y trabajo sin
contratiempos ni discriminaciones. Afortunadamente hubo un tercer grupo, entre
los que nos encontramos algunos de los que aquí estamos, que prefirió quedarse
dentro de la Iglesia y mantener firme sus convicciones. No pasó mucho tiempo
para que ese “remanente” se fragmentara en dos. Unos que convertirían a la
Iglesia en un gran gueto, aislándose de los quebrantos del mundo, de la
participación social y asumiendo la fe como “opio”. Los otros, los que preferíamos
mirar “del sol la luz” y hacer todo lo que fuese posible porque “la Iglesia
fuese la Iglesia” y asumiera su papel profético al lado del bien, de la
justicia y el progreso, tomando partido.
Dejemos a un lado a los grupos anteriores
para referirnos a la teología de estos últimos, los que queríamos transformar
la Iglesia y la sociedad en algo que se correspondiera plenamente con los
postulados de la fe, con las enseñanzas de Jesucristo, pero que lamentablemente
no contábamos con el instrumental requerido. De nada nos servían las lecciones
aprendidas en la Escuela Dominical, casi siempre procedentes de la Casa
Bautista de Publicaciones de El Paso, Texas, preñadas de concepciones
anticomunistas y pro american way of life,
caso concreto entre los de mi denominación, pero no ausente en otras. Por otra
parte, los que tenían alguna formación teológica no contaban con el
instrumental requerido; la que habían conocido respondía a intereses foráneos,
a prácticas introducidas, no siempre iguales a la de los centros de supremacía,
sino adaptadas, adecuadas a los métodos de dominación que se nos imponían por
las Iglesias madres.
Por favor, que quede claro que no quiero
decir que todo lo que nos vino de las agencias misioneras fuese incorrecto,
retardatario y negativo, sino que las concepciones teológicas que implantaron
en nuestro suelo no se correspondían con la historia cubana, con el maravilloso
surgimiento de las iglesias evangélicas en Cuba, patrióticas y mambisas, ni
tampoco con las raíces de mestizaje y sincretismo de nuestra cultura.
3. Una teología de
alborada
Precisamente cuando mi generación buscaba
una interpretación de Dios que sirviera a los ideales de una nueva sociedad, en
un esfuerzo comunitario por el bien y la justicia, el Movimiento Estudiantil
Cristiano (MEC), de forma visionaria y con la eficaz ayuda de la Federación
Universal de Movimientos Estudiantiles Cristianos (FUMEC), hizo llegar a Cuba
un módulo de textos teológicos que abriría una nueva vertiente entre los
jóvenes inquietos de mi época.
Aquellos libros fueron repartidos en todo
el país y así fue como el pensamiento de Dietrich Bonhoeffer, Emil Brunner y
Karl Barth, entre otros, impactó por una concepción de Dios abierta, positiva y
contextual.
No se trataba de una teología cubana, pero
sí de una buena experiencia europea que podría ser, y de hecho lo fue, adaptada
a las condiciones que requeríamos. Considero que aquella inyección fue
adecuada. Ella, entre otras experiencias, logró apaciguar la ya divulgada
Teología Modernista.
Muchos de los jóvenes de la generación que
represento habían encontrado en el pensamiento teológico modernista una fuente
novedosa de Dios y su implementación había chocado violentamente con el
pensamiento conservador de nuestras iglesias y líderes. No soy quien para
evaluar tal teología. Creo que la misma fue valiosa en el intervalo de las dos
guerras mundiales en Europa y que uno de sus exponentes, Albert Schweitzer, la
hiciera aceptable, admirable y “asumible” por gran número de cristianos. Que fuese
experiencia de fe y comprensión de Dios de un hombre que lo dejó todo: fama,
posiciones, recursos y vida por atender a los enfermos de Lambarené, en el
Centro de África, habla muy alto del concepto de Dios. Pero lo que fuera válido
para la Europa de la primera mitad del siglo XX, no necesariamente sería
aplicable a un pueblo en revolución, a una nación del mal llamado Tercer Mundo
y de una fuerte dependencia del pietismo teológico proveniente de las agencias
misioneras fundacionales.
Sin embargo, el pensamiento
teológico –también europeo— que nos llegó gracias al MEC nos traía un concepto
diferente. El de una Iglesia militante y comprometida con su contemporaneidad,
de una Iglesia que interpretaba a Dios en medio de la reconstrucción de la
posguerra y que conocía los abismos que se abrieron entre los dos mundos en
pugna: el socialista europeo y el capitalista occidental.
4. Una teología cubana
Sin ser experto en la
materia, sino hablar solamente desde una posición de experiencia propia,
autodidácticamente también, creo que se comenzó a hacer teología cubana con dos
textos que al menos a mí me ayudaron mucho no solamente a entender el
pensamiento y la acción de Dios en los tiempos, a conocer su kairos, sino también a fundamentar mi
opinión política. Me refiero primero al ensayo del doctor Sergio Arce, “La
misión de la Iglesia en una sociedad socialista” (agosto 1965), y el segundo
debido al reverendo Francisco Rodés, “Vigencia del mensaje de Cristo para
nuestra acción” (1971).
Creo que sin una lectura, estudio y
análisis de ambos materiales no pudo haber, al menos en la experiencia de los
que luego creáramos un movimiento como fue la Coordinación Obrero Estudiantil
Bautista de Cuba (COEBAC), y que integráramos el movimiento ecuménico cubano
desde el Consejo de Iglesias, una teología contextual y cubana. Era
indispensable la ubicación histórica y el análisis coyuntural para entonces y
no nunca antes de entender a Dios, ver su acción salvífica y redentora en la
historia humana.
No creo que el hecho de mencionar a dos
autores pueda excluir a otros. Desde Santiago de Cuba primero y luego desde
Matanzas, el doctor Adolfo Ham se esforzó en preparar a pensadores críticos
que, oyendo el análisis de otros muchos siempre citados por él, pudieran
retener lo bueno y hacer sus propias fundamentaciones de Dios y su quehacer
histórico. En Camagüey, un cura de aldea, el venerable Juan Ramón de la Paz,
proclamaba e invitaba a una teología práctica que estaría dada y compartida en
la acción de cada día, en el abrazo solidario con el otro, en el trabajo
creador en la integración a las acciones concretas de la comunidad. Sin
sistematizar el pensamiento la propuesta camagüeyana, a veces olvidada
históricamente, muchas veces desconocida, era una novedosa forma de hacer teología,
nada academicista pero sí bien fundada en los pilares de la entrega y el
servicio.
Creo que sería muy injusto desconocer el
pensamiento teológico con fuerza martiana que trajera, en los momentos más
difíciles de nuestro quehacer teológico cubano, un pensador como el doctor
Rafael Cepeda. Fue él quien nos enseñó a leer a Martí, a nuestros próceres, a
nuestros “misioneros patriotas”, a ver que la teología que precisábamos tenía
que estar cimentada en una historia de rebeldía, luchas y contratiempos, pero
coronada por el Dios-compañero que camina al lado de los que sufren y padecen.
Siendo así el cúmulo de los teóricos y los
prácticos que nos ayudaron a fundamentar nuestras posiciones hay, pues, una
teología cubana, no totalmente sistematizada, tampoco academicista y en muchos
casos desconocida en las más de nuestras instituciones teológicas.
5. La teología de un
pueblo liberado
Cuando llegan a nosotros los textos de
Gustavo Gutiérrez, José González Faus, Jon Sobrino, Ignacio Ellacuría y
Leonardo Boff, entre otros, con su sabia interpretación del éxodo, con sus
planteamientos de una teología latinoamericana pertinente, adecuada,
imprescindible para los hermanos y las hermanas al sur del río Bravo, ya los
cubanos habíamos comenzado un análisis de nuestra propia realidad, y sin
sistematizarla adecuadamente, repito, vivíamos la interpretación de Dios que
era necesaria a nuestra experiencia de fe.
Para nosotros el liberarnos del Faraón,
emprender el camino del desierto, el caminar esperanzadoramente hasta la tierra
prometida ya no era un ideal de futuro, sino una opción de presente y una
caminata que se efectuaba en cada lucha popular, en cada agresión de los
enemigos, en cada discriminación que sufríamos de las estructuras dominantes.
Ya nosotros no requeríamos la liberación que planteaban los exponentes del Sur,
lo que requeríamos era el análisis y la reflexión de lo que correspondería a
una Iglesia liberada de la opresión, del dominio imperial, de las fuerzas
destructoras del capitalismo y la competitividad. Era imprescindible la
teología del pueblo liberado.
Recuerdo haber oído en más de una
oportunidad a los que contribuyeron a nuestra formación teológica, hacernos un
llamado a la realización de un concepto teológico propio, ni europeo ni sudamericano
ni norteamericano, sino cubano. No sé por qué siempre hemos sido tan proclives
a la copia de patrones. Nosotros que somos un pueblo único y muy especial, pero
indudablemente que los patrones de conducta que se nos impusieron a través de
la conquista neocolonial de la Iglesia cubana por las juntas domésticas de las
Iglesias madres de los Estados Unidos nos lastraron tanto que hasta reconocimos
la realidad de que una teología exterior podría sernos útil.
6. El final de la
Historia
La desaparición del campo socialista y la
desintegración de la Unión Soviética trajeron por consecuencia un cambio
sustancial en todas las esferas de nuestro país. La teología no estuvo ausente
de este terrible momento. Algunos tal vez pensaron en revivir la Teología de la
Esperanza, aquella que fuera fuerte, deseable y adecuada en la Europa de
posguerras, pero ello sería nuevamente una transposición.
Para otros surgió entonces la teología de
la desesperanza. Los “alumbrones” algunas horas, la falta total de transporte,
la carencia de alimentación, la pérdida de valores, las nuevas agresiones de
los enemigos, parecería como que Dios había muerto, y con ello la esperanza.
Un trabajo del ya en la presencia del
Señor, licenciado Obed Gorrín, con gran énfasis en la esperanza, marcó un nuevo
hito en la poca literatura de la época. Era una fundamentación
bíblico-teológica del Dios presente.
Me hubiera gustado que
entonces el doctor Arce hubiera escrito algo que pudiera haberse llamado “La
misión de la Iglesia durante el Período Especial” que, como su anterior reflexión a la que hicimos referencia,
marcara el pensamiento y la acción de los cristianos en un momento tan agónico
de nuestro acontecer nacional. No lo hizo, pero creo que vale decir que tampoco
nos abandonó, ni él ni los otros pensadores cubanos que comenzaron a replantear
la situación términos de teología.
El hecho de que el “período especial”
estuviera unido a la apertura hacia la fe y los cristianos, dada por los
acuerdos del Cuarto Congreso del Partido Comunista de Cuba y la reunión de
Fidel con líderes de las iglesias evangélicas, nos hizo entender la situación
con un sentido esperanzador.
7. Algo que lamentar
El crecimiento de la Iglesia en Cuba, en
comentarios que he escuchado del Muy Reverendo Oden Marichal, “en diez años lo
que antes se hizo en cien” trajo aparejada una nueva complejidad: la falta de
preparación para analizar el proyecto de Dios para la historia humana. La
teología vino, en mi concepción, a ocupar
un lugar ínfimo en la preocupación de las iglesias y de los creyentes.
El período de la década de los noventa fue
el tiempo para hacer crecer la Iglesia, para vigorizar las instituciones, para
reasumir relaciones con el Norte, para “proselitar” en muchos casos y para
defender posiciones denominacionales.
Aquella teología cubana contextual, pobre
pero profunda, fue rechazada y los valores del individualismo, el sectarismo y
el conservadurismo, ahora sin la influencia “pietista” volvieron a resurgir y
entonces con mucha más fuerza.
Es una nueva teología cubana bajo la cual
se encuentran las posiciones de las Iglesias madres. Tal vez algunos no quieran
llamarla teología cubana, pero lo es porque la hacen los pastores, líderes y
pensadores cristianos con sede en Cuba, aunque con pensamiento allende el mar.
8. Qué encontramos ahora
De una parte siguen los “profetas”, quienes
como en los tiempos del Antiguo Testamento luchan frente a los males del
entreguismo, del anti-Dios, de la idolatría; es lamentable que son, o
permítanme decir somos, los menos, pero hay una condición que no ha cambiado,
nonos cansamos ni nos sentimos derrotados por seguir interpretando el proyecto
de Dios para nuestro vivir cotidiano, de hacer teología a lo cubano, antes
hemos vivido momentos peores.
A la par va reforzándose una teología con
transplante o sin ellos, donde resaltan los neopentecostales, los mesiánicos,
los apostólicos, los de la prosperidad y otros. Todos con sus propias
concepciones teológicas, dije propias porque no he encontrado otra palabra, tal
vez la haya, pero prefiero dejar la empleada. Sin embargo, son todos ellos
cortados por la misma tijera: enemigos del progreso social, de la paz con
justicia, del bienestar colectivo, de la construcción del Reino, de la
iglesia-pueblo, de la lucha por los derechos de los seres humanos, de la
iglesia comprometida con la historia.
Es complicada y algo movediza la arena
teológica que pisamos, por qué no decirlo. Los intereses creados, el dominio
del dios-dólar que, aún devaluado y cambiado por el peso cubano convertible,
sigue dominando el pensamiento “teológico”, y lo entrecomillo, de muchos que
siguen diciendo como los billetes de factura estadounidense “In God We Trust”,
pero intercalando entre la primera y la segunda palabra “this”.
9. Qué hacer
Buscar entre todos los que queremos una
opción de Dios comprometida, la requerida unidad en medio de la diversidad.
Dejar de lado las susceptibilidades, discrepancias y retóricas, para unirnos en
la búsqueda y subsiguiente sistematización de una teología cubana que
represente nuestro quehacer histórico y las ansias del pueblo al que nos
debemos y del que formamos parte indisoluble.
Educar a nuestras iglesias en una lectura
de las Sagradas Escrituras que nos haga entender el proyecto histórico del
reino de Dios en medio de los tiempos en que vivimos. Ubicar la centralidad del
mensaje bíblico en nuestros cultos y sin descuidar el valor de la adoración y
la alabanza retornar a la esencia del quehacer teológico de los Reformadores en
que la Palabra era la espina dorsal del culto público.
Mirar con más intensidad al Sur. Entender
que la teología cubana tiene muchos más puntos de coincidencia y de realización
con las experiencias de nuestros hermanos y hermanas que sufren también los
apretones de la dominación del Norte, el abuso del saqueo de sus riquezas y la
discriminación.
Intensificar el amor como motor impulsor de
nuestro accionar. El Dios que debe sustentarse en la teología cubana debe ser
más el Dios-Amor que el Dios-Justicia, por ser el primero el que nos revela la
encarnación de Jesucristo.
Tener en consideración que no somos “una
isla”, que no estamos solos y que el quehacer de la teología no es nada
potestativo de líderes burocráticos o académicos trasnochados, sino un quehacer
de todo un pueblo de creyentes en Jesucristo.
Por último, y no por ello menos relevante,
el esfuerzo por desterrar de nuestro suelo toda concepción de Dios centrada en
el pensamiento fundamentalista. Esto no implica el vivir en una liberalidad
ética que nos cause el rechazo y la crítica de los más conservadores de nuestro
pueblo cristiano, sino el entender el proyecto de Dios sobre la base de la
libertad en que fuimos creados.
10. A modo de
conclusiones
La teología cubana sí que ha existido y
existe; si su sistematización no siempre ha tenido el auge que se requiere y no
ha logrado impactar a todo el pueblo de Dios en Cuba, su alcance, y sobre todo
su colaboración al desarrollo y conservación de los valores de la fe en Cuba,
es significativamente loable.
Nuestra teología ha tenido que debatirse
siempre por el impacto de las culturas teológicas de dominación, pero el tiempo
–especialmente de los últimos cuarenta años— nos enseña que es oportunidad ya
para la creatividad propia y autóctona.
Es imprescindible seguir trabajando en la
concepción teológica que se requiere para una época tan conflictiva como la que
vivimos, aunque signada en los últimos días por un vuelco a la esperanza en los
valores propios.
Si hace veinte años el
libro “Fidel y la Religión” abrió el diálogo a nivel popular en todo el país
sobre a pertinencia de la fe; si el diálogo del 2 de abril de 1990 puso en la
primera plana de los medios masivos de comunicación la validez de la fe y la
apertura para el desarrollo de la misma, ahora que una vez más el Presidente de
nuestro país plantea la fe como una opción personal y libre, los teólogos, o
mejor todo el pueblo de Dios, está llamado a que el quehacer teológico sea
cubano, cubanísimo, con el bien y la justicia, con el amor y la esperanza, con
el bienestar y el progreso.
Ciego
de Ávila, 12 de abril de 2005
EL QUEHACER TEOLÓGICO CUBANO.
UNA MIRADA A SUS APORTES Y DESAFÍOS DESDE LA TERCERA GENERACIÓN
por Ary
Fernández
Mis primeras palabras son, como siempre,
palabras de agradecimiento a los organizadores de este necesario foro de
discusión teológica por la invitación que me han hecho a compartir o
entrecruzar algunas ideas y percepciones acerca de la teología cubana y, más
concretamente, de sus aportes y desafíos, como parte de la aquí llamada tercera
generación de gente que intenta hacer teología desde Cuba.
Debo comenzar diciendo que el tema no es
nuevo. En los últimos tiempos he participado o he escuchado de encuentros,
talleres o reuniones donde se ha abordado este tema e incluso se ha cuestionado
si en realidad pudiera hablarse de una teología cubana. Sin embargo, lo que
hace, a mi juicio, al tema algo novedoso en esta oportunidad es, en primer
lugar, el acercamiento al mismo desde varias perspectivas, sobre todo desde el
punto de vista generacional. En segundo lugar habría que mencionar la dinámica
que ha ido alcanzando el contexto en el que estamos, nos movemos y somos, o lo
que es lo mismo, la cotidianidad más cercana. Nunca será lo mismo hacer
referencia al quehacer teológico cubano de hace dos años y al de abril del
2005, sencillamente porque la realidad no es exactamente la misma, ha cambiado,
es otra. Por esa razón considero que este no es un encuentro más, creo que es
un momento importante para el diálogo y el desarrollo del pensamiento teológico
cubano y por eso he aceptado la invitación y el reto.
Soy de los que considera que es lícito
hablar de un quehacer teológico cubano, si es que por teología y por quehacer
teológico entendemos el intento serio y honesto de repensar la fe y la práctica
de la Iglesia desde una realidad particular y concreta, en este caso, la
cubana. Por supuesto que con esto no estoy negando que esta teología o este
quehacer teológico haya tomado prestadas herramientas y categorías de análisis
provenientes de otros contextos, de lo cual, dicho sea de paso, nadie ha podido
escapar. Pero tampoco se podrá negar que ha habido elementos originales dentro
del pensamiento teológico cubano, y que dicha originalidad no viene dada
únicamente por el aspecto formal, es decir, por el estilo o la forma de exponer
el discurso, sino por algo más profundo: 1) por la propia originalidad del
contexto desde el cual surge este quehacer; 2) por la manera de emplear esas
categorías de análisis, principalmente filosóficas, a fin de tratar de dar
cuenta de la realidad socioeconómica y política que se está viviendo y
articular, en consecuencia, un discurso teológico que oriente una práctica
eclesiológica; 3) por los contenidos que se le asignan a conceptos teológicos
fundamentales: encarnación, salvación, santificación, pecado, etcétera, y que
rompen con una interpretación tradicionalista de los mismos, justamente para
dar cuenta de esa nueva realidad social. Es decir, no sólo para entenderla
desde el punto de vista teológico, sino –como diría Ellacuría—para hacerse
cargo de ella desde el punto de vista práctico. Todo esto para decir que estoy
partiendo del presupuesto, quizás errado, de que existe un quehacer teológico
cubano con independencia de cuáles sean las cotas cronológicas que le atribuyamos.
Ahora bien, con lo que sí no estoy de
acuerdo es con que se pueda hablar de una teología cubana monolítica, por muy
importantes o emblemáticas que hayan sido y continúen siendo determinadas
figuras dentro de ese pensamiento. No creo que haya habido ni antes ni ahora
una teología cubana homogénea o monolítica. Es más, no me gusta hablar de
teología cubana porque me da la impresión de que se trata de algo ya
establecido, acabado, concluso, listo para ser exhibido como objeto de crítica
o de aprendizaje. Prefiero hablar de quehacer teológico, porque me parece que
transmite más la idea de un proceso abierto, inconcluso, inclusivo, dinámico,
siempre en transformación y enriquecimiento. Por eso digo que más que una
teología cubana monolítica u homogénea, ha habido y existe un quehacer
teológico que se ha dado a diferentes niveles y en diferentes direcciones o a
través de diferentes corrientes, con una no siempre muy clara retroalimentación
entre unos y otros niveles y corrientes. No obstante, reconozco que resulta muy
difícil no dejarse atrapar en el análisis por el influjo de estas figuras que
se han tornado emblemáticas y que de una u otra forma han marcado los
derroteros por los que se ha encausado dicho pensamiento o quehacer. De manera
que dejando claro el presupuesto del cual estoy partiendo y para no desentonar
voy a referirme básicamente al pensamiento teológico más académico y que quedó
registrado bibliográficamente con un apreciable nivel de articulación y
sistematización.
Independientemente de que puedan señalarse
otros muchos aportes y que de hecho, con toda seguridad, ya se han mencionado,
quisiera hacer alusión a tres aportes que en mi opinión se convierten, al mismo
tiempo, en tres desafíos para el quehacer teológico cubano actual a todos los
niveles, desde el llamado académico o profesional hasta el que se da en
nuestras comunidades eclesiales locales o de base.
-1-
En primer lugar permítaseme reiterar lo que
he señalado en otras ocasiones. Lo mejor del pensamiento teológico cubano ha
estado caracterizado, entre otras cosas, por su rigor académico o científico,
aún cuando haya sido expresado en poesía. Un rigor que se aprecia tanto en el
abordaje de los temas teológicos propiamente dichos como en la articulación de
estos con el análisis social. De igual forma hay que destacar el carácter
polémico de dicho pensamiento así como su ya apuntada originalidad. Me parece
que ese ha sido un aporte importante de buena parte del pensamiento teológico
cubano y que deberíamos recibir hoy como un legado y al mismo tiempo como un
desafío.
No creo que el quehacer teológico cubano
actual pueda dar cuenta de la realidad y hacerse cargo de ella en los términos
en que lo hemos expresado si no es a través de un pensamiento profundo, crítico
y de un análisis que renuncie a todo esnobismo, superficialidad e ingenuidad en
el tratamiento de los temas de su competencia. Para ello, y es algo que tomo
como un desafío personal, este pensamiento no tiene que recurrir como medio de
expresión a un lenguaje falsamente académico que, intentando alcanzar rigor
científico, roce con la pedantería de un barroquismo postmoderno injustificado.
Recuerdo las palabras de mi profesor Reinerio Arce en la dedicatoria de uno de
los libros de Moltmann que me regaló. Decía él: “Entre las muchas cosas que
Moltmann me enseñó es que el teólogo puede ser profundo en el pensamiento y
sencillo en el lenguaje”.
Tampoco creo que lo pueda hacer si no es a
partir de un pensamiento que genere el debate y participe activa y
desprejuiciadamente en él. La historia del pensamiento cristiano nos ha
demostrado que el desarrollo de la teología se hizo posible, entre otras
razones, por la polémica siempre presente entre la ortodoxia por un lado y la
heterodoxia y la herejía por el otro. No puede haber, a mi juicio, una teología
o un quehacer teológico que se pretenda o asuma auténtico y liberador y no
admita el disenso o no promueva el diálogo o el debate. Sólo de esa forma
estará en condiciones de ser un pensamiento o un quehacer teológico original y
no repetitivo en el mejor de los casos, para no decir anacrónico u obsoleto. En
primer lugar porque no puede haber originalidad sin creatividad, o lo que es lo
mismo, sin una ejercitación libre del pensamiento. En segundo lugar, porque la
originalidad, en teología, no está dada en primer término, como ya hemos
apuntado, por la invención de neologismos o por la pretensión de descubrir lo
que ya seguramente los padres de la Iglesia dijeron y escribieron con mucha
mayor precisión que la nuestra, sino por la capacidad que tengamos de dejarnos
interpelar y cuestionar por el contexto para interpretarlo a la luz de nuestra
fe en el Evangelio –y todo acto hermenéutico o de interpretación es un acto de
libertad creativa— e intentar transformarlo y transformarnos en consecuencia.
Siempre escuché en las clases de teología que mientras más contextual sea ésta
más universal se torna. A ello podría añadirse que mientras más contextual, más
original se vuelve y, por tanto más clásica o universal se hace.
-2-
Otro de los aportes
importantes de este quehacer teológico cubano es que fue desde sus comienzos un
pensamiento teológico explícitamente político. En otras palabras, fue un
pensamiento que dotó, o mejor aún, devolvió a conceptos teológicos y dogmas
fundamentales de la fe cristiana un contenido político que había sido ocultado
o negado por teologías de corte más intimista e incluso, liberal burgués. Aquí
aclaro, me estoy refiriendo a lo político en el sentido de relaciones de poder,
de confrontación y lucha de clases, de orden o estructuración social. Aunque en
la línea de otras teologías también llamadas políticas como la de la liberación
en Latinoamérica, la alemana, representativa del primer mundo, y las que se
desarrollaron en algunos países socialistas de Europa, no cabe duda de que el
quehacer teológico cubano significó en este sentido un aporte educativo notable
no sólo para una Iglesia que aprendía y apostaba a desarrollar su misión en un
contexto sociopolítico y económico radicalmente diferente, sino para un movimiento
ecuménico de teólogos, intelectuales y revolucionarios latinoamericanos y
tercermundistas que veía en este pensamiento teológico un valioso instrumento
de crítica ideológica y teológica al capitalismo y a su expresión más perversa:
el imperialismo estadounidense.
La limitación estuvo, a mi juicio, en que
este pensamiento o quehacer teológico se concentró tanto en la crítica al
capitalismo que olvidó o no le concedió importancia –al menos esa es la
impresión que da— al hecho de que el socialismo es un sistema socioeconómico
también susceptible de ser criticado, incluso políticamente, en el sentido en
que estamos empleando el término. Es decir, en el socialismo también se dan
relaciones de poder que generan y expresan pecaminosidad no sólo desde el punto
de vista individual, sino social y estructuralmente hablando. En el socialismo
se dan también conflictos de clases y grupos sociales, existen contradicciones,
en mi opinión antagónicas, desde el punto de vista económico y sin duda alguna
no hemos llegado tampoco con él al fin de la historia. Me parece que faltó
–habría que analizar más profundamente las razones— una crítica teológica
constructiva desde el adentro que
hubiese hecho todavía más contundente y creíble la crítica de el afuera.
El desafío para el actual quehacer
teológico sería entonces, desde mi óptica, tratar de rescatar la dimensión
política, que es inherente a los orígenes del cristianismo y a la historia del
pensamiento cristiano, aún cuando muchas veces se haya querido invisibilizar, y
desplegarla entonces en todas direcciones o en todos los frentes de lucha por
la reivindicación de los derechos, pero de manera que ni el sujeto ni el
discurso teológico resulten atomizados.
-3-
En tercer lugar, considero que un aporte
importante de ese quehacer teológico –propiciado justamente por el contexto en
el que se origina— es que, a diferencia de la teología latinoamericana de la
liberación, aquí el lugar teológico no va a ser el pobre o la víctima,
sino el propio proceso de transformación social, la Revolución, que
persigue precisamente eliminar la condición de pobre y de víctima. En todo
caso, diría este pensamiento, somos pobres y víctimas como resultado de la
agresión criminal de un sistema que no acepta que haya una alternativa a él y
mucho menos tan cercana geográficamente. O sea, que el aporte en ese sentido
apunta hacia el hecho de que la teología cubana, especialmente en las primeras
tres décadas del proceso revolucionario, contó con la posibilidad de ser un
discurso positivo, no desde lo que se quiere negar, sino desde y acerca de lo
que se quiere construir. Tuvo la posibilidad de acompañar teológica y
prácticamente a un proceso de cambio y construcción de una alternativa en el
orden social. ¿Hasta dónde se logró lo uno y lo otro? Es algo que se podría y
debería discutir. Pero creo que cuando uno compara esto que he mencionado con
el discurso de la teología de la liberación uno percibe que aquí hay un aporte
o, por lo menos existió la posibilidad de ofrecer una contribución no sólo al pensamiento
teológico más comprometido con la realidad del Tercer Mundo, sino a la propia
Izquierda internacional, en términos de reflexión a partir de una experiencia
concreta.
El desafío para mí radica en el hecho de
que todavía tenemos nosotros, los cubanos y las cubanas, la posibilidad de
construir algo mejor ética y humanamente hablando de lo que se ha podido
producir hasta ahora. Aclaro que aquí no estoy haciendo una referencia
básicamente a lo intelectual, sino principalmente a lo social. Creo que esa
frase de que “Otro mundo es posible” guarda en sí misma una gran verdad, y no
creo que pueda ser utilizada únicamente como utopía para alimentar el
romanticismo o la ingenuidad de las grandes masas de gente oprimida. Otro mundo
es posible, ya lo habían avizorado los profetas de Israel y un campesino sin
tierra judío de Nazaret llamado Jesús. Otra realidad social se puede construir
y los cristianos y las cristianas cubanas tenemos mucho que hacer y que decir
en ese sentido. Pero, repito, tiene que ser a través de un ejercicio de
pensamiento, de diálogo, de debate abierto, libre, creativo, crítico y sobre
todo, muy contextual. Y, por supuesto, a través de una articulación coherente
de esa reflexión con una práctica transformadora, creadora, liberadora.
Finalmente, creo que los principales
desafíos para el actual quehacer teológico no provienen tanto de la teología
cubana precedente, como sí de la realidad que estamos viviendo y de la que está
esperando a que la construyamos. Por eso voy a repetir para concluir algunas
temáticas que más que necesario, considero que su abordaje se torna
impostergable:
a) La
misión de la Iglesia en una sociedad socialista en el actual contexto tomando
como referente más directo la práctica diacónico-profética del movimiento de Jesús.
b) Una
antropología teológica que tenga en cuenta al ser humano como una criatura con
derechos y responsabilidades en tanto imago
Dei.
c) Una
reflexión crítica en clave escatológica en torno a las utopías y las
alternativas sociohistóricas.
d) Una
reflexión acerca del trabajo como fuente de espiritualidad teniendo en cuenta
la existencia en nuestra sociedad de trabajo alienado y alienador.
e) Una
crítica a la retórica de la sacrificialidad empleada por el discurso teológico
y político como instrumento de dominación.Ω
* Ponencia
presentada en el Encuentro Intergeneracional de Teología, celebrado en La
Habana los días 14 y 15 de abril de 2005.
Desafíos a
las teólogas y a los teólogos de mi generación
por Cira María Díaz Marrero
Después de escuchar a nuestros grandes
leviatanes, recuerdo a Job 41: “¿Sacarás
tú al leviatán?” ¿Podrás tú? Pero, como oímos decir muchas veces en el aula
‘Dios es nuestro gran problema’. Por eso estamos aquí. Cuando oí esta frase por
primera vez, pensé que era algo ilógico, pues tenía a Dios situado en tiempo y
espacio, con características bien definidas, con nombre y cualidades: Dios es
omnisciente, omnipotente, y más "entes" que sabía de memoria. ¿Cómo
podía ser Él nuestro problema?
El andar cotidiano me ha hecho comprender
que realmente Dios es nuestro gran problema. Él es quien vela nuestro sueño, y
nos despierta intranquilos. Precisamente, fue Él, el revoltoso que se le
apareció a la Virgen para hacerle concebir un hijo sin padre, el que sorprendió
a los pastores con una buena noticia y los sacó del campo a media noche. El que
hizo andar a los magos hasta encontrarle. Quien hizo a una estrella alumbrar de
manera especial, estrella que alumbró el lugar de salvación. En pleno siglo XX,
cuando el Cristo, el Salvador, se anunciaba en el mercado, cuando lo buscábamos
con brújula mirando un punto cardinal específico, nuestra patria cubana tuvo el
privilegio de ser alumbrada por estrellas, que han apuntado a lo largo del
camino el lugar de la encarnación. Estos leviatanes han sido estrellas. Algunas
veces, como los magos, nos hemos dejado guiar por su luz. Otras, hemos sido
Herodes, averiguando todo lo que tiene que ver con la aparición de las
estrellas, para destruir toda evidencia del Dios que viene a desestabilizar
nuestro trono. Hayamos sido magos o
hayamos sido Herodes, tenemos que
reconocer a nuestras estrellas cubanas que en la noche oscura han guiado los
pasos de este pueblo hasta el lugar de salvación.
Y una de nuestras estrellas, para mí la
estrella de Belén, en Cuba Socialista, revista
teórica y política editada por el Comité Central del Partido Comunista de
Cuba, tiene un artículo titulado “Entereza
y Libertad. Paradigmas y tareas de la teología cubana de hoy”, publicado en
Internet, donde dice:
“Los
convencionalismos, reglamentaciones, dogmas y doctrinas que nos atan a lo ya
realizado y no nos permiten andar de manera creativa por nuevos caminos
inéditos, son signos de muerte, puesto que la vida siempre ha de conjugarse en
futuro, nunca en pasado. Por eso Jesús hubo de decir: ‘El que pone su mano en
el arado y mira hacia atrás no es digno del reinado de Dios’.” (cita de Sergio
Arce Martínez)
También la teóloga
Sallie McFague, dice:
“Las
construcciones teológicas son ‘casas’ para vivir en ellas durante un
tiempo, con ventanas parcialmente abiertas y puertas entornadas, pero se
convierten en prisiones cuando ya no nos dejan entrar y salir, añadir una
habitación o quitar otra, o, si es necesario, abandonarlas y construir otras
nuevas.
“Si ser
cristiano significa mirar hacia Dios a través de la historia de Jesús, estamos
obligados a decir de qué manera es significativa hoy esa historia.
"Las
interpretaciones pueden y deben cambiar de una época a otra, no obstante la
teóloga y el teólogo están obligados a volver a la historia paradigmática de
Jesús en busca de vacilación e iluminación".
La vida de Jesús; su
ministerio, ha sido fuente de inspiración. En ella encontramos desafíos a
nuestra generación de teólogas y teólogos cubanos.
Primer
desafío. Después de haber ayunado Jesús cuarenta días y
cuarenta noches se le apareció el tentador para cuestionar lo que Él era.
Jesús, a pesar de la necesidad, le dice: ‘No sólo de pan vivirá el hombre, sino
de toda palabra que sale de la boca de Dios’ (Mt 4,4). Este pasaje es una cita del
Antiguo Testamento (Dt 8,3), y lo que Jesús conocía de este texto era que Dios
sustentaba de manera especial en los momentos en que los seres humanos no
tenían otra alternativa. Jesús apela al pasaje, para declarar a su enemigo que,
aún teniendo la posibilidad, y siendo la vía más fácil, no va a entrar en
negocios con él, Dios proveería una alternativa. No negocia la credibilidad de
su misión, con el enemigo de la misma. A veces somos llevados de manera
misteriosa por el Espíritu, como Jesús, al lugar donde está el enemigo en
potencia.
También como nación lo hemos vivido. No hay
por qué hacer lo que al diablo se le antoje, y el diablo no tiene tarros, tiene
nombre. Las necesidades no nos pueden reducir a la ley del más fuerte. El
Dios encarnado no se dejó rendir por hambre, no se dejó cuestionar por quien
tenía deseos de verle hundido en el pantano. Nunca la alternativa será obedecer
al antojo de quien nos quiera destruir. Estamos llamados a alumbrar
en nuestro suelo, con la alternativa que Dios en su misericordia nos provea,
sin vender el alma al diablo. No bendecimos el hambre, Jesús tampoco lo hizo,
pero no se dejó chantajear por su necesidad, pues estaba convencido de su
tarea. Como teólogas y teólogos tenemos una misión dondequiera que estemos trabajando.
En medio de tantos que nos cuestionan, es imprescindible estar convencidas y
convencidos de nuestro llamado.
Segundo
desafío. Le dijo el diablo a Jesús: ‘A ti que te gusta
apelar a lo que está escrito, las piedras que no negociaste están aquí, ahora
échate a volar no hay problemas porque está escrito: Lánzate y los ángeles te
sostendrán, no te vas a escachar’ (Mt 4,6).
Que los ángeles nos sostengan y nos guarden
de las manos para que no tropecemos no significa exactamente que hay que andar
volando, evadiendo o ignorando las piedras. Aprendamos a caminar entre las
piedras, y no pretender estar volando todo el tiempo. No podemos evadir nuestra
realidad. Tenemos que aprender a vivir en medio de las adversidades. La
respuesta de Jesús en esta ocasión fue: Escrito está: “No tentarás al Señor tu Dios”. En esta ocasión recordaba a Dt
6,16 y Ex 17,7. Cuando el pueblo ante la necesidad comenzó a cuestionar: ‘¿Está Dios o no está Dios entre nosotros?’
Podemos perder de vista el blanco huyéndole
a las piedras. La presencia de piedras, no es exactamente ausencia de Dios.
Caminemos sobre las piedras y los ángeles nos sostendrán. No nos lancemos
contra ellas, ni levantemos el vuelo tan alto. Para hacer teología se necesita
el camino, y siempre habrá piedras en él.
Tercer
desafío. Promesas, garantías, ‘darte, hacerte muy
especial’, para que te olvides de toda la miseria que vives a tu alrededor.
Olvida tus compromisos, olvida tu misión, olvida para lo que te has preparado y
te ha llevado a la miseria, eres un muerto de hambre. (Mt 4,9-10). En el pasaje
de Lucas se añade que el diablo le dice: ‘A mi me dieron todo esto para que yo
lo comparta con quien quiera. ¡Quiero contigo! ¡Tú eres tan bueno, y lo
necesitas!’. Ya no le cuestiona, ahora sólo quiere que someta su sabiduría a la
de él.
Jesús apela entonces al pasaje de Dt 6,10,
cuando se le había recordado al pueblo que el tener cosas no era motivo para
olvidarse de donde Dios les había sacado. Las oportunidades, dísele Jesús,
vienen de Dios, no hay negocios contigo que quieres silenciarme a cambio de un
bulto de cosas. Cuando Jesús no aceptó ser títere, el ofensor cogió el
camino; por supuesto, dice Lucas que lo dejó por un tiempo. Teólogas y
teólogos, podemos escoger ser títeres, pero Jesús dejó por sentado, al recordar
Deuteronomio, que podemos llegar a disfrutar de cosas que ni siquiera
imaginamos, y que nos pueden llevar a la tentación de olvidar de dónde nos
llamó Dios. Cuando no podemos recordar de donde salimos, nos importa poco a
quien dejamos atrás y cuando dejamos atrás a la gente que necesitamos y nos
necesita, nos encerramos en pequeños círculos teológicos, donde se habla de un
mundo que no es el nuestro, manteniéndonos al margen de lo que se vive en
nuestro suelo y con lemas precisos: “que nadie toque nada” y “a que me mantengo
va”. Que el afán de glorias no embote nuestros cerebros. Cero enramadas. No
olvidemos de donde Dios nos llamó y a que nos llamó.
Cuarto
desafío. Jesús vino a su tierra. Todos saben cuánto uno
ama a su tierra y más cuando somos del campo. Él comenzó a enseñar a su gente.
Y ellos a escucharle muy bien: interesantísimo, el hombre es genial, qué manera
de saber, cuanto bien puede hacer (hacía milagros). De pronto, todo cambió. ‘A
este lo conocemos nosotros, es el Don Nadie, el hijo de María, este no
tiene padre, menos padrino y el que no tiene padrino no se bautiza’.
Jesús, asombrado de la incredulidad de ellos, se fue a recorrer las aldeas de
alrededor enseñando. (Mr 6,1-6). Lucas comenta que todos en la sinagoga se llenaron
de ira y lo echaron fuera de la ciudad llevándolo hasta la cumbre del monte
para despeñarle. ¿Cómo este miserable carpintero, hijo sin padre, se va a creer
cosas? Jesús se fue.
No nos dejemos estancar por la ira de los
de nuestras sinagogas; los que tenemos más cerca y se supone “mejor nos
conocen”. Hay cosas que a ellas y ellos les está vedado conocer. Solo pueden
pedir, como la madre de los hijos de Zebedeo, ‘siéntame a Juancito a la derecha
del trono y a Jacobino a la izquierda’, a los demás que se los coma el león;
que se las arreglen como puedan. Luego dice que los diez protestaron. En el
mundo de la teología también se vive el quítate tú para ponerme yo, o: el “tú o
yo”, varios no, porque me hacen sombra, entonces ni el sol me da. Donde
te desvaloren porque no tienes padre o padrino, pasa de largo, sigue el camino,
haciendo lo mejor. No te detengas.
Quinto
desafío. Trabas que el medio social, el vivir cotidiano,
nos imponen. Jesús en este pasaje le dice a Marta: ‘Marta, Marta, afanada y
turbada estás con muchas cosas’. (Lc 10,38-42).
Si es cierto que no podemos encerrarnos y
olvidarnos del mundo, porque no se hace teología fuera del mundo, también es
cierto que no podemos dejar que la rueda diaria nos muela. No se, si María
sería menos trabajadora que Marta. Lo cierto es que María supo decir hasta
aquí, es hora de sentarnos a reflexionar, a conversar, a dialogar, a aprender.
Muchas cosas nos pueden turbar y afanar y no son cosas que podemos tirar a la
basura. Las pastoras y los pastores; las teólogas y los teólogos somos gentes
ocupadísimas, a pesar de que cuando nos vean en la calle nos digan: ‘¡Estás
paseando!’ Y si nos encuentran en la casa, entonces nos dicen: ‘¡Estabas
durmiendo!’ Pero alerta: “equilibrio” Jesús fue muy celoso en eso, y de vez
en cuando le decía a los discípulos, andando que voy atrás, y así se les
aparecía justo a tiempo.
Dondequiera que estés,
criando cerdos para sostener proyectos, en la tierra colorada, sin techo,
alquilada, prestado, sin carro, cogiendo botella, empapándote hasta los huesos,
no deseches la mejor parte, de seguro “las Martas y los Martas” cederán el
paso. Cuidemos nuestro tiempo para que no se nos vuelva afán y turbación.
Sexto
desafío. Usar los privilegios que tenemos: la lectura
popular de la Biblia, las hermenéuticas. Como todo lo nuevo y proveedor de
libertad, se hace mucha resistencia a estas formas de leer la Biblia. Somos
nosotras y ustedes quienes tenemos el reto de llevarlo a nuestras comunidades.
Jesús, nuestro paradigma, vivió de rollo en rollo, cuando soltaba en la
sinagoga el rollo de la ley, el rollo de gente le iba arriba, lo atrapaba el
rollo de la vida. Pero sembró verdad, a pesar de tantos sinsabores. Leyó el
rollo, dijo que allí estaba él, que aquello hablaba de su vida y la gente se disgustó.
(Lc 4,16-30). Abrir el libro de la vida en la vida de nuestras comunidades es
nuestro reto y tenemos formas privilegiadas de hacerlo.
Dice en Mt 6,22-23: “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu
cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en
tinieblas.” En realidad, el órgano que efectúa el proceso de la visión es
el cerebro; la función del ojo es traducir las vibraciones electromagnéticas de
la luz en un determinado tipo de impulsos nerviosos que se transmiten al
cerebro. La verdadera visión supone la formación de imágenes en el cerebro. La
mirada atrás no nos permite recibir una buena imagen para trasmitir a nuestro
cerebro a fin de iluminarnos. Tenemos una historia de teología y teólogas y
teólogos. No vamos a decir que son modelos a seguir, sí fortalezas y valores
para continuar, puesto que la vida siempre ha de conjugarse en futuro, nunca en
pasado. Quiero recordar una frase de Karl Barth: “La tarea de la teología consiste en recordar a la Iglesia y en darle de
nuevo, constantemente, su razón de ser: el contenido de su mensaje.”
Teólogas y teólogos: en los negocios del
Padre nos conviene estar.
Dijo Alberti:
¡Qué dulce el agua salada,
con su salitre cielo!
¡No quiero sandalias, no!
Quiero ir descalzo, barquero,
No quiero barca, corazón
barquero,
Quiero ir andando por la mar al
puerto.
Dios es nuestro gran problema, pero nunca
será nuestro fantasma. Tenemos esperanza.